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Santo del día

San Mateo

Santo del día

Esbozar la figura de Mateo no es fácil. Las noticias son pocas y fragmentarias, y ninguna de ellas carece de problemas. Es difícil conseguir una verdadera certeza histórica. Sin embargo, nuestro objetivo no es reconstruir históricamente la vida de Mateo, sino dibujar su «figura» tal y como se desprende de la tradición antigua y, sobre todo, del evangelio que la misma tradición le atribuye unánimemente. Mateo –el nombre significa «don de Dios»– aparece en la lista de los doce apóstoles (Mt 10,3; Mc 3,18; Lc 6,15; He 1,13). El primer evangelio (10,3) lo recuerda como «Mateo el publicano», identificándolo con el hombre sentado en la oficina de los impuestos que Jesús invitó a seguirle (9,9): «Al salir de allí, Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado en la oficina de los impuestos, y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió». También Marcos (2,13-17) y Lucas (5,27-30) refieren la llamada del hombre sentado en la oficina de los impuestos, pero según ellos este hombre se llamaba Leví, no Mateo. Se comprende que la identificación entre el apóstol Mateo y el publicano Leví suscite alguna perplejidad en los estudiosos modernos. En cualquier caso, para el primer evangelio esta identificación es segura. Probablemente, en la intención del evangelista, este publicano no es sólo la figura del pecador convertido, sino del pecador llamado a ser uno de los doce. El perdón de Dios abre todas las posibilidades.


La tradición de la Iglesia antigua es concorde en atribuir a Mateo la paternidad del primer evangelio. Lo habría escrito en lengua aramea. Pero de este evangelio no existe rastro alguno. Los estudiosos modernos, casi con unanimidad, no creen que el texto griego actual sea una versión de un original arameo. No tiene las características de una traducción y es difícil retraducirlo en arameo.


El testimonio más antiguo, que relaciona al apóstol Mateo con el primer evangelio, se remonta a Papías de Hierápolis, en Frigia, que hacia el año 130 escribió una obra en cinco libros titulada Explicación de las palabras del Señor. De esta obra nos quedan sólo pequeños fragmentos transmitidos por Eusebio de Cesarea. Entre estos, una noticia relativa al evangelio de Mateo (Hist. eccl. III, 39, 16): «Mateo recogió las palabras (del Señor) en lengua hebrea y cada cual las interpretó como podía». No sabemos de qué Papías hemos recibido esta noticia, por otro lado, oscura e imprecisa. El término palabras (logia) no significa necesariamente un evangelio. Podría tratarse, más simplemente, de una colección de máximas. Un segundo testimonio, en el que se habla explícitamente de evangelio, pertenece a san Ireneo de Lyon: «Mateo, después de haber predicado a los hebreos, publicó también en su lengua un escrito evangélico, mientras que Pedro y Pablo predicaban en Roma y fundaban la Iglesia» (Haer. III, 1, 1). Un tercer testimonio, que merece ser citado, pertenece a Eusebio de Cesarea, que amplía las noticias precedentes: «Mateo, que primero había predicado entre los hebreos, cuando decidió ir a otros pueblos, escribió en su lengua materna el evangelio anunciado por él; en efecto, trató de sustituir, entre aquellos de quienes se separaba, con lo escrito lo que ellos perdían con su partida» (Hist. eccl. III, 24, 6). Del conjunto de la tradición –de la que hemos referido los testimonios más antiguos y autorizados– se deduce que Mateo es uno de los doce, predicador de Jesucristo, autor de un evangelio escrito y misionero.


Que el apóstol Mateo sea el autor directo del primer evangelio en la forma que hoy lo poseemos, es un dato que suscita en los estudiosos modernos grandes dudas. Mucho depende, obviamente, de su datación, generalmente situada en torno a los años 70-80. Sin embargo, estas dudas no impiden considerar que la autoridad y la predicación de Mateo hayan plasmado la tradición que después, más tarde, se ha fijado en el escrito que ha tomado su nombre. En cualquier caso, la misma lectura del evangelio evidencia que su autor era un judío convertido, que se trata de un evangelio particularmente dirigido a los judeo/cristianos, que su ambiente de origen es con toda probabilidad Palestina o Siria, que se ha servido del evangelio de Marcos, de una fuente en común con Lucas y de fuentes propias.


