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Santo del día

San Juan De Capistrano

Santo del día

Hijo de Antonio, Juan nació el 24 de junio de 1386 en Capistrano, provincia de L'Aquila (Italia), antiguo señorío de los condes de Celano, de quienes Antonio era feudatario. Aprendidas las primeras letras y educado en familia por un maestro particular, siendo todavía adolescente, padeció, por represalias políticas, la muerte de nada menos que doce miembros de su familia y la destrucción de su casa. Entre 1405 y 1406 Juan se trasladó a Perusa, donde fue admitido en el colegio de la Sapienza para frecuentar el curso de derecho en el «Studium» perusino, en la facultad de derecho civil.


Juan estaba a punto de volver a Capistrano, a fin de hacerse con el dinero para obtener el doctorado, cuando en 1416 (ó 1415) se produjo un hecho que puso fin a su carrera civil. Cualesquiera que fuesen las razones –víctima de una revuelta popular, una emboscada que le tendieron los desterrados, o un crimen tras un altercado–, lo volvemos a encontrar en la cárcel en la torre de Brufa (entre Perusa y Asís). En la torre de Brufa, Juan sufrió una crisis espiritual: se le habría aparecido en visión dos veces el mismo san Francisco de Asís, invitándolo a ingresar en los franciscanos de la observancia.


Hombre de leyes, Juan luchó contra dos males que consideraba responsables de la crisis que atravesaba la Iglesia, recién salida del gran cisma: la herejía (en Italia, los fraticelos y el prequietismo, en Centroeuropa, el utraquismo– y la usura. Como fray Paoluccio Trinci, enemigo declarado de la secta de los fraticelos de «opinión», Juan, todavía clérigo, había empezado a predicar contra estos, aun sin un mandato regular, oficialmente solicitado y que sólo obtuvo de Martín V cuando pasó por Mantua (1418). Menor éxito tuvo en cambio la insistencia de Juan ante los papas, príncipes y ciudades para una aplicación integral de las leyes existentes contra los judíos para combatir la usura: en Nápoles convenció a la reina Juana a emanar un decreto (1427) que le autorizaba a actuar contra los judíos, obligándoles a la observancia del derecho eclesiástico y civil en todo el reino; lo mismo hizo Martín V el 7 de junio siguiente. Síntesis de las prédicas pronunciadas en la cuaresma de 1438 es el tratado De usura (De cupiditate), escrito a petición de los veroneses, que tuvo amplia difusión en Italia y fuera de ella (ed. Colonia, 1480).


Los religiosos «de familia», los observantes, iban aumentando –sólo Juan habría atraído hasta 1451 a unos cuatro mil entre Italia, Austria, Bohemia y Polonia–, y aunque las Constituciones martinianas, redactadas por el mismo Juan y promulgadas a raíz del capítulo general de Asís (1430), habrían querido mantenerlos unidos al resto de los hermanos menores –llamados posteriormente conventuales–, visto el desastroso capítulo de Padua (1443), donde se convenció de que la unificación era inviable, se dio, siempre por obra de Juan, un giro: los observantes obtuvieron de Eugenio IV la bula Ut sacra (11 de enero de 1446) –otro texto de Juan–, que prácticamente los hacía independientes de los conventuales; siguió en pie la unión personal de los superiores de la orden y de las provincias, pero entre los dos grupos (en 1455 la familia de los observantes contaba con cerca de 20.000 religiosos) hubo una división externa que, en 1517, originó dos órdenes separadas, la de los hermanos menores y la de los conventuales. Promotor de todo el movimiento de la observancia, Juan afrontó también los problemas de la segunda y tercera órdenes tratando de involucrarlas en la causa a la que estaba dedicando todas sus fuerzas. Lo hizo no sólo ocupándose de monasterios particulares, como el de San Guillermo de Ferrara y de la Eucaristía de L'Aquila, sino favoreciendo, especialmente después de su elección como vicario general de los hermanos de la observancia (1449-1452), el desarrollo de las religiosas menores de Santa Clara o de San Damián, llamadas también de la observancia, es decir, de la segunda orden de los observantes de la segunda generación, sujeta no ya al ministro general de los hermanos menores, como las clarisas urbanianas, sino al vicario general de los observantes.


