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Santo del día

San Pedro de Alcántara

Santo del día

«Mas era muy viejo cuando le vine a conocer, y tan extrema su flaqueza, que no parecía sino hecho de raíces de árboles. Con toda esta santidad era muy afable, aunque de pocas palabras, si no era con preguntarle. En estas era muy sabroso, porque tenía muy lindo entendimiento» (Teresa de Jesús, Autobiografía 27).


Juan de Sanabria nació en Alcántara en 1599. Era hijo del licenciado Alonso Garavito y de María Vilela de Sanabria. Tuvieron otros dos hijos. Alonso murió en 1507, y María volvió a casar con Alonso Barrantes, de quien hubo otros dos hijos, y murió en 1544.


Juan aprendió las primeras letras con el sacerdote Diego Durán, su preceptor. Estudió en Salamanca, de 1511 a 1515, con vistas a ser sacerdote no sabemos si en el colegio de la Orden de Alcántara o en el de San Bartolomé. Estudió seguramente Artes (filosofía), pero no se graduó porque se hizo franciscano.


Extremadura estaba entonces empapada de franciscanismo. Juan tomó el hábito en 1515 en el convento de Los Majaretes. Entonces cambió su nombre por el de Pedro de Alcántara. Este convento era uno de los tres que, acogidos a la conventualidad de la orden, subsistían del movimiento reformador de la Custodia del santo evangelio o de Extremadura, que suscitaron el P. Juan de Guadalupe y otros, que fue duramente perseguida hasta casi su extinción. Pero algunos de estos frailes «del capucho» (como se les llamaba) pudieron sostenerse hasta llegar a erigirse en provincia en 1519. Se llamó provincia de San Gabriel, pero ya dentro de la observancia, a la cual se habían pasado.


El movimiento franciscano ha dado lugar a multitud de grupos y reformas a lo largo de toda su historia. Desde el Capítulo general de Roma de 1517 se fijan ya oficialmente los dos grandes grupos: conventuales y observantes; pero dentro de ellos, y a veces también al margen de ellos, pululan las reformas y las reformas de las reformas, de manera a veces casi inexplicable. Para conseguirlo se refugiaban o se cambiaban los iniciadores a la suprema jurisdicción de la conventualidad o de la observancia, que los acogían con gusto para ser tanto o más que los que no los admitían.


Pues bien, fray Pedro profesa en Los Majaretes el año siguiente a su toma de hábito (1516). Es ordenado sacerdote en 1524. La provincia descalza de San Gabriel, a pesar de estar agregada como una reforma a la provincia observante de Santiago, tuvo que sostener muchos años luchas con la misma por posesión de unos u otros conventos. En ese ambiente, que a él no le iba, fray Pedro comenzó pronto a ejercer prelacías.


Parece que fue guardián de Nuestra Señora de los Ángeles de Robledillo, y quizá de algún otro convento. Consta documentalmente que lo era de San Onofre de la Lapa en 1534. Este mismo año hubo de defender los conventos de Los Ángeles y de Monteceli del Hoyo de su provincia de San Gabriel frente a las pretensiones de la provincia observante de Santiago que los pretendía para sí.


Fue nombrado definidor provincial en 1535, en 1544 y en 1551. En 1538 fue nombrado provincial. Funda los conventos de Villanueva del Fresno, Santa Cruz de Tabladilla (Navaconcejo) y Valverde. En 1540 promulgó las Ordenaciones nuevas, que preludian las que dará años después para la provincia de San José en 1561.


Como provincial de San Gabriel marcha al Capítulo general de la observancia en Mantua (1541), pero enferma en Barcelona y de allí no puede pasar. Esto fue ocasión para que conociese e hiciese amistad con el virrey de Cataluña don Francisco de Borja.


En 1541 terminó su provincialato, pero fue nombrado «custos custodum» (una especie de representante elegido por los frailes para acompañar al provincial en los capítulos) y propuesto de nuevo como provincial en 1551 y en 1554, sin que resultase elegido.


