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Santo del día

Conversión de san Pablo, f.; Ananías Donato; Bto. Enrique Suso; Bto Antonio Swiadek

Santo del día

Oficio de la f.; He 22,3-16 (o bien: He 9,1-22) / Sal 116 / Mc 16,15-18


 



Primera Lectura: Hechos 22,3-16


En aquellos días, dijo Pablo al pueblo: «Yo soy judío, nací en Tarso de Cilicia, pero me crié en esta ciudad; fui alumno de Gamaliel y aprendí hasta el último detalle de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto fervor como vosotros mostráis ahora. Yo perseguí a muerte este nuevo camino, metiendo en la cárcel, encadenados, a hombres y mujeres; y son testigos de esto el mismo sumo sacerdote y todos los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y fui allí para traerme presos a Jerusalén a los que encontrase, para que los castigaran. Pero en el viaje, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor, caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”. Me respondió: “Yo soy Jesús Nazareno, a quien tú persigues”. Mis compañeros vieron el resplandor, pero no comprendieron lo que decía la voz. Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”. El Señor me respondió: “Levántate, sigue hasta Damasco, y allí te dirán lo que tienes que hacer”. Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco. Un cierto Ananías, devoto de la Ley, recomendado por todos los judíos de la ciudad, vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saulo, hermano, recobra la vista”. Inmediatamente recobré la vista y lo vi. Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, para que vieras al Justo y oyeras su voz, porque vas a ser su testigo ante todos los hombres, de lo que has visto y oído. Ahora, no pierdas tiempo; levántate, recibe el bautismo que, por la invocación de su nombre, lavará tus pecados”».


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Salmo responsorial: Salmo 116,1.2


 


Id al mundo entero y proclamad el Evangelio.


 


Alabad al Señor, todas las naciones, aclamadlo, todos los pueblos.


 


Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre.
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Evangelio: según san Marcos 16,15-18


En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos».


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Reflexión: «Es Cristo quien vive en mí»


Los textos de la fiesta de la Conversión de san Pablo proponen un relato de ese acontecimiento y el envío de los discípulos por el Resucitado a predicar el Evangelio a toda criatura. Para cada persona «guarda un camino virgen Dios». El reservado a Pablo fue diferente de los del resto de los discípulos. Comenzó por la llamada del Señor que le salió al encuentro y «le conquistó», «tuvo a bien revelarle a Jesús en él» y le hizo posible decir: «también yo he visto al Señor». La respuesta de Pablo reproduce la de todos los que se han encontrado con Dios: «¿Qué quieres que haga?». La radicalidad del encuentro lleva a Pablo al conocimiento más intenso del misterio de Cristo que se convierte en el centro de su vida y le hace vivir a partir de ese momento de «la fe en el Hijo de Dios que me amó y se entregó por mí», y consagrarse por completo a darle a conocer a los gentiles: «Ay de mí, si no evangelizo».


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