No menos comprometida fue la acción de Juan con respecto a los terciarios franciscanos, a favor de los cuales declaró haber obtenido no menos de cien bulas. Diferente fue su política en favor de la tercera orden regular, donde habían confluido los seguidores de Ángel Clareno, es decir, los herederos de los fraticelos marquesanos de paupere vita y de su segunda orden, que habían incurrido por ello en las sanciones de Juan contra las comunidades regulares de terciarios. Los fraticelos de paupere vita habían obtenido el reconocimiento oficial del papa romano Bonifacio IX (clareni ortodossi), y Juan quería ganárselos ahora para la causa de la observancia, pues Clareno los había exhortado a volver a la orden cuando fuera reformada.


Hasta 1445 el campo de acción de Juan Capistrano es Italia, salvo algunas escapadas a España y Tierra Santa (1439-1440) y como visitador general a Borgoña y a los Países Bajos (1442-1443), casi siempre enviado en misión por el mismo Eugenio IV. Cabe destacar, en calidad de tal, desde el punto de vista polifacético, el apoyo dado, en 1435, al cardenal Vitelleschi, que intentaba restaurar el dominio pontificio en el reino de Nápoles, disputado entre Renato de Anjou y Alfonso de Aragón; no menos importante fue su misión en Milán, en 1440-1442, para combatir a los fautores el conciliábulo de Basilea. En los años 1451-1456, a petición del emperador Federico III y por orden de Nicolás V, Juan se dirige, con un puñado de doce hermanos, a Austria, y atraviesa Baviera, Turingia, Sajonia, Silesia y Polonia (1452-1454) predicando en todas partes. Organizado un pequeño ejército «cruzado» en Belgrado, en junio de 1456, contrarrestó la marcha victoriosa de los turcos, salvando a Europa. Atacado por la peste y agobiado por los muchos sufrimientos derivados de su incansable actividad apostólica, murió el 23 de octubre de 1456 en la iglesia conventual de Santa María de Ilok (Croacia), asistido por los hermanos que lo habían acompañado por Centroeuropa, entre ellos sus biógrafos fray Giovanni da Tagliacozzo y fray Niccolò della Fara.


No obstante los prodigios realizados diariamente en torno a sus restos –en los ocho días que permanecieron insepultos– y después junto a su tumba, hubo que esperar para la canonización de Juan nada menos que 234 años. Entre los obstáculos que retrasaron su inscripción en el catálogo de los santos podría figurar su rigor de reformador; entre los eventos nefastos, la caída de Ilok bajo el dominio otomano y la dispersión del cuerpo del santo (1526). La causa, planteada ya en 1460-1462 bajo Pío II, que lo había conocido personalmente en 1451, fue reconstruida canónicamente bajo León X, que limitó su culto a la diócesis de origen (1514), culto que Gregorio XV extendió a toda la orden seráfica (1622). El proceso fue reabierto en tiempos de Urbano VIII y continuado bajo Alejandro VII, que confirmó la heroicidad de sus virtudes (1663), e Inocencio XI (1679), que ordenó preparar su decreto de canonización, hasta que Alejandro VIII lo proclamó santo (16 de octubre de 1690), pero la bula –singular anomalía de procedimiento– fue promulgada el 4 de junio de 1724 por Benedicto XIII (1724-1729).


Juan fue sobre todo un predicador, misión que desempeñó por cuarenta años, convirtiéndose, con san Bernardino de Siena, en uno de los más grandes predicadores itinerantes del s. XV. Predicaba principalmente en las grandes ciudades al menos una vez al día. En Italia hablaba en la lengua materna y fuera, en latín: los doctos entendían; con los demás recurría a un intérprete, que traducía los principales conceptos.


La de Juan fue una predicación moral, sobre vicios y virtudes, y uno de sus grandes argumentos fue el juicio final. Se sirvió de diferentes técnicas: desde la acogida por parte de los ciudadanos hasta el fastuoso recibimiento por las autoridades; desde los poderes extraordinarios de sugestión plasmados en numerosas curaciones de enfermos hasta las hogueras de las vanidades. La técnica gestual y teatral, ampliamente utilizada en Italia, encontró sin embargo resistencia entre los alemanes.