Su fama llegó pronto a Portugal. Es rey por entonces, Juan III, casado con Catalina de Austria, piadosísimos ambos. Portugal está en la cumbre de su imperio colonial. En 1537 fue para allá, llamado por el rey y con la bendición de su provincial. En 1542 vuelve de nuevo porque, aunque allí existía de antes la provincia de la Piedad, austera y pobre, un tal fray Martín de Benavides ha fundado en las montañas de l'Arrábida, un eremitorio austerísimo, y fray Pedro será su sostén. Él edifica el convento de Palhaës, del que es guardián y maestro de novicios hasta 1544. Vuelve de nuevo a Portugal en 1550 para elevar a provincia aquella fundación. Al año siguiente se le encuentra de nuevo por allí.


Durante sus estancias en España recorre sin cesar las tierras extremeñas. Da reglamentos a su beaterio de la tercera orden en Jerez de los Caballeros (abundaban entonces estas casas de «beatas» por toda España). También atiende en Belvís de Monroy a las monjas dominicas y a las franciscanas.


Hasta su muerte predica, confiesa y dirige espiritualmente a pobres y ricos, por todas partes: Plasencia, Coria, Torrejoncillo, Serradilla, Casas de Millán, Galisteo, Torrejón el Rubio... Gran parte de la nobleza de la alta Extremadura son sus amigos y dirigidos: los Condes de Oropesa y la Deleitosa; los marqueses de Mirabel, los condes de Torrejón, etc.


En el capítulo de 1554 se le propuso una vez más para provincial, pero ni los frailes ni el santo querían: quedó pues sin oficio. Así vio llegada su hora de poder retirarse a la soledad. Obtuvo un rescripto pontificio para poder hacer vida eremítica asistido por un compañero, con licencia de su provincial. Esta vida eremítica era entonces frecuente.


San Pedro se marchó a un eremitorio que se hizo cerca de San Marcos de Altamira, en la aldea de Santa Cruz de Paniagua o de las Cebollas, donde tenían un pequeño palacio los obispos de Coria. Lo era por esos años Diego Enríquez, devotísimo de los franciscanos, con los cuales convivía a veces en San Marcos como si fuese un fraile más. San Pedro era su íntimo amigo y consejero: cuando estaba allí el obispo iba a comer con él muchos días, y juntos paseaban hablando de Dios en una arboleda cercana. De 1555 a 1557 debió vivir allí el santo.


Esta amistad pudo costarle cara a fray Pedro porque el obispo, hijo de los marqueses de Alcañices, estaba emparentado con la familia Rojas y los marqueses de Poza, de Valladolid. Varios Rojas estuvieron implicados en el foco luterano de tierras del Duero, lo que salpicó al obispo, que se hizo sospechoso a los ojos de la Inquisición, y de rechazo al santo. De hecho aquella recogió un brevísimo catecismo que escribió para sus fieles, Doctrina cristiana. El obispo se defendió, pero entre los que declararon en las informaciones en pro y en contra que se hicieron, se habla del «librico de fray Pedro de Alcántara», que era sin duda su Tratado de la oración. En noviembre de 1559 es denunciado de nuevo, y entre las denuncias está la de que favorecía a frailes apóstatas y «traía consigo y receptaba a uno bien conocido». Este fraile es sin duda Pedro. No pasó nada y todo quedó sobreseído. Pedro siguió ese año sus tareas de fundador y de apostolado como si nada hubiese ocurrido.


En 1557 le regalan una casa cerca del Pedroso, a donde se trasladó a seguir su vida ermitaña. Desde allí visita en Yuste a Carlos V, que le llama, y recibe la visita de san Francisco de Borja, de camino hacia Yuste y Portugal.


El malestar contra fray Pedro procedía de algunos de sus frailes, lo que se puso claramente de manifiesto en el capítulo de septiembre de 1557, en el que el provincial lo trató con dureza. Acababa de comenzar a vivir en El Palancar, todavía como fraile de San Gabriel, pero ante las sospechas de fraile fugitivo que pesan sobre él, decide pasarse a la Custodia de San Simón, que había fundado fray Juan Pascual en Galicia, austerísima, bajo la jurisdicción de los conventuales. Estos cambios podían hacerse con licencia de los provinciales, pero fray Juan muere poco después, y entonces el vicario general nombra a fray A. de Manzanete comisario general de todos los conventuales reformados de España.


