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Santo del día

Santa Teresa de Jesús

Santo del día

I Biografía.


Teresa de Cepeda y Ahumada nació en Ávila en el año 1515. De familia hidalga. En la rama paterna (don Alonso de Cepeda, su padre) hay un ascendiente judaizante, el abuelo toledano Juan Sánchez de Toledo. Su madre, doña Beatriz, casó muy joven con don Alonso, viudo de su primer matrimonio. «Éramos tres hermanas y nueve hermanos», escribe Teresa. Muy niña aún inicia sus primeras lecturas que la llevan a fantasear y emprender una escapada infantil «a tierras de moros», arrastrando en la fuga a su hermano mayor Rodrigo. Entre la adolescencia y la juventud lee apasionadamente las novelas de su tiempo, «libros de caballería», y ella misma escribe una novelita que luego terminaría en el fuego.


Queda huérfana de madre cuando apenas cuenta catorce años. Tras este trauma familiar, sus hermanos van emprendiendo, uno a uno, el camino de las Indias Occidentales. Ni uno sólo queda en el hogar familiar. También Teresa lo abandona para pasar un año interna en el colegio de Santa María de Gracia, extramuros de la ciudad.


Ronda ya los diecisiete años de edad cuando regresa al hogar. Durante tres o cuatro años hace de ama de casa. Pero mientras tanto ha descubierto su vocación religiosa. Se enfrenta a la recia oposición de su padre y de nuevo emprende la fuga: «Haciéndome una fuerza tan grande que parece que cada hueso se me apartaba por sí» (Vida 4,1). Era el amanecer del 2 de noviembre de 1535: a sus veinte años ingresaba en el monasterio carmelita de la Encarnación de Ávila.


a) Carmelita (1535-1562). Siguen dos años de formación religiosa, al cabo de los cuales emite sus votos definitivos, «con tan gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó» (Vida 4,2). Se halla centrada y muy a gusto en aquella numerosa comunidad de casi ciento ochenta monjas.


Pronto enferma: «La mudanza de vida y de manjares me hizo daño a la salud» (Vida 4,5). Ante el fracaso de los médicos sale del monasterio y viaja a Becedas (serranía de Béjar) para someterse a una curandera que, a fuerza de pócimas y purgas, la lleva al borde de la muerte. Por fin, un colapso gravísimo la tiene tres días en coma profundo. Dada por muerta y con las exequias celebradas en uno de los conventos carmelitas, al cuarto día despertó del coma, pero totalmente paralizada y con unos dolores casi insoportables, que se prolongarían durante tres: «Quedé de estos cuatro días de paroxismo de manera que sólo el Señor puede saber los incomportables tormentos que sentía en mí: la lengua hecha pedazos de mordida; la garganta, de no haber pasado nada y de la gran flaqueza que me ahogaba, que aun el agua no podía pasar; todo me parecía estaba descoyuntada; con grandísimo desatino en la cabeza; toda encogida, hecha un ovillo..., sin poderme menear, ni brazo ni pie ni mano ni cabeza, más que si estuviese muerta» (Vida 6,1).


Fue esta sin duda la experiencia más fuerte de sus años jóvenes. Quedará marcada para toda su vida. Con achaques de corazón y de estómago, y con un «miedo a la muerte», como ella confiesa, que sólo el maravilloso bálsamo de las gracias místicas logrará extirpar de raíz.


b) Fundadora (1562-1582). Estas gracias místicas son las que arrancan a Teresa del sosiego monástico y la convierten en andariega a lo divino, «dama errante de Dios», fundadora de nuevos carmelos. Cuenta ella unos cuarenta y cinco años cuando se decide a fundar. En contraste con la comunidad masiva de la Encarnación, Teresa piensa en un grupo reducido, pequeña mesnada de doce jóvenes selectas y netamente vocacionadas, como «el colegio de Cristo», dirá ella. Pobres, con la radical pobreza del evangelio. Pero ganándose el pan de cada día con el trabajo de sus manos. Y sobre todo, orantes: una comunidad que realice el ideal contemplativo con objetivos apostólicos; que ore por las grandes necesidades de la Iglesia y la comunidad.