Hombre de acción más que de pluma, Juan fue hijo de su tiempo. Se dedicó por entero al servicio de la reforma de la Iglesia, pero su vasta producción literaria –nueve tratados de dogmática, cuatro de moral, seis de derecho canónico, diez de carácter franciscano, cartas y numerosos sermones– tuvo poca influencia en los siglos posteriores. Demasiados escritos suyos han quedado inéditos u olvidados.


La más antigua representación es la realizada por Tomás Burgkmair a raíz de las predicaciones del santo en 1454 en Augsburgo: aparece con hábito franciscano, de perfil y con las manos apoyadas al antepecho de un púlpito; la inscripción existente parece posterior (Pinacoteca Nacional de Bohemia). Cuando Juan arenga desde el púlpito, a menudo tiene en la mano una tablilla con el monograma JHS. Representado como condotiero, lleva el hábito franciscano con una pequeña cruz de color rojo –emblema de los cruzados– y en la mano agita una bandera blanca cruzada de rojo en recuerdo del lábaro que precedía al fiel alférez Pedro Varadino en la victoriosa batalla de Belgrado; en el reverso campeaba la figura de san Bernardino (Antonio Vivarini da Murano, 1459, Museo del Louvre, París). Las imágenes triunfalistas de Juan se multiplican en la época barroca, haciéndole un típico santo de este período.

Santos Servando y Germán

Santo del día

Estos mártires, naturales de Mérida, eran soldados y cristianos fervientes. Padecieron, como confesores de su fe, grandes tormentos, dando así ejemplo de ánimo y virtud. El prefecto de Lusitania, de nombre Viator, los hizo arrestar por segunda vez y, al trasladarse a Mauritania, ordenó llevarlos consigo en un duro viaje desde su patria, en el que padecieron hambre, sed, frío y tempestades, hasta que llegaron a una finca llamada Ursoniana, hoy conocida como Cerro de los Mártires en San Fernando (Cádiz). Aquí fueron degollados el 23 de octubre del año 304 durante la persecución de Diocleciano.


El cuerpo de Germán pudo ser sepultado en Mérida junto a santa Eulalia, y el de Servando, en Sevilla, en el cementerio de las santas Justa y Rufina. Los textos del Oficio y Misa mozárabes más antiguos recogen lo esencial de la procedencia emeritense y del martirio en la ínsula gaditana de estos santos. Su recuerdo se mantuvo vivo en el obispado asidonense (hoy territorios de las diócesis de Cádiz y Jerez), donde los prelados Pimenio y Teodoracio depositaron respectivamente sus reliquias en pedestales-aras consecratorias de Alcalá de los Gazules (662) y en la ermita de la Oliva de Vejer de la Frontera (674). La sede metropolitana hispalense guarda y venera los restos-insignias de Servando y Germán en una urna de plata repujada de 1558-1559, obra de Hernando de Ballesteros el Viejo. El retablo gótico monumental del altar mayor muestra en su predela el martirio de los santos hermanos, reproducido por el maestro flamenco Dancart.


La ciudad de Mérida conserva, en la iglesia de Santa Eulalia, la iconografía de los patronos como anacoretas, en dos relieves del púlpito y en las pinturas de su archivo, muestras artísticas del s. XVI. Hace unos años, se identificaron los santos, que ostenta repartidos la custodia gótica de Cádiz, el célebre «Cogollo», atribuido a Enrique de Arfe, y entre los que se encuentran san Servando y san Germán con túnica corta, gorro frigio y rollo en la mano. El saqueo e incendio del conde de Essex, en 1596, hizo desaparecer casi toda la riqueza histórica y artística del pasado. Pero los historiadores Juan Bautista Suárez de Salazar y Agustín de Horozco removieron las cenizas que cubrían los restos de la devoción. A partir del año 1618, en que Paulo V concedió la bula de jubileo y fiesta de los santos mártires, se inició otra etapa importante con manifestaciones de todo tipo en el culto. Las esculturas de mármol de la fachada del Ayuntamiento, y las primeras en madera que se hicieron para dicha celebración y que se encuentran en la capilla de San Pedro de San Juan de Dios, pertenecen a aquellos fervores.