Fray Pedro marcha a Roma, donde el general Julio Magnano le nombra definitivamente comisario, cargo en el que le confirma Pío IV. Vuelve a España, muestra su nombramiento a los ejecutores del mismo y reúne capítulo. Funda y recibe conventos sin cesar: el de Viciosa, el Rosario y Bobadilla, cerca de Oropesa; más tarde el de Elche, Aspe y Lorito, con los cuales crea la Custodia de Elche. Prepara la fundación del de Aldea del Palo, Malagón y Arenas, donde irá a morir. También construye entonces el de El Palancar, donde estaba su ermita.


Erige la provincia de San José y publica unas Ordenaciones provinciales donde queda plasmado lo mejor de su espíritu y estilo: sus descalzos alcantarinos. Debió visitar todos los conventos. En el capítulo siguiente es reelegido comisario.


Cuando en 1552 fallece uno de sus amigos, Francisco Dávila, fray Pedro se acercó a Ávila para consolar a la viuda y arreglar asuntos que el difunto le dejó encomendados. En el verano de 1560 volvió de nuevo para tratar con ella de una fundación de sus frailes en el pueblo zamorano de Aldea del Palo. Fue la ocasión providencial de encontrarse con doña Teresa de Ahumada, amiga íntima de la Ulloa. Va y viene por allí en numerosas ocasiones en los dos últimos años de su vida.


Santa Teresa de Jesús ha narrado en el c. 30 de su Vida este encuentro: «Casi a los principios vi que me entendía por experiencia, que era todo lo que yo había menester... Este santo hombre me dio luz en todo, y me lo declaró, y dijo que no tuviese pena, sino que alabase a Dios, y estuviese tan cierta que era espíritu suyo que, si no era la fe, cosa más verdadera no podía haber, ni que tanto pudiese creer». Y no sólo tranquilizó y aseguró su espíritu, sino que será en adelante su consejero fiel en todo, el que la orienta y ayuda en la fundación del convento de San José de Ávila.


San Pedro es una de las manifestaciones más puras de las totalizantes exigencias del divino amor. Su vida mística fue extraordinaria: las misas en éxtasis, los arrobamientos en público, los vuelos, las visiones divinas, las comidas servidas por el mismo Señor... Pero la base era su oración interior. Este fue el secreto de la vida extraordinaria de penitencia que Dios le pidió. Pero todo lo puede el amor. Amor a la cruz que él plantó en lo más alto de la sierra de Gata.


No nos extrañen tampoco los prodigios que de él se cuentan. Dios acreditaba con ellos su modo de vivir: la higuera en que se convierte su bastón seco plantado por él, la curación de enfermos, apariciones a fray Juan de Tejeda, a santa Teresa, saca a un niño de un pozo, el vuelo hacia la cruz.


Los años 1560-1562 se mueve sin parar, sobre todo por Ávila y sus cercanías. Está muy enfermo y lleva tiempo con los pies hinchados, sin fuerzas. Quiere morir en Arenas: allí le llevan y vive generalmente en la casa de la Cofradía en el pueblo o en la Casa de las beatas, que servirá después de enfermería de los frailes. Un buen médico, el doctor Vázquez, lo lleva a su casa para poder atenderle mejor. Recitando el salmo Laetatus sum moría en la madrugada del 18 de octubre de 1562.


Beatificado en 1622, fue canonizado en 1669. Patrón de Arenas (que desde entonces se apellidó de San Pedro) en 1622, de Coria en 1674 y de Brasil en 1828. De Extremadura toda (junto con la Virgen de Guadalupe) desde 1962.


La iconografía alcantarina le representa casi siempre con un libro y una pluma en sus manos. Y sin embargo escribió poco. Nos quedan de él las Constituciones de la provincia de San Gabriel de 1540 y de San José de 1561; una traducción suya o copia de otra traducción de los Soliloquios de san Buenaventura; un comentario a los cinco primeros versículos del Sal 50; cartas de hermandad, y un certificado sobre el traslado fiel del comentario al Apocalipsis del beato Amadeo de Silva, hecho por fray A. Ruiz, y la patente de aceptación del convento de Aldea del Palo en 1561; siete cartas (entre ellas una a santa Teresa) y el Tratado de oración y contemplación.