Teresa vence la aguerrida resistencia del Consejo de Ávila e inaugura su primer Carmelo el 24 de agosto de 1652. Cinco años después se encuentra en su nuevo convento de San José con el general de la orden, P. Juan Bautista Rossi (Rubeo), que se entusiasma con su obra y le otorga patentes de fundadora. Ese mismo año, 1567, emprende su primera correría fundacional, y erige el Carmelo de Medina del Campo, donde tiene la suerte de encontrarse con fray Juan de la Cruz (entonces fray Juan de Santo Matía), estudiante en Salamanca, y lo gana para su causa. Fray Juan se deja enseñar «el estilo de hermandad y recreación que llevamos juntas» en los carmelos, y funda el convento de Duruelo (1568), mientras ella prosigue su serie de nuevas fundaciones: Malagón, Valladolid, Toledo, Pastrana, Salamanca, Alba de Tormes, Segovia, Beas de Segura, Sevilla, Caravaca, Villanueva de la Jara, Palencia, Soria, Granada (fundación que realiza por medio de Juan de la Cruz y Ana de Jesús) y Burgos.


La fundadora ha tenido que interrumpir su camino para regresar de priora a su antiguo monasterio de la Encarnación, donde permanecerá por tres años (1571-1574). Se lo ha impuesto el visitador apostólico de los carmelitas, el dominico Pedro Fernández. Para el buen gobierno y renovación espiritual del convento trae como director espiritual a Juan de la Cruz. Así se cruzan los magisterios de ambos. Ella es maestra y, al mismo tiempo, discípula de fray Juan. Él es el «padre de su alma». Muy probablemente fue en este clima espiritual donde ambos poetas se dieron cita en la glosa de un cantarcillo profano: «Vivo sin vivir en mí», y los dos componen sendos poemas gemelos para volverlo a lo divino. Comenzaba así el ambiente de poesía que había de caracterizar el humanismo teresiano.


Cuando en 1577 Teresa regresa a Ávila, tras su larga y azarosa correría por tierras andaluzas, allí encuentra todavía a fray Juan, que en la noche del 3 al 4 de diciembre es apresado y encarcelado: ocho meses permanecerá en una cárcel de Toledo. Sólo la voz de Teresa se alzará para clamar y reclamar por su liberación.


Por fin, en marzo de 1581, con la celebración del capítulo de Alcalá de Henares, que sanciona la erección de provincia para los descalzos, queda reconocida y formalizada la obra de la fundadora.


c) Ocaso en Ávila (1582). Las fundaciones, con su séquito de peripecias y gestas heroicas, eran sólo la vertiente exterior del alma y la vida de Teresa. El resorte impulsor y la fuerza motriz de su andadura residía en lo interior, en el castillo de su alma. Esta aventura interior, de mucho más calado que la peripecia andariega, nos fue referida por la propia Teresa en varios de sus escritos.


Tras muchos años de vida religiosa, sin especial relieve, Teresa vive un momento de conversión profunda cuando está para cumplir los cuarenta años. Lo ha provocado el encuentro súbito con una imagen de «Cristo muy llagado». El vuelco emotivo y radical producido en ese momento lo equipara a la experiencia de Agustín de Hipona en el huerto de Milán contada en sus Confesiones.


Cinco años después le acontece el hecho decisivo de su vida: la experiencia mística, puramente espiritual, de Cristo presente. Teresa lo contará, emocionada, en los capítulos centrales de su Vida (cc. 27-29). Ese acontecimiento hace de cima de la vida de Teresa. Sólo a partir de él surge su misión de escritora, fundadora, líder de un movimiento espiritual, imán catalizador de amigos y colaboradores. Todo lo que nos ha legado, procede de esa experiencia cristológica.


El resto de su vida mística se desarrolla en dos grandes jornadas: varios años de tensión extática, con toda una constelación de gracias místicas –éxtasis, transverberación del corazón, visiones y profecías (1560-1572)–, y una última gran jornada, los diez años postreros de su vida, con la paz, madurez y plenitud de lo que denominará «séptimas moradas de su castillo».