Los cabildos eclesiástico y civil continuaron, con celo, la labor de conservación y fomento del culto externo de los patronos, como lo demuestran las esculturas encargadas a Villegas en el Rosario, las de Alonso Martínez en la catedral vieja, las de Esteban Frugoni en el pórtico de la catedral nueva y las de Luisa Roldán, «la Roldana», en este primer templo, la gran pintura de Cornelio Schutt y el terno rojo tejido para Toledo en su día. Las fiestas se sucedieron anualmente sin interrupción. Las imágenes de san Servando y san Germán estaban presentes tanto en las rogativas como en las acciones de gracias, incluyéndose en las patentes de sanidad y otros documentos similares. En 1715 se elevaron en el muelle los triunfos o columnas que hoy están en Puerta Tierra.


Parece que el siglo de la Ilustración amenazaba con enfriar el amor a los mártires y se erigió una «Patricia Congregación» para revitalizar el culto y la devoción, con el apoyo de un grupo de eclesiásticos conocidos por sus iniciativas: el doctoral José Muñoz y Raso, el magistral Francisco Melitón Memige, el penitenciario Cayetano María de Huarte y, sobre todo, los curas del Sagrario, Antonio Cabrera y Pedro Gómez Bueno, asignado a la parroquia auxiliar de Santiago, donde tenía sus actividades esta asociación. Esta iniciativa estuvo precedida y motivada por el interés que despertaba el descubrimiento del pedestal y ara de la ermita de la Oliva en 1779, que mencionábamos anteriormente, así como la de otra Basílica visigoda en 1800, a legua y media al norte de Alcalá de los Gazules. El s. XIX, marcado por las revoluciones y desamortizaciones, no fue propicio para las muestras públicas de piedad. Pero en 1880 se bendijo la ermita dedicada a los santos mártires en el lugar mismo de su testimonio cruento, señalado antes con un pilar y una cruz de hierro, por el obispo fray Félix María de Arriete y Llano, iniciándose así, el 23 de octubre de aquel año, la celebración de la misa de la fiesta anual, a la que concurren en romería los vecinos de Cádiz y San Fernando.

