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Santo del día

San Juan Leonardi

Santo del día

En 1541 en Diecimo (Luca) nacía Juan Leonardi, hijo de una familia de modestos propietarios de tierras. Cuando tenía unos 17 años acudió a Luca para aprender la profesión de farmacéutico, asistió al grupo de los «Colombinos» dirigido por los dominicos y en el que se fraguaba una decidida experiencia de reforma religiosa. En la escuela de este radicalismo savonaroliano, el joven maduró progresivamente una opción cada vez más comprometida, por lo que diez años después, dejadas otras ocupaciones, se dedicó a los estudios humanísticos y después a los de filosofía, de modo que con treinta y dos años pudo acceder al sacerdocio. El primer apostolado fue la catequesis que organizó, de manera articulada y totalmente nueva para su tiempo, creando a tal efecto una Compañía de la Doctrina cristiana llevada por laicos, con estatutos aprobados por el obispo. En septiembre de 1574, fundó la congregación de los Sacerdotes reformados de la Bienaventurada Virgen que posteriormente asumirá el nombre de Orden de la Madre de Dios. Su figura de reformador se caracteriza por una continua tensión cristocéntrica: «Tened a Cristo delante en todas las cosas», escribía en una carta de 1592. Es un itinerario que nace, en primer lugar, de un proceso de desprendimiento interior: «Es necesario en estas cosas desnudarse de todo interés propio y sólo mirar al servicio de Dios», anotaba el 27 de julio de 1601. Tener también la valentía de renovar, en la total disponibilidad a la acción del Espíritu Santo, haciéndose «instrumento cada día más apto para corresponder a la voluntad divina», como se lee en otra carta de 1603. En 1584 sería huésped en Roma de otro gran santo toscano. Fue presentado a Clemente VIII por Felipe Neri y sería enviado en septiembre de 1592 como administrador apostólico en el Santuario de la Virgen del Arco para resolver delicadas situaciones entre el obispo de Nola y el virrey de Nápoles. El mismo pontífice, al año siguiente, le confía el difícil encargo de la reforma de la congregación de Montevergine, insigne rama de la Orden benedictina en la zona de Avellino. Visitó todos los conventos personalmente, dándose cuenta de los desórdenes que había provocado la merma de dicha familia religiosa. El delicado trabajo lo ocupó por cinco largos años, en los que promovió especialmente una efectiva coherencia hacia el voto de pobreza, erradicando el frecuente abuso de las propiedades privadas; la eliminación de las ingerencias seculares en la vida de los monasterios y que habían sido, por obvias razones, fuente de conflictos de todo tipo. Pero, sobre todo, llevó su sello la erección de un noviciado piloto que sirviese de norma y ejemplo para todos los demás conventos. Mientras, en Roma, se le confiaba a él y a su congregación la iglesia de Santa Maria in Portico. Después se hizo cargo del convento de Santa Práxedes, de las capuchinas de San Urbano y de las oblatas de Tor de' Specchi. También por encargo de Clemente VIII, visita las Escuelas Pías y resuelve un litigio entre el hospital del Santo Spirito y el convento anexo. Entre 1607 y 1608, con el español Juan Bautista Vives y el jesuita Martín de Funes, da vida al proyecto para la creación del colegio de Propaganda Fide. De hecho, aunque este último fue oficialmente reconocido por Urbano VII de manera definitiva el 1 de agosto de 1627 con la Bula Immortalis Dei Filius, no cabe duda de que tuvo su primer y fundamental impulso en la intuición de Leonardi, como aparece en un manuscrito conservado en el Archivo General de la Orden de la Madre de Dios. Allí se aprecia un notable sentido de misión y evangelización ejemplares. Para él, la eficacia del anuncio reside en la formación de pastores verdaderamente apostólicos: «qui non sua quaerent, sed quae Iesu Christi» (Ms, c. 1). Más o menos de la misma época es un célebre Memoriale a Paolo V para la reforma general de toda la Iglesia. Este constituye un punto fundamental en que se recapitulan las diferentes y variadas experiencias que Leonardi protagonizó y promovió como constante examen de sí mismo a la luz de la Palabra y de la sana tradición eclesial. Se trata de un amplio proyecto en el que el autor, escribiendo directamente al pontífice, dirige una insistente petición para que se promueva toda una serie de intervenciones que permitan realmente una profunda revisión interior.


En primer lugar, el pastor supremo tendrá que ser espejo de virtudes y luz en el candelero ya que «no se puede exigir al cuerpo lo que no se encuentra antes en la cabeza». Posteriormente, se pasa a sugerencias concretas como, por ejemplo, la celebración de sínodos nacionales precedidos de otros provinciales o regionales. De tal modo, el pontífice hará, «como un buen médico, un atento diagnóstico de los males que aquejan a la Iglesia para así poder prescribir para cada uno de ellos el remedio más apropiado», dice, con claras alusiones semánticas al oficio del antiguo farmacéutico. Leonardi no advierte la exigencia de nuevas reglas, sino más bien la necesidad de un serio compromiso ascético «de modo que la eficacia de los remedios no derive de nuevos estatutos, sino de una reorganización y revisión, con la realidad contemporánea, del patrimonio teológico y jurídico ya presente en el tesoro doctrinal de la Iglesia».


Otras de sus valientes denuncias fue la superación del provincialismo de la curia romana, deseando que la tarjeta de visita de los cardenales fuese únicamente «vida santa... doctrina y prudencia». Posteriormente, se afronta el problema de la catequesis de los niños para que «desde sus primeros años sean educados en la pureza de la fe cristiana y en las santas costumbres». Pero es sobre todo la renovación del clero lo que más preocupa a Leonardi (así se comprende por qué quiere llamar a sus religiosos los «sacerdotes reformados»), porque, afirma, «es la premisa necesaria para la reforma también de los laicos». El documento se cierra con una exhortación al pontífice. También podría parecer una presunción, pero es esa misma urgencia interior la que le hacía escribir en las constituciones del propio instituto: «Sed santos si queréis santificar a los demás» (c. XII, 1).