Fue al final de esta última etapa cuando Teresa viajó de Burgos a Alba de Tormes. Enferma a causa del viaje, largo y penoso, fallece la noche del 4 de octubre de 1582. Las últimas expresiones que se recogieron de sus labios son una palabra enamorada: «Hora es ya, Esposo mío, que nos veamos», y un sentimiento de gratitud eclesial: «Te doy gracias, Señor, porque muero hija de la Iglesia».


 


II La escritora y sus libros.


Por aquel tiempo –segunda mitad del s. XVI–, ni Ávila ni Castilla eran clima propicio para la pluma de una mujer. Teresa careció de formación sistemática, pero tuvo la fortuna de una relativa preparación literaria y doctrinal. Lectora primeriza a los seis o siete años, muy amiga de los libros. Apenas adolescente se encandila con las novelas de su tiempo.


Al entrar de monja, da carpetazo a los libros profanos y de nuevo tiene la suerte de toparse con libros de gran solera: las cartas de san Jerónimo, el comentario de san Gregorio I Magno al libro de Job, las Confesiones de san Agustín, un buen libro de cristología espiritual, la Vita Christi de Landulfo de Sajonia, y por fin exquisitos libros espirituales castellanos de la época cisneriana y sucesivas: Francisco de Osuna, Bernardino de Laredo, Bernabé de Palma, Pedro de Alcántara, el P. Granada...


A juzgar por la abundancia de textos y motivos bíblicos presentes en sus escritos, es seguro que Teresa poseyó un conocimiento de la Biblia relativamente amplio y profundo.


Expresiones como «siempre fue amiga de letras (libros)»; «llegados a las verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios», «buen letrado nunca me engañó», son índice del talante cultural de Teresa.


Pero más allá de estas fuentes doctrinales, cuando ella se pone a escribir cuenta con otro copioso arsenal de datos, recaba del libro de la propia vida; la experiencia de lo vivido será la raíz de su saber y de su escribir: «No diré cosa que no tenga por experiencia» es su criterio de fondo al prologar su primer libro pedagógico (Camino, prólogo 3). Este afortunado repliegue sobre la experiencia y la vida queda refrendado por un hecho externo sumamente negativo, la publicación del Índice de libros prohibidos ordenada por al inquisidor F. de Valdés en el verano de 1559, que despoja a Teresa de buena parte de su biblioteca privada. Así pues, cuando comience su tarea de escritora un año después, carecerá de la apoyatura de esos libros. De hecho, comenzará a escribir narrando cosas de su vida, inspirándose quizá en el estilo narrativo de las Confesiones de san Agustín.


a) Escritos introspectivos. Teresa comienza a escribir por el flanco quizá más difícil, explorando el filón de su vida interior. En una doble dirección: teológica y psicológica. Es decir, en sus relaciones con Dios en el plano trascendente y los pliegues de su psicología en lo más humano de su vida.


Entre 1560 y 1563 escribe las tres primeras «Relaciones» de lo que pasa por su alma. Son páginas confidenciales destinadas a su confesor en estricta intimidad y con especial atención a la naciente experiencia mística.


En 1652, en el sosiego del palacio toledano de doña Luisa de la Cerda, redacta por vez primera el Libro de la vida. Es también un escrito íntimo, entre confesión y testimonio. El libro se propone contar el paso de Dios por su vida. Tres años después lo redacta de nuevo, ya en el monasterio de San José de Ávila, que es el único texto que conservamos. Su primer libro, el más extenso, denso y apasionante. El drama íntimo de la autora culmina en la misión de fundar un nuevo Carmelo en la Iglesia.


b) Maestra del nuevo Carmelo. Para sus monjas escribe ahora dos libros, distantes entre sí una década. En 1566 escribe el Camino de perfección, para las doce pioneras del monasterio de San José. Es un libro de iniciación pedagógica al estilo de vida contemplativa que han estrenado. Once años más tarde (1577) escribe ya para los numerosos carmelos diseminados por España, un libro de alta formación espiritual: el Castillo interior, que en el fondo contiene una reinterpretación del propio itinerario espiritual («su castillo interior»), y a la vez una síntesis de lo que es la vida cristiana cuando logra su pleno desarrollo.