Santa Teresa dice en su Autobiografía (c. 30): «Es autor de unos libros pequeños de oración, que ahora se tratan mucho, de romance, porque como quien tan bien la había ejercitado escribió harto provechosamente para los que la tienen». En el c. 3 de las Moradas (cuartas) vuelve a aludir a ello y en el c. 1 de las Constituciones, entre los libros que pide a la priora que haya para alimento espiritual de las monjas, figuran «los de fray Luis de Granada y del padre fray Pedro del Alcántara».


En 1554, el P. Granada publica su Libro de la oración. Enseguida se hicieron más y más ediciones y resúmenes o sumas del mismo. Fray Pedro hace una de esas sumas con aportaciones y retoques propios muy interesantes, es su Tratado de la oración que, tal como salió de sus manos, no se conserva (al menos hasta hoy). En 1558 fray Martín de Lilio hace otra, pero a su manera. En 1559 Juan Blavio hace otra edición en Lisboa, muy manipulada y ampliada, que es la que se ha reeditado innumerables veces. Parece que esta edición fue revisada por fray Luis que, en 1574 y 1587, hizo unas nuevas ediciones del Tratado a su nombre, y según la definitiva redacción que él quiso darle. El Tratado ha sido uno de los libros que más han contribuido a divulgar la práctica de la oración y la meditación en España y en el extranjero.


Su fiesta litúrgica se celebra el 19 de octubre. Se le suele representar vestido de franciscano descalzo con una pluma y un libro en las manos. El color del hábito era entonces gris.


 

San Pablo de la Cruz

Santo del día

Pablo Danei, que en la profesión religiosa (1741) tomó el nombre De la Cruz para indicar la radical pertenencia a Cristo crucificado, nació en Ovada (Italia) el 3 de enero de 1694 de Lucas y Ana María Nassari.


La madre sacó adelante 15 gestaciones y sufrió la muerte de 9 hijos. La sucesión de nacimientos y de ataúdes marcó el ánimo de Pablo. Aprendió de su madre a mantener la serenidad y saberla infundir en torno a sí, a tener en orden y limpios la casa y los pocos muebles y a dar pequeñas sorpresas en las fiestas para animar a la familia. Experiencia que continuará en la comunidad pasionista cuidando al máximo la limpieza, no obstante las dificultades ambientales y la pobreza extrema en que se vivía, y estableciendo que en las fiestas se hiciera alguna distinción en la mesa para levantar los ánimos.


En 1713, al parecer en la fiesta de santa María Magdalena, al oír un discurso del párroco, tuvo una luminosa experiencia de Dios Amor, misericordioso y justo. «Dios me ha convertido a la penitencia», escribió, y sentía que sólo entonces «había empezado a conocer realmente a su Dios». Entre 1715 y 1720 percibió la llamada a fundar una congregación centrada en la memoria de la pasión de Jesús, vista como «la más grande y estupenda obra del divino amor». Sometió al director espiritual y al obispo sus inspiraciones. El obispo, tras largo discernimiento, reconoció la presencia de Dios, le dio el hábito negro y le ordenó hacer 40 días de retiro en un aposento contiguo a la iglesia de San Carlo al Castellazzo, escribir la regla para la congregación y las experiencias espirituales para que él pudiese discernir mejor la acción de Dios.


En aquellos días Pablo llegó a comprender a Jesús como don del Padre. De esta comprensión nació en él el empeño, expresado por un voto emitido también por sus religiosos, de vivir la memoria de cuanto Jesús hizo y sufrió por el hombre y promoverla entre la gente mediante la vida y el apostolado. En efecto, estaba convencido de que si las personas se acordaban del amor de Jesús no pecarían y se convertirían y comprometerían en la práctica de la virtud. Por la misma razón promovió la comunión frecuente, incluso diaria para el que vivía virtuosamente. Durante casi 40 años Pablo se encontró sumido en la desolación espiritual. Algunos estudiosos de mística lo han definido como «el príncipe de los grandes desolados» y han visto en esa prueba una participación más profunda en la pasión interior de Jesús para contribuir a la conversión de los pecadores. De su experiencia personal Pablo formula un principio: «No se puede pasar a la contemplación de la divinidad inmensísima sin entrar por la puerta de la humanidad divinísima del Salvador». Desarrolló esta enseñanza sirviéndose de los temas evangélicos de Jesús «puerta», Jesús «vida» (cf Jn 14,6.7.9) y Jesús «en el seno del Padre» (Jn 1,18), convencido de que incluso en los estadios más sublimes de la contemplación no se ha de «perder de vista» la humanidad del Salvador, no con atención imaginativa, sino con intuición mística de amor, que él llama «visión de fe», «mirada de amor».