No sólo manifestó su singular carisma de reformador a través de los encargos que le confió la Santa Sede, sino también en las páginas de sus escritos, que fueron un fiel espejo de su alma. Entre las obras del santo, además del citado Memoriale, se pueden citar Pro Religionum et religiosorum praesenti et futura reformatione; Del modo di restituire in breve e di conservare l'osservanza regolare in tutte le Religioni; Breve trattato del buon governo delle Religioni; Della casa del Noviziato. Se trata de pequeños opúsculos que durante mucho tiempo permanecieron manuscritos y que no se han publicado hasta 1991. De esos mismos títulos se desprende el motor de la acción de Leonardi: una opción de consagración sin reservas. Otros títulos revelan un aspecto ulterior de su carisma, por lo demás íntimamente unido al primero: la catequesis, Istituzione di una famiglia cristiana, Luca 1861; Trattato della buona educazione dei figli, Roma 1862 y sobre todo: Dottrina cristiana, già composta e pubblicata dal ven. p. Giovanni Leonardi..., Luca 1736, ed. por G. Salanti y V. Giuntini. Especialmente valioso es su epistolario: Lettere di un Fondatore.


En 1623, catorce años después de su muerte (ocurrida en Roma en 1609), inició en Luca, autorizado por Gregorio XV, el proceso de canonización con algunos testimonios recogidos por Ludovico Centoflorini, abogado de Luca. El 27 de diciembre de 1757, Benedicto XIV declaró a Leonardi venerable; el 8 de marzo de 1861 Pío IX lo inscribió en el catálogo de los beatos y lo proclamó santo el 17 de abril de 1938. Su fiesta se celebra el 9 de octubre.


Iconográficamente Juan Leonardi se representa a menudo con la Virgen por la singular devoción que siempre sintió hacia ella, como animación especial de su apostolado y a la que dedicó la Orden que fundó; o al menos aparece en la parte izquierda de sus imágenes la sigla griega «MP-ΘY», es decir, Madre de Dios. Otros elementos iconográficos presentes en algunos altares son, a la izquierda del santo un grupo de sacerdotes y a su izquierda personajes de color para indicar dos de sus criaturas: la Orden de la Madre de Dios y el colegio de Propaganda Fide.

Santos Dionisio, Rústico y Eleuterio

Santo del día

Dionisio, primer obispo de París, fue martirizado en esa misma ciudad (probablemente en el lugar llamado «Montjoie») junto con sus dos compañeros Rústico y Eleuterio, durante una persecución anterior a la de Diocleciano. Estos tres mártires son recordados el 9 de octubre en el Martirologio pseudo-jeronimiano que atribuye a Eleuterio el grado de sacerdote y a Rústico el de diácono. Según la Pasión más antigua, o Gloriosae (BHL 2171), los textos legendarios presentan los grados invertidos (Rústico sacerdote, Eleuterio diácono) que Usuardo introdujo sobre raspadura en su Martirologio y que terminó por imponerse. Esta dicotomía de la tradición, que no tiene explicación alguna, no es más que uno de los numerosos enigmas de un dossier muy complejo. Para dar realce y prestigio a una sede episcopal que había llegado a ser capital dinástica, Dionisio fue identificado paulatinamente, pero no sin resistencia, con un homónimo griego, convertido por san Pablo (BHL 2178) y autor místico (BHL 2175). Patrón, desde la época de los merovingios, de una abadía donde se hacían enterrar los reyes francos, Dionisio llegó a ser, como Martín de Tours y Remigio, una especie de santo nacional. A partir del s. XI, con motivo de una invención de reliquias, comenzó a ser venerado también en la región de Ratisbona. Enseguida su culto se extendió gradualmente por todo Occidente, de forma que al final de la Edad media era titular de más de mil iglesias y considerado, en el país germánico, como uno de los catorce santos intercesores.


Las tradiciones más antiguas acerca de Dionisio son contradictorias y carecen de historicidad. Basándose en una fuente hagiográfica meridional, Gregorio de Tours lo cita en una lista de siete apóstoles de las Galias (Historiae Francorum I 30), enviados desde Roma bajo el emperador Decio (249-251); cinco de dichos apóstoles habrían sido confesores, y dos mártires, entre ellos el obispo de París, que, según esa versión, fue decapitado. La Pasión Gloriosae menciona el mismo suplicio (el más insignificante de todos), pero coloca la misión de Dionisio durante el reinado del papa Clemente I (discípulo directo de san Pedro), lo cual favorece la opinión de que la sede de París es de origen apostólico. Puesto que el envío por parte de Clemente es ya conocido por el primer biógrafo de santa Genoveva (520 ca.), la tradición atestiguada por la Pasión Gloriosae es, sin duda alguna, de origen parisiense y se remonta, como mínimo, a principios del s. VI. Por lo demás, es probable que ninguna de las dos cronologías rivales (ss. I y III) esté apoyada por documentos anteriores. A partir de este período Dionisio fue objeto de un culto importante: en efecto, hacia los años 450-460, Genoveva había hecho construir una iglesia por encima de su tumba, y el nombre del mártir figura en el canon de la misa en algunos de los más antiguos sacramentarios.


Otras dos pasiones, procedentes de la abadía de Saint-Denis enriquecieron notablemente la leyenda primitiva. La primera (BHL 2178 o Post beatam et gloriosam), de la que existe una traducción griega, ha sido considerada durante mucho tiempo demasiado tardía, pero actualmente es opinión generalizada que pertenece a la segunda mitad del s. VIII. El obispo mártir es identificado en ella con el ateniense Dionisio, convertido por el discurso de san Pablo en el areópago (He 17,34), y se dice que abandonó el lugar del suplicio llevando su propia cabeza (cefaloforia). La segunda (BHL 2175 o Post beatam ac salutiferam) fue redactada hacia el año 835 por el abad Hilduin de Saint-Denis, aparentemente para responder a un mandato oficial del emperador Luis el Pío, pero en realidad más bien para acrecentar el prestigio de la abadía y favorecer al autor. Esta narración desarrolla los relatos de torturas, multiplica a placer los nombres propios y explota por primera vez las obras del escritor místico que en el s. VI se ocultaba bajo el pseudónimo de Dionisio el Areopagita y de las cuales el emperador bizantino había regalado, en 827, un manuscrito griego a Luis el Pío. Posteriormente otros autores (como Anastasio el Bibliotecario, Hincmar de Reims, Hrotsvitha, Abelardo, etc.) se interesaron por la historia de Dionisio pero sin conseguir el éxito de las ficciones de Hilduin.