Incluso una lectura superficial nos revela que el evangelio de Mateo se esfuerza por presentarnos las palabras de Jesús, y su doctrina. En efecto, los discursos son más numerosos y amplios que en los demás evangelios. La misma disposición de la materia parece seguir un orden didáctico que gira en torno a cinco grandes discursos: el discurso de la montaña, el discurso misionero, el discurso en parábolas, el discurso eclesial y el discurso escatológico. Parece evidente que para el evangelio de Mateo, Jesús es ante todo el Maestro, el nuevo Moisés superior al antiguo, el profeta portador de la palabra de Dios última y definitiva. De este modo, el judaísmo es invitado a superarse, convencido como está el evangelista de que la verdadera fidelidad al judaísmo es la adhesión al evangelio. La palabra última no es la de Moisés, ni la tradición de los padres, sino la palabra de Jesús. Al escribir para una comunidad judeo-cristiana, el evangelio de Mateo da mucha importancia al problema de la continuidad con el Antiguo Testamento. Continuidad que parecía cuestionada por el rechazo que el pueblo judío opuso a Cristo. ¿Que esta negativa significa tal vez que en el plan de Dios se ha producido una ruptura, o que la elección de Israel ha sido desmentida? Atento a estos interrogantes, el evangelio de Mateo se preocupa continuamente por demostrar que la historia de Jesús y de su comunidad está profundamente en armonía con las Escrituras, siempre que se lean correctamente. Por eso este evangelio cita con frecuencia el Antiguo Testamento. Por el mismo motivo el primer evangelio se preocupa en indicar –respecto de la piedad judía y de las cuestiones de los fariseos y escribas– la originalidad cristiana y las características de la justicia evangélica. Por eso Mateo desarrolla su evangelio a través de un continuo debate/confrontación con la doctrina de los escribas y fariseos. Por último, tampoco faltan los problemas internos a la misma comunidad cristiana. Muchas son las situaciones que necesitan clarificarse: ¿cómo concebir la misión entre los paganos y cómo llevarla a cabo? ¿Cómo resolver, a la luz de las exigencias de Jesús, algunos casos de la vida, como el matrimonio, las riquezas o la autoridad? ¿Qué posición tomar frente a las divisiones que afloran en la misma comunidad, frente a los pecados que siguen reproduciéndose y los escándalos? Son algunos interrogantes muy concretos, que Mateo no pasa en modo alguno por alto.


En los escritos del Nuevo Testamento no hay otras noticias referentes a Mateo. Las tradiciones posteriores son inciertas por lo que concierne a las regiones evangelizadas después de su salida de Palestina. La mayor parte menciona Etiopía; otros, en cambio, Persia, Ponto, Siria e incluso Irlanda. Incierto es asimismo el tipo de muerte: hay quien habla de muerte natural y quién de martirio. No deja de ser interesante el hecho de que los Padres, hablando de Mateo y de su santidad, destacasen tres características: la pronta obediencia (en efecto respondió con prontitud a la invitación de Jesús); la generosidad (abandonó todo); su humildad (en su evangelio habla de sí, sin rodeos, como de un pecador).


El símbolo del evangelista Mateo es un hombre, normalmente alado. En las representaciones más famosas (de Rembrandt en el Louvre, de Caravaggio en San Luis de los Franceses en Roma y en el Museo de Berlín, de Guido Reni en la Pinacoteca Vaticana, de Guercino en la Pinacoteca Capitolina en Roma), Mateo aparece como un venerable anciano, con barba, a menudo con un ángel que le inspira desde el cielo, con el libro de su evangelio.


Entre los ciclos pictóricos de la vida de Mateo recordamos el de la iglesia superior de la basílica de Asís (frescos de la escuela romana de finales del s. XIII); las imágenes más antiguas del santo son los mosaicos de San Apolinar in Classe y San Vital en Ravena.

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