Esta mirada de fe impulsa a la persona a «hacer propias por amor las penas de Jesús», porque «el amor santo es virtud unitiva y hace suyas las penas del Bien amado». Si la persona es dócil a la acción purificadora de Dios y practica generosamente las virtudes, «el Amante divino» la atrae a sí «y la diviniza por entero [...]. Entonces el alma, totalmente inmersa en estas penas y dolores, hace una mixtión amorosa y dolorosa, o dolorosa y amorosa» y ejercita las virtudes incluso de modo heroico.


El fruto más alto de esta participación en el amor y el dolor de Jesús es el abandono generoso y perseverante a la voluntad del Padre celestial hasta decir con presteza: «Así te ha gustado a ti, oh Padre, y así me gusta a mí» (cf Mt 11,25). Este abandono filial a la voluntad del Padre lo ve Pablo como un bautismo en el Espíritu Santo. «Toda vez que nos abandonamos al divino beneplácito somos bautizados en el Espíritu Santo y nos convertimos en hijos de Dios».


Pablo, con su vestición el 22 de noviembre de 1720, dio inicio a la Congregación de la Pasión de Jesús en Castellazzo, pero organizó la primera comunidad en el Monte Argentario, entonces Stato dei Presidi, y obtuvo la primera aprobación pontificia de la regla en 1741. Llamó a los conventos «retiros», para indicar la soledad en que debían estar a fin de favorecer la oración y el estudio de los religiosos para que se convirtieran en óptimos predicadores y directores espirituales. En efecto, decía que un director espiritual, «además de ser muy docto, debería ser también hombre de altísima contemplación, pues sin experiencia no se entienden las altísimas y estupendísimas maravillas que Dios obra en el alma». Fundó en Tarquinia las religiosas de vida contemplativa, llamadas también «monjas pasionistas», deseando que sus monasterios fueran escuelas de oración para las mujeres, admitiéndolas en la clausura para los ejercicios espirituales. En este monasterio se desarrollaron en 1811, por obra de la marquesa Magdalena Frescobaldi Capponi, las Religiosas Pasionistas de San Pablo de la Cruz dedicadas a la educación de las jóvenes que habían caído en la prostitución o corrían peligro de caer en ella.


El servicio apostólico, que transmitió a la congregación, se extendió en la predicación y en la dirección espiritual a un gran número de personas. Se distinguió por el empeño en convencer a las personas, incluso a las menos cultas, a dedicarse a la oración e hizo de la misma una obligación específica para sus religiosos, porque él esperaba ayudar de este modo a las personas a tomar más conciencia de su propia dignidad mediante el recuerdo del amor personal de Jesús y a que actuasen así con sus mismos sentimientos. Murió en Roma el 18 de octubre de 1775.


Los procesos de canonización se abrieron en Roma en enero de 1777 y se cerraron en julio de 1779. En 1786 el P. Vincenzo Strambi publicaba la primera biografía. De 1792 a 1803 tuvo lugar el Proceso Apostólico. A causa de los tumultos políticos la beatificación se celebró el 2 de agosto de 1852 y la canonización el 29 de junio de 1867.


Tenemos pinturas ejecutadas mientras él vivía aún, pero sin que se enterara, por Sebastiano Conca por encargo del marqués Bisleti di Veroli y por Domenico Della Porta, para los pasionistas; por un anónimo, para la familia Frattini, y el grabado de Pietro Bombelli para la biografía de 1786. Su veneración ha permanecido viva en los pueblos donde predicó, especialmente en las regiones de Viterbo, Grosseto y Ciociaria. En otras partes su veneración va unida a la presencia de los pasionistas y las pasionistas. Su conocimiento y aprecio como uno de los más grandes místicos del s. XVIII italiano comienza con la publicación de su epistolario en 1924.

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