La abundante iconografía de Dionisio se inspira sobre todo en las innovaciones de las Pasiones carolingias; el tema fundamental es el de la cefaloforia, que la veneración hacia Dionisio contribuyó a trivializar en Occidente. También ha sido ilustrado el envío en misión por parte del papa, la predicación en París y la destrucción de los ídolos paganos, la comunión llevada por Cristo a Dionisio en la prisión (fruto de la imaginación de Hilduin) y, finalmente, la decapitación del obispo y de sus dos compañeros

Abrahán

Santo del día

«Mirad a Abrahán, vuestro padre, y a $Sara, que os dio a luz. Él estaba solo cuando lo llamé; pero lo bendije y lo multipliqué». Así se abre el gran poema de la restauración de Israel tras la experiencia exílica de Babilonia, compuesto por el Segundo Isaías (51,2). Abrahán es visto como «la roca de la que fue tallado Israel, la cavidad de la que fue extraído» (51,1). Pero el patriarca bíblico no es sólo padre del pueblo hebreo. $Pablo, en la Carta a los romanos, declara que él es «padre de todos los no circuncidados que creen... y padre también de los circuncidados que..., siguen las huellas de su fe» (4,11-12), convirtiéndose así en padre de todos los cristianos. Por último, sabemos que para el islam Abrahán, a través de su hijo Ismael, es también padre de todos los musulmanes, además de ser el-Khalil por excelencia, es decir, el amigo de Dios. Así, pues, las tres religiones monoteístas se remontan a Abrahán.


 



  1. «Yo soy el Dios de Abrahán, de $Isaac y de $Jacob. No un Dios de muertos, sino de vivos». La reacción de Jesús hacia los saduceos (Mt 22,32), que se ha vuelto célebre entre otras cosas por el Memorial de Pascal, resume límpidamente la calidad de las páginas patriarcales del Génesis. Son, ante todo, textos teológicos, en su centro y en su horizonte se cierne la figura del Dios de la elección, de la promesa, de la salvación. Pero se le ve en acción dentro de una serie de vicisitudes personales, familiares y tribales y en el ámbito de un cuadro histórico de contornos difuminados, pero no inexistentes. Aunque la primera elaboración de estas memorias histórico-teológicas (G. von Rad ha preferido hablar de «sagas») debería situarse en la época salomónica (s. X a.C.), algunos indicios –geografía, onomástica, costumbres, migraciones– podrían remitir a un arco histórico anterior, que tal vez podría situarse entre los ss. XIX y XIV del segundo milenio a.C. (R. de Vaux, C. H. Gordon, T. L. Thompson). Verdad es que las tradiciones literarias, surgidas, como decíamos, a partir del s. X a.C., pueden ofrecernos un retrato de bulto entero de los patriarcas bíblicos, anclándolos a un origen mesopotámico (Ur de los Caldeos es sin duda una indicación genérica) y a una migración que había tocado algunas de las antiguas ciudades estado diseminadas por el creciente fértil (Harrán y Mari, por ejemplo). El retrato supone naturalmente una sólida aportación teológica que, en la práctica, colma vacíos y ofrece el verdadero perfil de los personajes en cuestión. Por lo que se refiere a Abrahán, el material está recopilado en Gén 11,10-25,10, y es el resultado de una fusión de redacción (que a veces se limita a simples yuxtaposiciones) de las tres grandes tradiciones reconocidas y convencionalmente denominadas Yavista, Elohísta y Sacerdotal, distribuidas en un arco que va del s. X al VI a.C. Otras infiltraciones tradicionales y diversas codificaciones literarias se han propuesto como hipótesis, pero rebasan la finalidad de nuestra indagación.


Los materiales son desde el punto de vista histórico-literario polimorfos: tradiciones etnológicas (16,12; 19,36-38) se asocian listas tribales (25,1-4) y etiologías de santuarios locales (12,7-8; 14,18-20) se unen a relatos teofánicos (15,1-11; 16,13; 18); con etimologías populares (16,11.14; 17,5; 21,6.31) se mezclan oscuras páginas de política «internacional» (c. 14). El mismo nombre Abram/Abraham, análogo a Abiram, independientemente del étimo popular de Gén 17,5 («padre de multitudes»), puede ser rastreado incluso en la forma Aburah(a)ma de textos egipcios de execración (s. XVIII a.C.) con el valor teofórico de «padre mío –esto es, el dios protector– es excelso». Nombres de antepasados del patriarca, como Terah, Nahor, Serug, pueden rastrearse, en cambio, en el valle del Balih entre el Tigris y el Éufrates, que era probablemente ese Arán Naharáyim (o Arán de los Ríos) del que se habla en Gén 24,10 o ese Padán Arán, del que se tiene noticia en 25,20. La región en cuestión, con su centro principal de Harrán, podría ser considerada la cuna étnica de Abrahán, un semita noroccidental seminómada, que podría colocarse entre aquellos amorritas o protoarameos de que se tiene un conocimiento incluso extrabíblico.


Adorador de un dios personal, que lo seguía en sus migraciones, Abrahán, llegado a Canaán, habría unido esta divinidad al panteón cananeo, conocido con los distintos títulos conservados por las tradiciones del Génesis: El-'Eljon, el Altísimo, El-'Olam, el Eterno, El-Shaddaj, el Todopoderoso. A. Alt y M. Haran, que han profundizado en la figura del «Dios de los Padres», han puesto de manifiesto esta compleja operación de elaboración de la teología primitiva de Israel, suspendida entre politeísmo y enoteísmo, releída después por las tradiciones sucesivas en clave yavista. En los materiales «abrahamíticos» del Génesis podemos distinguir netamente dos ciclos narrativos: el de Abrahán y el de Lot. El núcleo primitivo de la historia de Lot está constituido por una tradición popular relativa a un cataclismo que convulsionó el área sudeste del mar Muerto (c. 19). No faltan documentos etiológicos transjordánicos, como los de la mujer de Lot y el origen de los moabitas y amonitas (19,26.30-35).


 



  1. El ciclo de Abrahán, como hemos dicho, está profundamente marcado por una reelaboración teológica que tiene tonalidades diversas según las distintas tradiciones. La yavista se ocupa de exaltar la dialéctica entre promesa y cumplimiento, entre bendición y actuación en el don divino de una descendencia y de una tierra. El patriarca se yergue como un modelo de vida religiosa y moral, invoca a su Dios, dialoga e intercede ante él, erige memoriales cúlticos en su honor, es beneficiario de teofanías. La fragmentaria (y no raramente discutida) tradición elohísta propende a subrayar otra dialéctica, la dialéctica entre fe y promesa: es emblemática la escena del sacrificio de Isaac, de la que nos ocuparemos más adelante (c. 22). Abrahán se convierte en el prototipo del creyente cuya fe en la palabra de Dios es inquebrantable, cuya justicia es fiel, cuya confianza en el Dios exigente y trascendente es absoluta.