c) Narradora. Sigue un libro de viajes y fundaciones que lleva por título Libro de las fundaciones. Lo comienza en Salamanca (agosto de 1573), cuando ya ha fundado ocho conventos de monjas y dos de descalzos. Prosigue el relato por entregas a medida que estrena las nuevas fundaciones, así hasta los últimos meses de su vida: el último capítulo, escrito en Burgos, narra las peripecias de esta última fundación. A sus sesenta y siete años la autora aún escribe con mano firme y trazo seguro, relatando con pasión y fuerza imaginativa.


d) Poeta. Ya antes de encontrarse con Juan de la Cruz, Teresa, «con no ser poeta», dice ella, se ve forzada a componer versos «muy sentidos» para dar paso a su experiencia de Dios. Compone una serie de poemas («coplas y cantarcillos», dice) para celebrar su fiesta interior. Luego compone otra pequeña serie para celebrar la fiesta comunitaria, sea en Navidad (villancicos) o en la profesión de las hermanas jóvenes. Entre sus poemas más famosos figuran: «Vivo sin vivir en mí», «¡Oh hermosura que excedéis», «Si el amor que me tenéis, Dios mío», y quizá el más popular de todos, el pequeño salmo «Nada te turbe».


e) Cartas y escritos menores. Ocupan casi más de la mitad de las obras completas teresianas. Hasta nosotros han llegado unas 486. Restos insignificantes de los varios millares que escribió en el último decenio de su vida. Son cartas a los familiares, a las autoridades civiles y eclesiásticas, a sus monjas, a los descalzos, a teólogos y amigos, a sus amigas y colaboradoras... Con una gran laguna: no ha llegado hasta nosotros ninguna de las numerosas cartas enviadas a Juan de la Cruz. Pero en conjunto es todo un arsenal de documentación en vivo sobre la sociedad, la Iglesia, los viajes, los caminos y el folclore del s. XVI español.


Entre los restantes escritos menores destacan dos piezas humorísticas: el «Vejamen» y la «Respuesta a un desafío», dos textos de talante jurídico: «Constituciones de las descalzas» y «Modo de visitar los conventos», una serie de soliloquios de corte agustiniano, titulados por fray Luis de León «Exclamaciones», y por fin una glosa espiritual de ciertos versos del Cantar de los cantares, libro que nos ha llegado mutilado y maltrecho por haberlo condenado al fuego uno de los teólogos asesores de la santa.


 


III Doctora de la Iglesia.


Santa Teresa ha sido la primera mujer proclamada oficialmente «doctora de la Iglesia». Le confirió este título Pablo VI el 27 de septiembre de 1970. Los motivos alegados para justificar esta proclamación fueron: la difusión universal de sus escritos, la solidez y actualidad de su pensamiento espiritual, su magisterio de la oración, válido para el hombre de hoy.


a) Su estilo. El estilo literario y pedagógico de santa Teresa es algo que singulariza sus escritos. Desde Ramón Menéndez Pidal su estilo ha pasado a ser tema de estudio. Se lo ha llamado «estilo ermitaño» y se lo ha cargado de intenciones y resortes secretos. Lo más incuestionable es el ininterrumpido tono coloquial de todas sus páginas. Teresa dialoga escribiendo. (A veces interrumpe el diálogo con el lector y lo emprende con Dios). No sólo «escribe como habla», según la norma humanística de su siglo. Ella «habla escribiendo». En uno de sus prólogos se lo propone a sí misma como norma: «Iré hablando con ellas (con las lectoras) en lo que escribiré» (prólogo al Castillo interior 4). Esa voluntad de diálogo se intensifica con el repliegue sobre su propia experiencia y con el deseo de conectar con la experiencia de sus lectoras: dialoga desde la vida mucho más que desde las teorías.