San Ignacio de Constantinopla

Santo del día

Celebrado el 23 de octubre tanto en el Martirologio Romano como en el Sinaxario de Constantinopla. Segundo hijo del emperador Miguel I Rangabé (811-813) y de Procopia, hija del emperador Nicéforo I, tenía como nombre de bautismo Niceto. Cuando el 11 de julio del 813 el padre fue depuesto a manos de León V el Armenio (813-820), se exilió con su familia a un monasterio de la isla de los Príncipes y sufrió junto con su hermano la castración. Pronto se dedicó a la vida monástica, asumiendo el nombre de Ignacio y recibiendo la tonsura a los catorce años. Hombre piadoso y edificante asceta, fue consagrado sacerdote por Basilio de Pario y se convirtió en hegúmeno en el 840. Sucedió, en julio del 847, por voluntad de la emperatriz Teodora, al patriarca &Metodio el Confesor, santo también él. Parece que a este nombramiento no se opuso el episcopado de su tiempo. Rígido por temperamento e intransigente y radical en la concepción y práctica de la vida religiosa, rápidamente entró en contacto con otros prelados. Ya el día de su entronización tuvo un enfrentamiento con el arzobispo de Siracusa Gregorio Asbestas, que participaba en la ceremonia, sin haber sido invitado; pronto (a inicios del 848) lo depuso junto a otros dos obispos que lo apoyaban y, hacia el 852-853, excomulgó a los rebeldes del sínodo patriarcal. La disputa era de origen dogmático, relacionada con las luchas sobre el culto a las imágenes, pero también revestía aspectos políticos sobre las relaciones Iglesia y Estado. Ignacio estaba vinculado al rigorismo de los integristas estuditas, mientras que Gregorio era uno de los jefes de la facción moderada respetuosa del derecho y de las prerrogativas del Estado. Mientras que el papa mismo se ocupaba de la controversia, en Constantinopla cambia completamente el escenario político. De hecho, a comienzos del año 856 se convierte en curopalato (primer ministro) Bardas, tío del emperador Miguel III, que contaba con dieciséis años, y amigo del obispo Asbestas: sobre todo quiso relegar en un convento a la hermana regente Teodora, pidiendo a Ignacio la bendición del velo. Pero Ignacio se negó e incluso negó después la comunión al curopalato, porque se encontraba en una situación matrimonial escandalosa. Fue la ocasión para que Bardas decidiese exiliar a Ignacio a la isla de Terebinto (julio o noviembre del 858). El patriarca aceptó este exilio que quizá no le disgustó mucho, dada su tendencia a la vida contemplativa, poniendo como condición que su sucesor no fuese elegido entre el grupo de los seguidores de Asbestas. Focio, designado como sucesor, ofendió gravemente a Ignacio: se hizo consagrar (25 de diciembre del 858) por el obispo Gregorio, enemigo de Ignacio, y cuando este y los obispos de su partido rechazaron reconocer su consagración, Focio depuso a Ignacio, pero a su vez fue depuesto por parte de los obispos ignacianos en un sínodo convocado en Santa Irene. Focio, en otro sínodo reunido en la basílica de los Apóstoles, confirmaba la deposición de Ignacio, añadiendo el anatema. Al mismo tiempo, el emperador ordenaba una violenta persecución de los seguidores de Ignacio y él mismo era trasladado a la isla de Hieria, después a Prometon, en la cárcel de los Noumera en Constantinopla y finalmente a Mitilene. Pero Ignacio, a pesar de estas deportaciones, acompañadas de malos tratos y violencia contra sus seguidores, se mantuvo en su postura, rechazando firmemente reconocer la ilegitimidad de su elección. A este respecto el papa &Nicolás I (858-867), solicitado por Focio, envió a dos de sus representantes para participar en el sínodo, convocado por el mismo Focio, en la iglesia de los Santos Apóstoles en el 861. La resolución fue de total condena de Ignacio, por haber sido elegido por Teodora sin respetar las leyes canónicas. Ignacio sufrió otras persecuciones: fue encarcelado y, tras una breve liberación, fue obligado a huir, vestido como esclavo, el 25 de mayo del 861, para escapar de la persecución de sus enemigos. Pero mientras, desde Roma, el pontífice Nicolás I se retractaba de las conclusiones del sínodo fociano (después de una llamada de Ignacio, redactada por el monje Teognosto, su defensor, y que había tenido la aprobación, además de numerosos monjes y sacerdotes, también de diez metropolitanos y quince obispos) y en un concilio romano del 863 condenaba a Focio y rehabilitaba a Ignacio. En realidad, Focio continuaba conservando la cátedra rechazando la decisión papal y, es más, en septiembre del 867, llegó incluso a deponer al mismo papa, tras haber convocado patriarcas y obispos, por haber osado enviar misioneros latinos a Bulgaria, aliada de Constantinopla. Pero el 24 de septiembre, Miguel III fue asesinado por Basilio el Macedonio que, convertido en emperador (867-886), apartó a Focio y llamó a Ignacio, que ocupó de nuevo la cátedra patriarcal por diez años, desde el 23 de noviembre del 867 al 23 de octubre del 877, fecha de su muerte.


Un concilio ecuménico, el octavo, celebrado en Constantinopla (869-870), en el que estaban presentes los legados papales (y Atanasio Bibliotecario), condenó solemnemente a Focio y reconoció la legitimidad de Ignacio (en las Actas se conserva su intervención). Este segundo período de su mandato no fue del todo tranquilo, ya que continuaron las resistencias de los focianos y además Ignacio había decidido nombrar un obispo para Bulgaria y enviar misioneros griegos, lo que le hizo entrar en conflicto con Roma. Pero cuando los legados pontificios llegaron a Constantinopla para amenazarlo con la excomunión, el patriarca Ignacio ya había muerto y sus restos, tras un solemne funeral, trasladados al monasterio de San Miguel el Sátiro, fundado por él mismo, y su enemigo Focio, estaba para canonizarlo reconociendo sus grandes virtudes ascéticas.


Este santo monje, ingenuo y sencillo, sin duda no estaba preparado para afrontar la flexibilidad política que se requería para ser patriarca en su tiempo. Sin embargo, no es justo imputarle los excesos de sus secuaces. Para la vida de Ignacio la principal fuente es el escrito de Niceto David Paflagone. Dedicados al santo nos han llegado un encomio de Miguel Sincelo y un contacio de &José el Himnógrafo. Un retrato de Ignacio se encuentra en Santa Sofía.