En cambio, la tradición sacerdotal, más orientada a ofrecer noticias topográficas y biográficas, centra su perfil espiritual de Abrahán en la categoría berît, «alianza», o sea, en el compromiso que Dios asume con relación al elegido para conducirlo hacia una historia de salvación que se consumará en los descendientes de Abrahán El patriarca responde con el gesto de la circuncisión (c. 17); no falta tampoco en esta tradición un aspecto dialéctico, el que media entre la promesa de la tierra y su cumplimiento (c. 23). Circuncisión y tierra prometida, por otra parte, constituían dos componentes importantes en la experiencia que estaban viviendo los hebreos en el posexilio, en la época de la vuelta a la tierra de sus padres (s. VI a.C.), época en la que florece la tradición sacerdotal. Esbozado el esquema hermenéutico a través del cual las tradiciones leen la figura de Abrahán, podemos seguir el hilo narrativo teológico global tal como emerge de la redacción final que tenemos en el texto actual del Génesis.


El comienzo de la historia de Abrahán se halla en un prólogo construido sobre la reiterada repetición del verbo brk («bendecir») (5 veces en Gén 12,1-3) y sobre el esquema de una vocación «militar» ritmada por la orden divina y su ejecución: «Sal de tu tierra... Abrahán partió, como le había dicho el Señor». Va acompañado por una promesa de descendencia: «Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas. Así será tu descendencia» (15,5). Una promesa que el patriarca abraza con fuerza: «Abrahán creyó al Señor, y el Señor le consideró como un hombre justo» (15,6). Pero la dialéctica luz-oscuridad, propia de la fe, entrará inmediatamente en acción: Abrahán es viejo y Sara, menopáusica. Se trata, pues, de resolver la tensión recurriendo a la praxis oriental del hijo tenido con la esclava de la mujer de Abrahán, Sara. Ismael, nacido de Agar, es a todos los efectos hijo oficial de la pareja dominante del clan. Pero Dios pone todo en discusión reproponiendo una vez más la promesa de un hijo nacido directamente de Sara.


Vuelve la oscuridad, testimoniada por la «risa» incrédula del patriarca (17,17) y de Sara (18,12-15). Pero al final, he aquí, la «risa» de Dios, viva y definitiva, encarnada en el nombre de Isaac, el hijo nacido de Sara, popularmente interpretada por Gén 21,6 como «risa de Yavé». Pero la dialéctica de la fe no se extingue: es más, espera alcanzar aún su punto culminante, bosquejado en el citado y célebre c. 22, verdadero paradigma simbólico de todo itinerario de fe. El recorrido de tres días que Abrahán efectúa hacia el monte Moria entre el silencio absoluto de Dios y la 'aqedah, la «atadura» de Isaac en el altar para el sacrificio –que tanta importancia tendrá en la tradición judaica, literaria y artística posterior– se convierten en la más sublime representación de la fe considerada en su estadio más puro, sin apoyos humanos, aparentemente vuelta contra sí misma, porque la promesa divina había dado al hijo y ahora lo aniquilaba desmintiéndose. Pero Abrahán está dispuesto a renunciar a todo, confiando únicamente en Dios, por lo que el hijo, recibido de nuevo al fin de la prueba, ya no es aquel que había nacido de su semilla, sino en sentido pleno, perfecto y exclusivo el hijo de la promesa, don absoluto de Dios.


El tema de la promesa, empero, comprendía también la tierra de Canaán. En este caso se da asimismo una tensión evidente: la única posesión territorial será sin duda para Abrahán la cueva de Macpela, cuya compra se narra en la pintoresca página de Gén 23. Y, sin embargo, Abrahán seguirá creyendo en las palabras proclamadas por Dios precisamente dentro de un gran acto de alianza, que comprende un ritual oscuro y arcaico (el descuartizamiento de animales, el paso de una llama entre ellos, un gesto de automaldición en caso de violación de la alianza): «A tu descendencia doy esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates» (15,18). Pero precisamente en este ritual de berît –de alianza, o, mejor, de compromiso– se delinea de modo neto la eficacia de la promesa divina, pese a la aparente contradicción del resultado presente. En efecto, lo que pasa entre los animales descuartizados y divididos en dos partes son sólo «una hornilla humeante y una llama de fuego», símbolos de Dios. Sólo él acepta un compromiso solemne y formal, implicándose en el mismo en primera persona. Y es sobre esta base sobre la que Abrahán creyó y vivió sus 175 años (25,7), convirtiéndose justamente en emblema de la fe pura y radical.


 



  1. El patriarca entra precisamente en la tradición con el distintivo del creyente, como raíz de un pueblo invitado a la fe y por ello «semilla de Abrahán» en sentido espiritual y no meramente racial (Is 41,8; Jer 33,26; Jn 8,33-47). Elegido por el Señor, que se le había revelado sacándolo de un pueblo idólatra (Gén 24,2-3; Neh 9,7), redimido (Is 29,22) y bendecido por Dios (Miq 7,10), es el modelo de la fe que conoce la obediencia, la fidelidad y las obras (Sir 44,19-21; 1Mac 2,52). Será el judaísmo el que marque para siempre el nexo entre fe y compromiso concreto, manifestado en la obediencia a la orden divina de sacrificar a Isaac, fuente del mérito y de la recompensa (Jubileos 24,11; 12,19; Flavio Josefo, Antigüedades Judías I, 10,3). Motivo, este, que se conservará también en el judeo-cristianismo: es significativo el retrato de Abrahán justificado por sus obras, esbozado por $Santiago (2,12-23). Pablo, en cambio, vuelve a una lectura del Génesis en clave estrictamente «teológica», relacionando a Abrahán con la figura del creyente que es justificado y por consiguiente salvado por su absoluta adhesión a la palabra divina. Dos son los textos capitales para esta hermenéutica paulina del patriarca, reconocido por el Nuevo Testamento como progenitor de Israel (Mt 3,9; Jn 8,53.56; He 7,2; 13,26), del sacerdocio levítico (Heb 7,5) y también del mismo Cristo (Mt 1,1). Aplicando la metodología rabínica, el apóstol relee Gén 15,6 en Gál 3,6-18, mostrando que es sólo por la fe por lo que Abrahán fue justificado y se convirtió en fuente de bendición para la humanidad (Gén 12,3; 18,18). Uno es hijo de Abrahán, por tanto, no sólo por relación racial, sino por imitación vital en la adhesión de fe. «Las promesas hechas a Abrahán fueron extendidas a su descendencia (semilla); ahora bien, el término "descendencia" está en singular y se refiere a una sola persona, que es Cristo (Gál 3,16). Por eso, sólo creyendo en Cristo uno entra en posesión de los bienes anunciados y se convierte en heredero de la promesa. Dado que la promesa es gratuita y compromete sólo a Dios, ha de excluirse que los herederos de los bienes prometidos sean los observantes de la ley» (S. Virgulin).