A la vez, Teresa es una artista de la imagen. Ha logrado crear una gavilla de símbolos de alta calidad literaria, de gran densidad doctrinal y de alcance universal: el castillo interior, el huerto del alma, el gusano de seda que se vuelve mariposa, el agua viva de pilones y arcaduces, el camino de perfección, el símbolo nupcial...


b) Su evangelio de base. Teresa se propone educar la vida cristiana sobre la base de una pequeña cartilla de virtudes evangélicas: el amor y la amistad, la pobreza y el desasimiento para la libertad de espíritu, la humildad y el amor a la verdad, la «determinada determinación» que dé temple a la voluntad, el cultivo de «altos pensamientos» y «grandes deseos»... Y a continuación, las típicas virtudes del humanismo teresiano: el aprecio y respeto de la persona, la alegría de vivir, el amor a la naturaleza –«agua, campo, flores»–, la cortesía y afabilidad: «Cuanto más santas más conversables con vuestras hermanas».


c) La mística de Cristo. Es característico su amor a la humanidad de Cristo, a cuyo elogio dedica un capítulo central en cada uno de sus dos libros mayores: Vida 22 y el c. 7 de las Moradas sextas. Cristo es «hombre» como nosotros, «no se espanta de las flaquezas de los hombres, entiende nuestra miserable compostura» (Vida 37,5). Es amigo nuestro –«¡qué buen amigo hacéis, Señor!» (Vida 8,6)–. Es el maestro desde el evangelio y desde lo interior de cada uno. Es dechado de toda vida cristiana: «Por él nos vienen todos los bienes». «Tratarlo», es decir, relacionarse personalmente con él, es condición indispensable para ser cristiano. Teresa testifica con su fuerza que toda su vida mística ha florecido desde Cristo.


d) El «pléroma». Esta palabra con que san Pablo designó «la plenitud», en Teresa se traduce por «santidad». La expone en las séptimas moradas de su Castillo. No insiste tanto en la perfección ética o psicológica como meta terminal de la persona. Para ella, la santidad, en cuanto plenitud humana y cristiana, tiene un doble componente: dejar que se cumplan en nosotros las promesas de Jesús (que more en nosotros la Trinidad y que seamos uno con él) y que como Cristo (configurados con él), «seamos para los otros»: que la madurez interior desbarate definitivamente el encastillamiento de nuestro egoísmo y desate en nosotros la disponibilidad de la diaconía incondicional, como fue la de Cristo Señor en la plenitud del amor.


e) Oración. Teresa es contemplativa por estructura anímica y por vocación. Pero está muy lejos de contraponer la oración a la acción. Ella concibe la oración como una relación interpersonal: trato de amistad entre Cristo y el orante, pero a condición de que sea capaz de contener, dentro de ese círculo de amor, a todos, amigos y enemigos. Su manual de oración es el padrenuestro: aprender a compartir desde esa pequeña plegaria los sentimientos de Cristo frente al Padre, frente a nuestras indigencias y necesidades, frente a nuestros hermanos, frente a las tentaciones y quiebras de la vida, frente al mal. El sumo acto de oración, la contemplación mística, es un acto de servicio a la Iglesia. Por eso los carmelos –comunidades de vida contemplativa– tienen como misión apostólica llevar a la oración todas las necesidades, los gozos y dolores, los deseos y progresos de los hermanos.


 


IV Iconografía teresiana.


Una de las discípulas predilectas de Teresa, la escritora carmelita María de San José, nos dejó de ella este retrato: «Era esta santa de mediana estatura, antes grande que pequeña; tuvo en su mocedad fama de muy hermosa y hasta su última edad mostraba serlo; era su rostro nonada común, sino extraordinario, y de suerte que no se puede decir redondo ni aguileño; los tercios de él iguales, la frente ancha e igual y muy hermosa, las cejas de color rubio oscuro con poca semejanza de negro, anchas y algo arqueadas; la nariz redonda y en derecho de los lagrimales para arriba disminuida hasta igualar con las cejas, formando un apacible entrecejo, la punta redonda y un poco inclinada para abajo, las ventanas arqueaditas y pequeñas y toda ella no muy desviada del rostro. Mal se puede pintar con la pluma la perfección que en todo tenía. La boca, de muy buen tamaño, el labio de arriba delgado y derecho, el de abajo grueso y poco caído, de muy linda gracia y color... Daba gran contento mirarla y oírla porque era muy apacible y graciosa en sus palabras y acciones. Era en todo perfecta» (Libro de recreaciones, recreación octava).


