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Santo del día

Santo Tomás de Villanueva

Santo del día

Nació en Fuenllana (Ciudad Real) alrededor del año 1486 y falleció en Valencia, el 8 de septiembre de 1555. Hijo primogénito de Tomás García y Lucía Martínez de Castellanos, hidalgos de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), donde tenían una desahogada situación familiar. Fueron cinco hermanos. Por una epidemia de peste tuvo que marchar su madre a la villa próxima de Fuenllana, donde nació, regresando poco después al pueblo de sus padres, donde transcurrió su infancia.


De su madre aprendió las virtudes domésticas, a invocar a la Virgen María y a llevarla en el corazón por el resto de sus días. De su padre adquirió la misericordia con los necesitados. La puerta de su casa siempre estuvo abierta para el socorro de los pobres. Siendo muy niño volvió a casa varias veces vestido de harapos, porque había entregado su ropa a los necesitados. Otro día, ante la petición angustiosa de unos pobres, y no teniendo nada que ofrecerles, fue entregando, uno a uno, todos los pollos que había en el corral.


Recibió las primeras letras en el pueblo, posteriormente sus padres lo enviaron a Alcalá de Henares, siendo miembro de la primera promoción del colegio mayor «San Ildefonso». En la universidad cisneriana estudió gramática, retórica y humanidades, graduándose en artes, maestro y catedrático.


Se le ofreció en Salamanca la cátedra de filosofía moral pero la rechazó, para entrar como novicio, el 21 de noviembre de 1916 en el convento de San Agustín en Salamanca, profesando al año siguiente. Su hermano, Juan Tomás García Martínez, ingresará poco después también en el mismo convento.


En diciembre de 1518 es ordenado sacerdote. A partir de aquí comenzará su vida pública al servicio de la Iglesia y a la Orden de San Agustín, ostentando los cargos de prior de Salamanca (1519-1523), visitador provincial (1525), prior de Burgos (1531), primer provincial de Andalucía (1526) y de Castilla (1534) y revisor nacional de bibliotecas conventuales (1536). Renuncia al arzobispado de Granada y, por obediencia, acepta el de Valencia el año 1544.


Como religioso destacó por su humildad en el ejercicio de la autoridad, su amor a la Virgen y la unción de su predicación. Fueron famosos sus sermones. Se autoriza a los agustinos a fundar el convento de Madrid –San Felipe el Real– en 1544 con la condición de que Tomás de Villanueva resida en él o venga predicar todas las cuaresmas. El propio emperador Carlos V y la emperatriz Isabel acudían a escucharle a Valladolid. Como superior se ocupó de fomentar el espíritu misionero y enviar religiosos para que difundieran el evangelio en los territorios americanos.


La diócesis de Valencia, para la que ha sido nombrado pastor, es una sede con graves problemas: la enorme población morisca, mal integrada y peor convertida, la ausencia reiterada de los anteriores prelados, el relajado ambiente moral del clero secular, el abandono del pueblo cristiano, la falta de un centro donde los jóvenes aspirantes al sacerdocio se formen humana, cultural y espiritualmente... Con humildad, oración y penitencia cambiará el rostro de aquella comunidad. Gritará en sus sermones por la falta de un concilio que reforme la Iglesia universal, y verá con gozo la convocatoria de Trento, al que se anticipará fundando un seminario, el colegio de La Presentación. Realizó, nada más llegar, una minuciosa visita pastoral (1545) y convocó un sínodo provincial (1548).


Defendió la inmunidad de la Iglesia frente a las intromisiones civiles, corrigió a los clérigos y mortificó su cuerpo con duras disciplinas, buscando siempre ser más amado que temido, según la regla agustiniana.


Mantuvo especial predilección por los pobres, los huérfanos y los niños abandonados; se consideraba administrador de sus bienes, a los que, por justicia, debían volver. Daba sin humillar, corregía sin ofender, enseñaba sin herir. Anualmente entregaba en limosnas más de tres cuartas partes de las rentas del arzobispado. La austeridad de costumbres, la sencillez del vestido –remendado por él mismo–, la sobriedad en la mesa, la piedad de vida y la mansedumbre en el trato, hicieron de él y su casa un convento de observancia.


Oraba y estudiaba; sus sermones han quedado como ejemplo de catequesis, basados en la Sagrada Escritura y en los santos padres, especialmente san Agustín de Hipona, del que siempre se esforzó por ser reflejo de su luz, eco de su voz, discípulo de su pensamiento y heredero de sus ideales. Posteriormente serán también elogiados por su calidad literaria.


De intensa vida espiritual y profundo amor mariano, la Virgen marcó los momentos principales de su vida. El día de su primera misa sorprendió por el éxtasis que tuvo al rezar en el prefacio: «Quia per incarnati Verbi mysterium», y siendo arzobispo pasó enajenado toda una jornada el día de la Ascensión al rezar la antífona de nona: «Videntis illis elevatus est».