Poniendo entre paréntesis Gál 4,21-31, reflexión alegórica sobre las dos mujeres de Abrahán, Sara y Agar, y sobre sus respectivos hijos, Isaac e Ismael, el segundo pasaje abrahamítico paulino es Rom 4,1-25, donde el apóstol tipifica en la figura del patriarca los motivos centrales de su doctrina de la justificación, que se efectúa sólo por gracia divina y por fe humana, independientemente de las obras de la ley y de la circuncisión. Abrahán es el modelo histórico y el signo profético de esta economía salvífica fundada sobre la gracia y la fe. Advirtiendo que Abrahán es justificado por la fe (Gén 15,6), Pablo termina presentando al patriarca como prefiguración de una salvación que no es generada por las obras humanas, sino sólo por el don divino acogido en la fe. Heredero de Abrahán es, pues, el pueblo de los creyentes, circuncidados y no circuncidados. Los cristianos, acogiendo por fe la gracia otorgada por Dios en Cristo Jesús, se convierten en «descendencia de Abrahán y herederos según las promesas» (Gál 3,29). En esta luz el «seno de Abrahán», imagen escatológica usada por Lucas (16,22-23), se transforma en símbolo del destino de comunión con Dios reservado a los justos, a los pobres, a todos los hombres que acojan en la fe y en el amor a Cristo (Mt 8,11; Lc 13,28).


De la mano de Pablo y de la Carta a los hebreos (11,8-20) Abrahán entrará en la tradición cristiana como el santo de la fe, reconsiderado de mil maneras en la homilética y en la exégesis patrística y medieval, representado en infinitos modelos iconográficos, plasmado dentro de las más dispares páginas literarias y musicales. Sólo querríamos evocar la escena del sacrificio de Isaac (Gén 22), que ha sido una especie de temática constante en la reproposición artístico-literaria de la figura de Abrahán. Un célebre exégeta, G. von Rad, ha ordenado en un texto cuatro interpretaciones ejemplares de esta historia: la de Lutero, la extraordinaria y fascinante elaboración de S. Kierkegaard en la obra Temor y temblor (1843), la del filósofo polaco L. Kolakowski y el estupendo lienzo de Rembrandt (1635, Ermitage de San Petersburgo), en el que Abrahán cubre con la mano izquierda el rostro del hijo para que no vea ni grite, mientras que la derecha ya está levantada con el gesto fatal (Rembrandt tratará varias veces este tema). En el s. III, por otra parte, ya aparecía, en la catacumba romana de Priscila, la escena de Isaac cargado con la leña del sacrificio y durante siglos seguirá siendo un referente del arte cristiano, que veía en ellas una prefiguración del sacrificio de Cristo: incluso el judío M. Chagall en las vidrieras de las catedrales de Metz (1958) y de Reims (1974) asociará Isaac a Cristo.


Conexión clásica en la literatura patrística, aunque también en la música: un número enorme de «oratorios» de autores modestos y también célebres, como G. Carissimi (Abramo e Isacco) y A. Scarlatti (Il sacrificio di Abramo), se ha desarrollado precisamente para ofrecer en el período pascual a la comunidad eclesial la ocasión para meditar el sacrificio de Cristo y su función redentora a la luz de Gén 22. Uno de los libretos más usados era, en efecto, el de P. Metastasio, titulado significativamente Isacco figura del Redentore, musicado por ejemplo por N. Jommelli y G. Torelli. Es igualmente inmenso el espacio literario, estimulado también por la tradición judía de la 'aqedah de Isaac, a la que hemos aludido más arriba, convertida en un verdadero género para cantar los martirios de las persecuciones antisemitas. La lista comprendería muchos nombres conocidos: desde Teodoro de Beza en el s. XVI hasta el citado Kierkegaard, desde el Billy Budd de H. Melville hasta El oso de W. Faulkner, desde el poema Isaac y Abrahán de J. A. Brodskij (Nobel 1987) a la Prière d'Abraham de P. Emmanuel (1943), desde la antimilitarista Parábola del viejo y del joven de W. Owen (1918) hasta la lírica «Señor mío, amado y cruel» de D. M. Turoldo... Tenía razón Nietzsche cuando confesaba en Aurora que «para nosotros Abrahán es mucho más que cualquiera otra persona de la historia griega y alemana».

San Cirilo Bertrán y compañeros

Santo del día

También conocidos como los «Mártires de Turón» (Asturias), se trata de un grupo de religiosos compuesto por ocho hermanos de las Escuelas Cristianas y un sacerdote pasionista que sufrieron el martirio en el contexto en la Revolución asturiana de octubre de 1934, en la madrugada del día 9 de dicho mes. A estos 8 hermanos se añade un noveno, el hermano Jaime Hilario (Manuel Barbal Cosán), nacido en Enviny el 2 de enero de 1898, que sufriría el martirio pocos años después, el 18 de enero de 1937, en plena Guerra civil española. Son los hermanos Cirilo Bertrán (José Sanz Tejedor), nacido en Lerma (Burgos) el 20 de marzo de 1888, Marciano José (Filomeno López López), nacido en El Pedregal (Guadalajara) el 17 de noviembre de 1900, Victoriano Pío (Claudio Bernabé Cano), nacido en San Millán de Lara (Burgos) el 7 de julio de 1905, Julián Alfredo (Vilfrido Fernández Zapico), nacido en Cifuentes de Rueda (León) el 24 de diciembre de 1903, Benajamín Julián (Vicente Alonso Andrés), nacido en Jaramillo de la Fuente (Burgos) el 27 de octubre de 1908, Augusto Andrés (Román Martínez Fernández), nacido en Santander el 6 de mayo de 1910, Héctor Valdivielso (Benito de Jesús), nacido en Buenos Aires el 31 de octubre de 1910, Aniceto Adolfo (Manuel Seco Gutiérrez), nacido en Celada Marlantes (Santander), el 4 de octubre de 1912, así como el padre pasionista Inocencio de la Inmaculada (Manuel Canoura Arnau), nacido en el Valle de Oro (Mondoñedo) el 10 de marzo de 1887, que se encontraba entre los hermanos, llamado por estos para preparar a los niños al primer viernes de mes. Este religioso se ha convertido en el «primer mártir pasionista».


La Revolución de octubre puede ser considerada un preludio de la Guerra civil, así lo interpretaron las mismas fuerzas del Frente Popular que la utilizaron como baza en las elecciones de febrero de 1936, denunciando la dureza utilizada por el gobierno de derechas en su represión. Por ello, estos mártires suelen incluirse en los catálogos y estudios sobre los Mártires de la Guerra civil española, aunque cronológicamente su martirio se anticipase.


