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Santo del día

Sta. Teresa de Jesús Jornet, m.o.; Ceferino; Alejandro; Geroncio; Teodoro; Mª de Jesús Crucificado

Santo del día

XXI del T.O. 1ª del salterio 1Cor 1,17-25 / Sal 32 / Mt 25,1-13


 



Primera Lectura: 1 Corintios 1,17-25


Hermanos: No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría del mundo? Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen. Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados –judíos o griegos–, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios. Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.


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Salmo responsorial: Salmo 32,1-2.4-5.10-11


 


La misericordia del Señor llena la tierra.


 


Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.


 


Que la palabra del Señor es sincera, y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.


 


El Señor deshace los planes de las naciones, frustra los proyectos de los pueblos; pero el plan del Señor subsiste por siempre; los proyectos de su corazón, de edad en edad.
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Evangelio: según san Mateo 25,1-13


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Se parecerá el reino de los cielos a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes. Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz: “¡Que llega el esposo, salid a su encuentro!”. Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: “Dadnos de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas”. Pero las prudentes contestaron: “Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis”. Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo: “Señor, señor, ábrenos”. Pero él respondió: “En verdad os digo que no os conozco”. Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora».


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Reflexión: Nuestras obras configuran nuestra vida


El significado de la parábola es sencillo: la entrada en el reino definitivo depende de que la hayamos preparado durante nuestra vida con las buenas obras. Las vírgenes necias representan a quienes han recibido de Dios una lámpara capaz de iluminar la vida, pero no la han alimentado con el aceite de sus buenas obras. Las vírgenes prudentes han cultivado la semilla de vida divina sembrada por Dios en ellas con el ejercicio de la fe y con la práctica del amor a Dios y a los hermanos. «Bienaventurados los que mueren en el Señor, porque sus obras los siguen». No somos lo que hacemos, pero lo que hacemos nos hace avanzar hacia lo que estamos llamados a ser. Aunque, tal vez, lo importante no sea llenar nuestras manos de méritos. Santa Teresa de Lisieux deseaba llegar a la muerte con las manos vaciadas de todo, para así asirse a las manos que Dios nos tenderá.


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