El Cristo de su oratorio fue el amigo íntimo al que confiaba el gobierno de la diócesis y del que sacaba ejemplo y fuerzas para cumplir con su misión; esa imagen será la que le anuncie su inminente muerte para el día de la Natividad de María. Se apresuró a ponerse a bien con los pobres, que era la forma de poder justificarse ante Dios, y ordenó al limosnero que entregase urgentemente a los pobres todo el dinero que hubiese, ya que deseaba morir sin poseer nada. Después fue repartiendo las pertenencias de su casa y, en último gesto de desprendimiento, entregó la cama en la que estaba a un criado, pidiéndosela prestada para morir, como ocurrió el día 8 de septiembre de 1555. Fue beatificado por Pablo V el 7 de octubre de 1618, y canonizado por Alejandro VII el 1 de noviembre de 1658. Su fiesta se celebra el 10 de octubre.


La figura de este santo pronto se popularizó y fue aclamado como «padre de los pobres», y así lo fijó la iconografía: vestido de agustino y con los atributos pontificales de su oficio; con una bolsa en la mano y entregando unas monedas a los pobres. De esta forma lo encontramos en los lienzos que Murillo pinta para el convento de agustinos y capuchinos de Sevilla. Los grandes maestros del barroco difundirán esta imagen de santo Tomás de Villanueva, así tenemos los cuadros de Carreño, Cerezo, Juan de Juanes, Maella, Fancello, Coello, Zurbarán, Ribalta, y lo mismo harán los escultores.


La devoción a este santo arraigó en muchas partes del mundo. Bajo su advocación se han puesto diversas instituciones: la Congregación de religiosas de Santo Tomás de Villanueva, de Mons. Le Proust (Francia), cofradías y hermandades de caridad, la parroquia de Castelgandolfo (Italia), el Hospital general de Panamá, la universidad de La Habana (Cuba), St. Tomas University (Florida), Villanova University (Pensilvania), algunas de ellas regentadas por agustinos, quienes proclamaron a santo Tomás como patrón de los estudios de la Orden, esperando que un día Roma lo declare doctor de la Iglesia por la calidad de sus escritos, la solidez de su doctrina y la espiritualidad de su mensaje.

San Paulino de York

Santo del día

Paulino, monje romano de San Andrea al Celio, llega a Inglaterra en el 601, con la segunda misión enviada por el papa Gregorio I Magno, integrada además por Melito, futuro obispo de Londres, Justo, que será después obispo de Rochester, y Rufiniano (Beda el Venerable, Hist. eccl., I, 29). Se detiene primero en Kent, donde colabora con Agustín de Canterbury. En el 625 es designado para acompañar a la hija del rey, Etelberga, que se casa con el poderoso rey de Nortumbria. La conversión de este y de todo el reino de Nortumbria es el hecho más relevante de la vida de Paulino y un acontecimiento que tendrá notables consecuencias para la difusión de la fe cristiana en el norte de Inglaterra.


Beda el Venerable relata esta conversión en su Historia ecclesiastica con profusión de detalles, énfasis que se comprende perfectamente si se piensa que el autor hablaba de las gestas cristianas de su tierra. Tras haber subrayado la amplitud territorial alcanzada por Nortumbria bajo Eduino, Beda señala cómo todo había empezado con la solicitud del rey de casarse con la princesa cristiana de Kent, consentimiento que es otorgado a condición de que Etelberga tenga libertad para practicar su fe. Se repite lo que había sucedido con la princesa franca Berta, que al casarse con el pagano Etelberto, rey de Kent, llevó consigo a un obispo como guía espiritual. Para hacer de capellán de Etelberga y de su séquito es designado Paulino, consagrado obispo por Justo el 21 de julio del 625. Aunque su papel declarado fuera el de consejero espiritual, Beda nos hace saber que en realidad Paulino «estaba decidido a llevar a toda la nación a la que era enviado al conocimiento de la verdad cristiana» (Hist. eccl. II, 9). Esto sucederá a través de una serie de acontecimientos. El primero atañe al rey, que escapa milagrosamente a un intento de asesinato el día de Pascua; ese mismo día su mujer da a luz a una niña, que será llamada Enfleda, y bautizada en Pentecostés con otros doce miembros de la casa real. Paulino interpreta el peligro evitado y el nacimiento feliz como signos de la protección divina; el rey promete a cambio renunciar a los ídolos, pero no se decide a dar el paso ni siquiera después de haber derrotado a sus enemigos. El papa Bonifacio interviene con dos cartas, una al rey para que se haga bautizar, y otra a la reina, para que le convenza a hacerlo. Pero ni esta intervención papal ni una visión que el rey tiene posteriormente, logran que se decida. Sólo tras una larga reflexión, durante la cual Paulino se mantiene a su lado y le recuerda con dulzura las promesas (Hist. eccl., II, 12), estimulado entre otras cosas por las palabras de un consejero (Hist. eccl., II, 13), el rey Eduino con toda la nobleza del reino y multitud de gente más humilde, se decide a recibir el bautismo. Es el año 627, y han pasado dos años desde la llegada de Paulino a York. La ciudad se convierte en la sede episcopal de Paulino, y se inicia la construcción de una gran iglesia, que Eduino no verá acabada a causa de su muerte en una batalla.