Tras la Ley de Confesiones Religiosas de 1933 que prohibía la enseñanza a los religiosos, algunas instituciones de la Iglesia optaron por dedicarse a la enseñanza de forma no oficial, como ocurrió con los hermanos de La Salle. Tras aquel verano de 1933, los religiosos se despidieron de las familias, fueron trasladados a comunidades diferentes y, donde pudieron, comenzaron el nuevo curso escolar apareciendo como profesores seglares, sin vestir el hábito religioso y utilizando sus nombres civiles. En Turón, un pequeño pueblo en el centro de un valle minero de la región asturiana, los hermanos aparecieron ante el pueblo como un grupo de maestros seglares contratados por la empresa minera de la zona para regentar la escuela que, desde 1919, habían llevado los hermanos de las Escuelas Cristianas. Se trataba de un grupo de jóvenes (la edad media era de treinta años), dedicados a su tarea docente y a la formación religiosa de sus alumnos. En aquel mes de octubre de 1933, se inició una revuelta de obreros en los principales centros mineros asturianos que, tras asaltar un almacén de armas, llegaron incluso a apoderarse de parte de la ciudad de Oviedo. Se constituyeron comités revolucionarios y comenzó una persecución de la Iglesia en varios puntos. La revolución asturiana tuvo que ser sofocada militarmente, con la intervención del ejército africano. Los hermanos de La Salle fueron víctimas de aquellos atropellos.


Al amanecer del viernes 5 de octubre, los religiosos fueron advertidos de que los revolucionarios habían detenido a algunas personas, entre ellas a los sacerdotes del pueblo, por lo que decidieron adelantar el horario de la misa, que sería celebrada por el padre pasionista Inocencio, que había acudido al colegio para preparar a los niños para la práctica piadosa y popular del primer viernes. Cuando llegaron al ofertorio, oyeron llamar a la puerta con violencia. Intuyendo el peligro, el sacerdote pidió a los religiosos que le ayudasen a consumir las especies sagradas. Tras abrirles la puerta, los revolucionarios dijeron que buscaban las armas de las Juventudes Católicas, escondidas en el colegio. Después de destrozar puertas y todo cuanto encontraron a su paso, y sin hallar arma alguna, se llevaron a todos los hermanos a la Casa del Pueblo, donde se hallaba el párroco, el coadjutor y el capellán, así como familiares de estos. Allí permanecieron varios días incomunicados, hasta que el 9 de octubre fueron condenados a muerte, conducidos al cementerio nuevo, a las afueras del pueblo, y fusilados. Sus cuerpos cayeron a una fosa que sus asesinos habían excavado la noche anterior. Cuando el hecho se supo en la comarca suscitó la indignación y el repudio de muchos, incluso entre aquellos que simpatizaban con la revolución, por considerarlo un crimen inútil y feroz. Sus mismos verdugos, cuando las aguas volvieron a su cauce, y fueron detenidos y juzgados en un consejo de guerra, testimoniaron la serenidad y entereza de los religiosos a la hora de afrontar el martirio. Su fama de santidad y de testigos de la fe se difundió pronto dentro y fuera de Asturias. Sus cuerpos fueron exhumados y trasladados a la casa central de los hermanos en Bujedo (Burgos). El 9 de octubre de 1944 se inició en la diócesis de Oviedo la causa de beatificación. Esta tendría lugar, unos cincuenta años más tarde, el 29 de abril de 1990 en la plaza de San Pedro y el 21 de noviembre de 1999 serían canonizados, convirtiéndose así en los primeros «santos» de la Guerra civil española, después de que Juan Pablo II hubiese aprobado el milagro atribuido a la intercesión de los beatos mártires de Turón, acaecida sobre la joven nicaragüense Rafaela Bravo, el mismo día en que eran beatificados.

San Héctor Valdivielso

Santo del día

Primer santo argentino que sufrió el martirio en el contexto de la Revolución asturiana de octubre de 1934, junto al grupo de Cirilo Bertrán y compañeros. Sus padres, originarios de la provincia de Burgos, se trasladaron a Buenos Aires unos años antes de su nacimiento, que tuvo lugar el 31 de octubre de 1910. Fue bautizado en la iglesia de San Nicolás de Bari, en la zona donde actualmente se alza el Obelisco de la Avenida 9 de julio. Sin embargo, de nuevo las dificultades económicas obligaron a la familia regresar a España, donde quedaría su madre al cuidado de sus hijos, mientras su padre probaba otra vez suerte en México. Establecidos en Briviesca (Burgos), Héctor estudió en la escuela municipal. Tras conocer a los hermanos de La Salle, que pasaron por las aulas del colegio invitando a los chicos a ser educadores cristianos y con el consentimiento de sus padres, ingresó en el centro de formación de los Hermanos de La Salle en Bujedo. Después hizo el noviciado misionero que los Hermanos tenían en Lembecq-lez-Hal (Bélgica), movido por el deseo de realizar un día el apostolado en la tierra donde había nacido, Argentina. En espera de poder realizar sus sueños, los superiores lo destinaron a la escuela de Astorga (León). En septiembre de 1933 fue destinado a Turón. En el breve período de tiempo que permaneció en la cuenca minera, se mostró como siempre, plenamente entregado a sus clases y a las asociaciones juveniles de la Cruzada Eucarística y de la Acción Católica. Su dedicación a los jóvenes le convirtió en blanco perfecto de la persecución religiosa y del martirio, que no tardaría en llegar.


Al amanecer del viernes 5 de octubre de 1934, los religiosos fueron advertidos de que unos revolucionarios habían detenido a algunas personas, entre ellas a los sacerdotes del pueblo, por lo que decidieron adelantar el horario de la misa, que sería celebrada por el padre pasionista Inocencio, que había acudido al colegio para preparar a los niños para la práctica del primer viernes. Cuando llegaron al ofertorio, oyeron llamar a la puerta con violencia. Intuyendo el peligro, el sacerdote pidió a los religiosos que le ayudasen a consumir las sagradas formas. Tras abrirles la puerta, los revolucionarios dijeron que buscaban las armas de las Juventudes Católicas, escondidas en el colegio. Tras destrozar puertas y todo cuanto se encontraban a su paso, y sin encontrar arma alguna, se llevaron a todos los hermanos a la Casa del Pueblo, donde encontraron al párroco, coadjutor y capellán, así como a familiares de estos. Allí permanecieron varios días incomunicados, hasta que el 9 de octubre fueron condenados a muerte, conducidos al cementerio nuevo, a las afueras del pueblo, y fusilados. Sus cuerpos cayeron en una fosa que sus asesinos habían excavado la noche anterior. Cuando la tragedia se supo en la comarca se produjo una gran conmoción y el repudio de muchos, incluso entre los que simpatizaban con la revolución, por considerarlo un crimen inútil y atroz. Sus mismos verdugos, –cuando las aguas volvieron a su cauce, detenidos y juzgados en un consejo de guerra–, testimoniaron la serenidad y entereza de los religiosos a la hora de afrontar el martirio. Su fama de santidad como testigos de la fe se difundió pronto dentro y fuera de Asturias. Sus cuerpos fueron exhumados y trasladados a la casa central de los Hermanos en Bujedo (Burgos).