San Juan Bono

Juan Bono (el nombre también aparece bajo las formas de Giambono o Zambono), ermitaño y beato, fundador de la Orden de los ermitaños que tomaron el nombre de él, nació en Mantua en 1168. Como primera fuente de su biografía disponemos de las actas de los procesos de canonización iniciados por el papa Inocencio IV y celebrados en Mantua en 1251 y en Cesena y Mantua en 1253-1254; de ellos se sirvió Antonio de Florencia en la compilación de la Vita, alrededor de los años 1440/1459. Otras dos Vitae posteriores se atribuyen respectivamente a Agustín Clemense (1483) y a Ambrosio Calepino (a comienzos del s. XVI).


Según estas biografías el padre se habría llamado Juan, la madre Bona, por lo que Juan Bono habría tomado el propio nombre de la unión o fusión de los nombres de los padres. Las noticias sobre su pertenencia a la noble familia de Bonomi se encuentra en las fuentes de forma tardía y seguramente no tiene ningún fundamento. Quedando huérfano de padre a los quince años, Juan transcurrió una juventud desordenada, ejerciendo la profesión de juglar (ioculator) hasta los cuarenta años, con gran preocupación por parte de la madre quien, según las Vitae, continuaba rezando por su conversión. Alrededor del 1208, en cumplimiento de un voto pronunciado durante una enfermedad, decidió retirarse a una vida ascética y de penitencia en el eremitorio de Bertinoro, cerca de Folì, y después en Botriolo, en las cercanías de Cesena. Allí se propuso llevar una vida de continuas privaciones y de oración. Tras algunos años pasados en soledad, un reducido grupo de seguidores, atraídos por la fama de su santidad, se recogió alrededor del ermitaño; no tiene ningún fundamento la noticia que dice que san Francisco de Asís habría formado parte de ese grupo, pasando dos años en Botriolo, antes de 1209.


Ante el número cada vez mayor de devotos, Juan decide organizar una pequeña comunidad, constituyendo la Orden de los ermitaños (1217): con el permiso del obispo de Cesena, comenzó la construcción de la primera casa de la orden y edificó al lado del convento una iglesia dedicada a la Virgen. Al comienzo, sus seguidores vivían simplemente como ermitaños; pero después, para adaptarse a las normas del IV concilio de Letrán, que imponían la adopción de unas reglas aprobadas, tras la concesión de Inocencio IV, Juan Bono abrazó la regla de san Agustín de Hipona, quizá ya desde el 1225, y sin duda antes de 1231; durante ese período también fue fijado el hábito de la Orden. La fama de santidad se difundió por la Romaña, de modo que en 1225 Juan Bono fue elegido árbitro en un conflicto entre Ravena y Cervia. Al aumentar el número de los seguidores, instituyó dos nuevos eremitorios, en Bertinoro y en Mantua, después en Bolonia, Parma, Ferrara, etc., hasta llegar, durante el trascurso de su vida, a 26, en Romaña y Lombardía. Tras todas estas fundaciones Juan asumió el cargo de superior o prior general de la Orden, pero seguramente renunció al generalato en 1238 (en 1239 era general Mateo de Módena). A pesar de las preocupaciones de carácter práctico, perseveraba en la vida de penitencia y de privaciones, realizando durante su vida numerosos milagros (otros muchos póstumos, recogidos en los procesos de canonización). En octubre de 1249 Juan Bono, sintiendo próxima su muerte, dejó el eremitorio de Cesena para retirarse a Mantua, al eremitorio de Santa Inés, donde murió pocos días más tarde. Fue sepultado en la misma ermita y, dos años después, sus restos incorruptos fueron depositados en una urna de mármol.


El proceso de canonización comenzó por voluntad de Inocencio IV en 1251, pero se interrumpió con la muerte del pontífice; la Orden fue confirmada por el mismo pontífice con la bula Admonet nos en 1253. A mediados del s. XV, quizá en 1451, las reliquias fueron trasladadas a la iglesia de Santa Inés intra muros. Sixto IV autorizó el culto y lo declaró beato (fiesta el 23 de octubre). Posteriores traslaciones se realizaron en 1543, en 1585 (cuando Vicente Gonzaga intentó sin lograrlo promover la canonización del santo), en 1775 y también en 1798. El culto se ha difundido sobre todo en Romaña y en Lombardía. Juan Bono se representa normalmente como un anciano en oración o adorando la cruz dentro de su eremitorio.

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