Durante seis años Paulino predica y bautiza. Beda recuerda que en aquel tiempo no había oratorios ni iglesias de mampostería en aquellas tierras, y esboza también un retrato de Paulino, que, dice, se lo han transmitido testigos oculares bautizados por él. Estos lo describen como «un hombre ligeramente encorvado, de cabellos negros, rostro ascético, nariz fina y aguileña, y un porte que infundía temor y reverencia» (Hist. eccl., II, 16).


El ejemplo de Eduino es contagioso: lo siguen el rey de East-Anglia y la provincia de Lindsey. Pero estas conversiones, tan relacionadas con el poder del rey, suelen tener una fragilidad congénita: basta que el rey desaparezca para que la región recaiga en el paganismo. Así sucede durante algún tiempo en East-Anglia, hasta que poco a poco un nuevo rey, Sigeberto, volviendo del exilio en Galia, donde se había convertido, reconduce el reino a la fe asistido por Félix, un obispo burgundio que establece su sede en Dunwich.


Honorio, que sucede en el papado a Bonifacio, en el 633 manda el palio de los arzobispos a los jefes de las dos provincias eclesiásticas inglesas: Paulino de York, y Honorio, al que Paulino mismo ha consagrado en Lincoln como cuarto obispo de Canterbury. El Papa envía también una carta al rey para exhortarlo a que el pueblo mantenga la fe. Aquel palio no cubrirá nunca los hombros de Paulino como obispo de York, y la carta permanecerá sin destinatario porque ese mismo año, el 1 de octubre del 633, el rey Eduino y su hijo Osfrido caen en una batalla en Hatfield, cerca de Doncaster, derrotados por las fuerzas combinadas del belicoso rey de Mercia, Penda, y del feroz rey cristiano de Gales, Cadwallon. Después de tal desastre, Paulino debe abandonar la sede. Huye por mar llevando consigo a Canterbury a la reina Etelberga y a muchos miembros de la casa real y algunos objetos de culto, como una gran cruz y un cáliz de oro. Acabará sus días como obispo de Rochester, donde morirá el 10 de octubre del 644 y dejará también su palio.

Santo Casio y Florencio

El único texto literario que celebra a Casio y Florencio, la Passio sancti Gereonis (BHL 3446), deudora al parecer de una tradición coloniense que procedería del Martirologio Jeronimiano, no es anterior al s. X. Según esta narración, los mártires habrían sido milites de la celebérrima legión tebana. Llegados a Bonn tras escapar de la masacre de Agauno, habrían sido descubiertos y arrestados por el procurador Carausio. Habiéndose negado a sacrificar a los dioses, habría condenado a ambos a la decapitación junto con otros siete camaradas, mientras que otros dieciocho soldados habrían sido muertos con el protagonista de la Passio en la ciudad de Colonia.


Algunos descubrimientos arqueológicos y fuentes de otra naturaleza parecen ofrecer un mínimo de fundamento a la historicidad de Casio y Florencio. Mencionados por el Martirologio Jeronimiano en fecha de 10 de octubre, pero sin una precisa referencia topográfica, los dos mártires deberían ser identificados con los titulares de aquella «basilica Sanctorum Cassii et Florentii et sociorum eorum», que surge «sub oppido castro Bonnia», ya recordada en un acto de donación del 649. Los restos de tal asentamiento, edificado en un área sepulcral en uso desde el 300 ca. al s. IX a poca distancia del lugar en que surgía el castrum romano, fueron localizados por Lehner durante la campaña de excavaciones llevada a cabo entre 1928 y 1929 en la colegiata románica de San Martín y San Casio de Bonn. En el curso de las excavaciones aparecieron, debajo de la cripta del edificio medieval, dos hipogeos superpuestos, en el más antiguo de los cuales se encontraron tres sarcófagos, vacíos, de piedra arenisca local y orientados de modo diferente respecto a la iglesia superior, en los cuales se ha creído reconocer la primitiva sepultura de Casio y Florencio y de un compañero de ambos (en efecto, es sabido que en 1166 el obispo coloniense Rinaldo hizo exhumar los restos de los mártires para colocarlos en el interior de la nueva basílica románica).


Del mártir Florencio no se conocen representaciones, mientras que las pocas relativas a Casio, la más antigua de las cuales es una escultura de fines del s. XII de la catedral de Xanten en Renania, lo presentan, análogamente a los demás miembros de la legión tebea, como un legionario romano que lleva la palma del martirio.

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