Junto con su grupo, Héctor Valdivielso fue beatificado el 29 de abril de 1990 en la Plaza de San Pedro y canonizado el 21 de noviembre de 1999.

San Luis Bertrán y Exarch

Santo del día

Luis Bertrán y Exarch nace en Valencia el 1 de enero de 1526, hijo del notario Juan Luis Bertrán, casado en segundas nupcias con Juana Angela Exarch. Tuvieron cuatro hijos y cinco hijas. El primogénito fue Luis. La niñez y primera juventud las pasó en el hogar paterno, rebosante de fe cristiana. Pronto comenzó a manifestarse su inclinación, que fraguaría en una vocación bien definida de contemplación. A la vez, formaba parte de un grupo de jóvenes que se dedicaba al cuidado de enfermos en los hospitales de la ciudad. Un joven que ya sentía que la contemplación irradia en acción de caridad práctica.


Grandes dificultades tuvo que superar Luis para realizar su vocación dominicana. Su padre se oponía, alegando su falta de salud y poca disposición para el estudio y predicación. Le aconsejaba que fuera a la Cartuja o a los Jerónimos. Pero, el día 26 de agosto de 1544, y a los 18 años de edad, el joven Luis vistió el hábito en el convento dominicano de Predicadores de Valencia, y profesó al año siguiente, en la misma casa en que había ingresado y profesado su pariente san Vicente Ferrer en 1368. Ordenado sacerdote a mediados de octubre de 1547, fue destinado al convento de Llombay, a unos 30 km. de Valencia, tierra de moriscos, fundado por iniciativa y a expensas de san Francisco de Borja, duque de Gandía. Su estancia en Llombay duró muy poco tiempo, ya que tuvo que regresar a Valencia para atender a su padre moribundo.


Al poco tiempo de estar en su convento fue nombrado maestro de novicios. Decenas de jóvenes pasaron por su escuela de formación en las siete veces que estuvo nombrado para dicho oficio. Llegó a formar una escuela espiritual, de la que salieron ilustres religiosos famosos en santidad, doctrina y pastoral, entre otros don fray Andrés Balaguer y don fray Jerónimo Bautista de Lanuza. Formaba reciamente a los jóvenes dominicos en una ascética seria y rigurosa, dentro de la contemplación al estilo dominicano, que era, y es, la oración y el estudio para la predicación. El P. Luis los adoctrinaba sobre todo con el ejemplo. Era el fraile que más oraba, pero era también el fraile que, según el testimonio de su discípulo y primer biógrafo, «más libros había leído en toda la provincia». Muy exigente en la observancia de las Reglas y Constituciones, pero muy consecuente personalmente con lo que exigía a los demás. Hombre de profunda oración, seguía al pie de la letra las orientaciones del Tratado de la Vida Espiritual, de san Vicente Ferrer, al que admiraba e imitaba.


Fray Luis Bertrán era un hombre inquieto. En el año 1562, en contra del parecer de todos los frailes del convento y de sus parientes, se embarcó en Sevilla para las misiones que su Orden tenía en Nueva Granada (Colombia), en donde evangelizó durante siete años. Muchos datos y anécdotas hay recogidos de su labor misionera en el Nuevo Mundo, pero todos ponderaban las desconocidas, que el interesado nunca contó. Allí entabló relación con el apóstol de los indios, fray Bartolomé de las Casas, por cuyo consejo regresó a España, porque no podía disipar los escrúpulos de conciencia que le creaban los encomenderos reales en su conducta para con los nativos. El buen P. Luis no podía absolverlos de la conculcación de los derechos humanos más elementales. Y regresó a su convento, más débil y achacoso de lo que marchó, especialmente por causa de un veneno que le proporcionó un hechicero con una pócima, que le hizo sufrir el resto de sus días.


Regresado de Indias, dijo que quería dedicarse «en serio» a la vida de oración, como si fuera un novicio. Pero nada más llegar, le nombraron otra vez maestro de novicios. Y, a los pocos meses fue elegido prior del convento de San Onofre, a unos 5 km. de Valencia. Al poco tiempo de terminar este priorato fue elegido prior de su convento de predicadores, de Valencia. Fue un trienio muy duro de gobierno, en el que tuvo que soportar pesadas pruebas por su exigencia de observancia religiosa. El P. Bertrán era requerido para predicar en toda la geografía del reino y en las parroquias e iglesias de la ciudad. Muchos son los pueblos y parroquias de Valencia que se precian, aún hoy, de haberle tenido como predicador de una cuaresma, o de una novena, o de un panegírico. En la hagiografía cristiana se han dado casos abundantes de almas santas que conectaron en sus andanzas espirituales. Es el caso de santa Teresa de Jesús, que andaba muy preocupada y comprometida en la reforma carmelitana con sus fundaciones, cuando oyó hablar de la fama de santidad del P. Bertrán, al que no conocía. Ella quiere tener seguridad de que su empresa es grata a Dios, y escribe una carta al P. Luis, consultándole. Este le contesta una breve carta animándola a proseguir en la obra, asegurándole su oración y la certeza de que es del agrado del Señor y que no tardará en prosperar la reforma comenzada.


El beato Nicolás Factor era un franciscano de Valencia, de una piedad y vida espiritual extraordinaria, conocida por el pueblo valenciano. Los dos, Luis y Nicolás, tuvieron una amistad íntima. Cuando muere fray Bertrán, el franciscano compone una antífona y oración, en latín, al «santo Luis Bertrán», implorando su ayuda e intercesión. Juan de Ribera, el santo arzobispo de Valencia, fue quien más intimó con el P. Luis, hasta el punto de que, cuando se agravó en su última enfermedad, no se movía de la cabecera de la cama del enfermo, y tenía como un honor servirle la comida en el lecho de muerte, y servírsela de rodillas. En su testamento arzobispal legó una manda pía para celebrar la fiesta de dos Luises, cuando la Iglesia los canonizara: fray Luis Bertrán y fray Luis de Granada.