En vida de la santa hizo su retrato el pintor italiano fray Juan de la Miseria (Sevilla 1576). Su cuadro al óleo se conserva en las carmelitas de Sevilla. Reproduce con cierto realismo los rasgos físicos de Teresa (mujer de sesenta y un años), pero no su trasfondo psicológico, y mucho menos su interior dinamismo espiritual. En este retrato se inspiraron los primeros grabados, difundidos en portadas de la edición príncipe de sus obras (1588) y su primera biografía escrita por F. de Ribera (1591).


En torno a los procesos de beatificación y canonización de Teresa (1614-1622), cuando ya la fantasía popular había forjado y difundido la leyenda teresiana, cuajada de fiorettis, surgen las series de estampas y xilografías, especialmente las grandes colecciones de Flandes: Wierix (Juan y Antonio), Collaert y Galle, así como las Vitae effigiatae y la Idea vitae teresianae iconibus symbolicis expressa, con ciento un grabados simbólicos.


En el mismo s. XVII se produce la idealización de la figura de la santa por obra de los grandes pintores españoles y extranjeros (Zurbarán, Velázquez, Ribera, Rubens, S. Ricci, etc.), que se inspiran en la vida mística de la santa para hacer su apoteosis (éxtasis de Teresa; Teresa recibe de manos de la Virgen un collar y unas vestiduras blancas; iluminada por la mística paloma, símbolo del Espíritu Santo; agraciada con las nupcias místicas o transverberada por el dardo del Serafín). Igual idealización se da en las obras de los grandes escultores: Gregorio Fernández, Alonso Cano y, especialmente, Bernini, que interpreta en términos definitivos la gracia de la transverberación de Teresa (en la Iglesia de Santa María de la Victoria en Roma).


Preludio del doctorado teresiano es la interpretación escultórica ideada y difundida en el s. XIX por el gran teresianista Enrique de Ossó, que presenta a Teresa revestida de toga y birrete doctoral, con la pluma o el libro en una mano, y el estandarte de líder en la otra. La imagen trata de unir el magisterio espiritual de la futura doctora con el hecho de su liderazgo femenino y el título bíblico de «nueva Débora».


En el s. XX es numerosa y exaltante la iconografía de la santa, desde cuadros de imaginería cinematográfica como la de F. A. de Sotomayor (carmelitas del Cerro de los Ángeles) hasta Santa Teresa doctora de I. Rouault (1970) y el nuevo intento de la vida de la santa en imágenes de Gilbert Louage.

San Bruno de Querfurt

Santo del día

Bruno nació en Querfurt hacia el año 974 de una familia de la aristocracia militar sajona. Pariente de Otón III, tras ser encaminado a la carrera eclesiástica y haber entrado en el capítulo de la catedral de Magdeburgo, pasó a la capella del emperador, a quien en el 997 acompañó a Roma, estableciéndose entre ellos estrechos lazos afectivos y espirituales. Tal vez en esta ocasión se acercara a la experiencia monástica; en cualquier caso, es en estos años cuando, atraído por el rigor del ascetismo de Romualdo de Rávena, lo siguió a la colonia eremítica que se había reunido en torno a él en el eremitorio del Pereo (una isla entre las lagunas de Comacchio); aquí cuajó su verdadera conversio, ya que cambió su nombre asumiendo el de Bonifacio, clara señal del proyecto vital que se proponía seguir. La conversión de Bruno a la vida eremítica y al apostolado encontró pronto imitadores entre la misma aristocracia de la que él provenía. Sería probablemente ocioso preguntarse si en esto ha de verse un signo de lo que recientemente se ha dado en llamar el miedo al milenio, pero cabría verificar si la atención hacia el Oriente y la actividad de conversión no podrían ser elementos que guarden alguna relación con convicciones apocalípticas y milenarísticas: el hecho es que las relaciones entre Otón III y Romualdo, que como se ha puesto recientemente en claro preceden a las de Romualdo y Bruno, se hicieron particularmente intensas tras el regreso del emperador de Gniezno y su entrada en Roma acompañado por un boato litúrgico tan obscuro como intrigante y sugestivo (noviembre 1000). Bonifacio pudo constituir un elemento del interés que el emperador, a través de lazos entre el Pereo y Pomposa, manifestaba por el área ravenate-delticia, tanto en vista de la disgregación de los vínculos que se habían establecido, por los mismos intereses, por su abuela Adelaida (sustrajo Pomposa a San Salvador de Pavía; impuso a Romualdo como abad de San Apolinar in Classe), como en vista de un impulso misionero hacia aquel Este que él había visitado y que se estaba abriendo al cristianismo occidental. Pero, si efectivamente se trataba de esto, Bruno defraudó las expectativas imperiales, en cuanto se mostró decididamente interesado por la experiencia eremítica (que, por mucho que prevaleciera en Pomposa, no era practicada allí de modo exclusivo) como formación del habitus misionero, y se opuso a que su compañero-maestro Benedicto de Benevento, al que había sido confiado por Romualdo para que se ocupara de su preparación a la vida eremítica, aceptase el nombramiento de abad del Pereo, logrando persuadirlo, en cambio, a emprender juntos la obra de evangelización de los eslavos. No obstante, retenido por el emperador, no pudo seguirlo en la empresa. Benedicto y Juan Gradenigo fundaron un eremitorio bajo la protección del duque de Polonia. Sólo en el 1002, muerto Otón III, Bruno comenzó su obra de predicación en las tierras orientales del reino de Alemania; los eremitas de la Gran Polonia lo esperaron en vano. La noche del 11-12 de noviembre de 1003 fueron masacrados por unos bandidos; el mismo Bruno recordó sus peripecias en la Vita quinque fratrum. Las relaciones entre Bruno y la corte imperial no sólo no se interrumpieron por su acción misionera, sino que Bruno intentó interponerse entre el emperador Enrique II y Boleslao de Polonia deplorando que dos príncipes cristianos luchasen entre sí. En el 1004 Bruno fue nombrado por el Papa archiepiscopus gentium y condecorado con el palio; su obra misionera, cuyo rastro no es fácil seguir, prosiguió en Hungría, Moravia y Rusia, para ocuparse después, partiendo nuevamente desde Polonia, de la evangelización de los baltos. Durante esta última empresa, el 9 de marzo de 1009, fue muerto con otros dieciocho compañeros.