El 9 de octubre de 1581, según lo había anunciado, muere fray Luis en brazos del patriarca Juan de Ribera, en su pobre celda del convento de Predicadores de Valencia. Tenía 55 años. La ciudad se arremolinó junto a sus restos mortales, hasta el punto de que tuvieron que darle sepultura a escondidas del pueblo. El 19 de julio de 1608 fue beatificado por el papa Paulo V, y Clemente X lo canonizó el 12 de mayo de 1671. En el año 1690 fue declarado patrono de Colombia. Su cuerpo se conservaba momificado en la iglesia parroquial de san Esteban de Valencia, en donde había sido bautizado, si bien sus reliquias fueron quemadas en el año 1936. Existe otro dominico beato del mismo nombre, Luis Bertrán, natural de Barcelona y mártir de Japón (Francisco Morales y compañeros dominicos).

San Marciano José

Santo del día

El hermano Marciano José (Filomeno López López) muere mártir el día 9 de octubre de 1934 (Cirilo Bertrán y compañeros). Es, por tanto, un mártir de nuestro tiempo. Su martirio fue la culminación de una vida cristiana plenamente vivida. Nació en El Pedregal, pueblo de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, el día 17 de noviembre de 1900 en el seno de una familia profundamente cristiana. A los dos días recibió el bautismo y le pusieron por nombre Filomeno. Sus padres, Eladio y Leona, le educaron en la fe y en el amor de Dios, igual que a sus hermanos: Hermenegildo, Ángela y Julio.


A las doce años ingresa en el noviciado menor de los hermanos de las Escuelas Cristianas de Bujedo. Es inteligente y llama la atención su fortaleza de carácter, su dedicación al estudio, su bondad y piedad. Pronto le llegó la cruz, dura y al mismo tiempo difícil: una sordera aguda, causa de una infección de oído, le va a impedir dedicarse a la enseñanza, que era su ilusión. Tiene que volver al pueblo, pero no cede ante las dificultades. Pide con insistencia volver a Bujedo, y se le admite para que se dedique a las tareas manuales. Su vuelta supuso para él una inmensa alegría. Toma el hábito religioso el 4 de noviembre de 1916 y el nombre de Marciano José. Durante el tiempo de formación se dio de lleno a la oración y al estudio de la vida consagrada. Los que convivieron con él recuerdan su bondad, su compañerismo, su abnegación sin límites y, sobre todo, su disponibilidad, docilidad y piedad.


Emite sus primeros votos el 9 de julio de 1919, y el 9 de julio de 1925 los votos perpetuos. Decía a todos que era el día más feliz de su vida ya que había conseguido lo que más deseaba: consagrarse por entero a Dios y al servicio de los hombres. Permanece en Bujedo hasta el año 1928, años durante los cuales trabaja en la ropería, desempeñando con esmero el oficio de sacristán. Siempre dispuesto a ir donde le envíen, siempre dispuesto a servir, en 1928 empieza una etapa viajera. Las Casas de Terán (Santander), Carabona (Asturias), Lourdes (Valladolid), Colunga (Asturias), Bujedo, Gallarta (Vizcaya), Mieres y Turón (Asturias) son testigos de su vida humilde y sacrificada, de su trabajo, de su atención constante a los hermanos y, sobre todo, de su fe y de una vida consagrada con fidelidad. Tenía una gran devoción a la Virgen, a la que rezaba diariamente los quince misterios de rosario; hablaba de ella con entusiasmo y no perdía ocasión de propagar su devoción. A los treinta y tres años había adquirido tal plenitud de entrega a Dios, que estaba dispuesto al martirio. Escribía: «Si, para satisfacer la justicia de Dios irritada, es necesario que alguno de nosotros derrame su sangre, yo estoy preparado a hacerlo por la patria».


Habiendo leído cómo habían muerto algunos jóvenes mejicanos (Mártires de México), que fueron fusilados por ser católicos, alababa su valor y decía estar envidioso de su suerte. Llevaba seis meses en Turón cuando estalló la Revolución en Asturias. De madrugada, el día 5 de octubre de 1934, cuando la comunidad estaba en el ofertorio de la misa, golpean violentamente la puerta de la casa. Poco después, son detenidos los ocho hermanos y el P. Inocencio, pasionista, y conducidos a la Casa del Pueblo, donde fueron torturados durante cuatro días, que aprovecharon para prepararse intensamente para la muerte, que presentían y que aceptaron y ofrecieron. Todos los testimonios indican que el beato Marciano José pudo librarse de la muerte ya que los que le detuvieron no estaban seguros si era religioso o un simple empleado, pues era el cocinero de la casa. Sin embargo, él declaró su condición de religioso.


El día 9 los llevaron al cementerio. Unas veinte personas descargaron sus armas mortíferas contra ellos. A algunos, entre ellos el beato Marciano José, los remataron con una maza de grandes proporciones. Los mataron por creer en Jesús, por ser religiosos, por enseñar el Evangelio a los niños y jóvenes. Se conservan treinta cartas del beato escritas a su familia. En ellas se descubre su alma, se palpa su fe y amor a la Iglesia, su preocupación por la educación cristiana de la juventud, su amor a la Virgen, su celo apostólico y el deseo vehemente de que sus familiares vivan siempre como cristianos... El proceso diocesano de beatificación se inició en la curia de Oviedo el 5 de octubre de 1944 y concluyó el 27 de julio de 1945. En 1949 el arzobispo de Oviedo solicitó que se entregaran todos los escritos de los nueve religiosos. Ya había sido enviada anteriormente la causa de beatificación a la Santa Sede. En 1988 se publica la Positio super martyrio. El 9 de diciembre de 1988 la comisión de teólogos, y el 16 de mayo de 1989 la comisión de cardenales, aprobaron la realidad del martirio. El 7 de septiembre, en presencia del papa Juan Pablo II, tuvo lugar la promulgación del decreto del martirio, quien los beatificó el 29 de abril de 1990 en Roma. Fueron canonizados el 21 de noviembre de 1999.


La fiesta del beato Marciano José y compañeros mártires se celebra el 9 de octubre en las casas de La Salle, en la diócesis de Sigüenza-Guadalajara y en las demás diócesis de procedencia. En su pueblo natal se celebra con solemnidad, participando todo el pueblo y sacando su imagen en procesión. Se conserva la habitación donde nació y el resto de la casa se ha acondicionado como capilla.

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