«La virtud del bienaventurado Bonifacio carece todavía de una narración específica», escribía en 1040-1042 Pedro Damián (BHL 7324), que no conocía la obra que Merseburg había dedicado al mártir (Chronicon, MGH SS rer. Germ. NS, IX, 19552, 94-95, 386-389). Y el mismo Pedro Damián, en su obra de restauración de la vida y de la acción de san Romualdo, tampoco colmó esta laguna. No obstante, es útil leer su relato. Las noticias que da de Bruno están reunidas en un solo capítulo, bastante preciso en lo tocante a su procedencia (consanguíneo del emperador y «tan querido para él que sólo lo llamaba con el nombre de "alma mía"»), a su formación (dominaba las artes liberales y masivamente la música) y a su consiguiente carrera al servitium regis; pero extremadamente vago a propósito de las circunstancias en las cuales Bruno abandonó todo para seguir a Romualdo. Bruno es inmediatamente monje, eremita, deseoso de martirio; viaja siempre descalzo, se alimenta de medio pan y de agua los días feriales, y los festivos añade al pan alguna fruta o raíz, sin probar el agua. Durante su obra misionera, en regiones gélidas y septentrionales, viajaba a caballo, pero siempre descalzo, de modo que los pies se le congelaban en los estribos y tenían que despegárselos con agua hirviendo. Busca el martirio en aquellas mismas regiones en que lo había encontrado el beato Adalberto, pero aquellas gentes, por su malicia, se lo niegan. Entonces va a Rusia, donde es rechazado por el rey, que, al verlo vestido míseramente, lo acusa de haber ido a buscar fortuna; debe vestir ropas preciosas, pero para ser acogido ha de afrontar antes otra prueba, y durísima: la prueba del fuego; sólo con esta condición el rey accedería a creer en la verdad de lo que iba predicando. El milagro es puntual, y comienzan las conversiones, primero de los nobles y después de la masa. El pueblo es conducido a bautizarse en un lago. Uno de los hermanos del rey no quiere convertirse, y es muerto por el mismo rey; otro hermano cree más oportuno, entonces, desembarazarse de aquel extranjero, y lo hace capturar y después decapitar; en este momento se queda ciego y los asistentes, paralizados. Sólo tras la llegada y las plegarias del rey y de los cristianos se les levanta el castigo y todos se apresuran a arrepentirse y hacerse bautizar, construyendo al punto una iglesia en nombre del mártir. Pedro Damián, pues, como se ve, se sirve de una historia con elementos que habrían podido ser desarrollados para redactar una obra hagiográfica autónoma y que serán utilizados en el siglo sucesivo para escribir las gestas de otros misioneros entre las gentes de la Europa oriental. Tietmaro de Merseburg da un sesgo diverso a la narración: más ligado a las instituciones eclesiásticas y respetuoso de las mismas (aunque deje a Otón III por abrazar la «vida solitaria», después recurre al arzobispo de Merseburg para que bendiga su obra misionera: se notará su precaución por que no se le considere ni siquiera un solo momento un religioso «vago»; la misma que por otra parte manifiesta Pedro Damián con respecto a Romualdo), más consciente de las realidades políticas de la región (se une al duque Boleslao obteniendo de él y de otros nobles ricos muchos bienes, que distribuye a las iglesias y a los pobres). Bruno desarrolla una gran actividad misionera haciendo de su vida un martirio («castigando y atormentando su cuerpo con el ayuno y las vigilias»). Alcanza el martirio después de haber predicado en Prusia y pasado desde allí a Rusia. Su cadáver permanece insepulto junto con el de otros dieciocho compañeros hasta que es rescatado por Boleslao. No son las virtudes del eremita y la consiguiente familiaridad con lo prodigioso y lo divino las que se ponen en evidencia, sino la santidad personal en el más amplio contexto de la cristianización en los confines orientales del imperio, de sus iglesias y de sus aliados. En el san XV cambia nuevamente la perspectiva: una Vita et Passio s. Brunonis ep. et martyris Querfordensis (ed. MGH SS XXX, 2, 1350-1367: BHL 1471), que zurce elementos de redacciones que circulaban entre Alemania e Italia en la primera mitad del s. XI y ya habían encontrado una sistematización unitaria en la segunda mitad del s. XII, da una imagen del santo del todo actualizada. Lo presenta como un predicador que arrastra a las muchedumbres ciudadanas, es aclamado por los niños de las ciudades y debe sufrir las pruebas impuestas por las autoridades urbanas. Su santidad es preanunciada, pues ya de niño se mantiene alejado de los juegos típicos de su edad. Con esto en pleno Medievo se entendía el adiestramiento en las armas, mientras que en este texto se indican juegos en sentido estricto y theatri. Muerto y decapitado, su cabeza es arrojada a un río y recuperada por unos pescadores a quienes Bruno se les aparece asegurándoles que no es un fantasma. En su sepulcro se curan la ceguera, la cojera y las enfermedades en general. Fue conmemorado por el Martirologio Romano con los dos nombres: el 19 de junio como Bonifacio mártir y el 15 de octubre como Bruno, obispo de los rutenos.

Santa Aurelia de Estrasburgo

Santo del día

Fue una princesa de la familia de Hugo Capet, quien por escapar del matrimonio huyó a Alsacia y vivió como eremita. Solamente el Obispo Wolfgang de Ratisbon sabía que ella estaba viva.

Documentos reales del siglo X validan su existencia de una iglesia dedicada a Aurelia y de una cripta en dicho templo muy venerada por la población por guardar sus reliquias, durante la Edad Media solían pedir su ayuda en casos de fiebre. Luego de la reforma protestante la iglesia mencionada pasó a manos de los luteranos, quienes en 1524 profanaron la tumba de la santa y se deshicieron de las reliquias, pero sin conseguir eliminar el culto que mantiene vivo hasta hoy.

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