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Santo del día

S. Bernardo, m.o.; Zaqueo; Cristóbal y Leovigildo; Filiberto; Samuel; María de Matías

Santo del día

XX del T.O. 4ª del salterio Ez 43,1-7a / Sal 84 / Mt 23,1-12


 



Primera Lectura: Ezequiel 43,1-7a


En aquellos días, el hombre me condujo al pórtico oriental. Vi la Gloria del Dios de Israel que venía de Oriente, con un estruendo de aguas caudalosas. La tierra se iluminó con su Gloria. Esta visión fue como la visión que había contemplado cuando vino a destruir la ciudad, y como la visión que había contemplado a orillas del río Quebar. Caí rostro en tierra. La Gloria del Señor entró en el templo por la puerta oriental. Entonces me arrebató el espíritu y me llevó al atrio interior. La Gloria del Señor llenaba el templo. Entonces oí a uno que me hablaba desde el templo, mientras aquel hombre seguía de pie a mi lado, y me decía: «Hijo de hombre, este es el sitio de mi trono, el sitio donde apoyo mis pies, y donde voy a residir para siempre en medio de los hijos de Israel».


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Salmo responsorial: Salmo 84,9ab-10.11-12.13-14


 


La gloria del Señor habitará en nuestra tierra.


 


Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz. La salvación está cerca de los que lo temen, y la gloria habitará en nuestra tierra».


 


La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo.


 


El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, y sus pasos señalarán el camino.
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Evangelio: según san Mateo 23,1-12


En aquel tiempo, Jesús habló a la gente y a sus discípulos, diciendo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos: haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen. Lían fardos pesados y se los cargan a la gente en los hombros, pero ellos no están dispuestos a mover un dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan las filacterias y agrandan las orlas del manto; les gustan los primeros puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les hagan reverencias en las plazas y que la gente los llame rabbí. Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar rabbí, porque uno solo es vuestro maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os dejéis llamar maestros, porque uno solo es vuestro maestro, el Mesías. El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».


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Reflexión: Todos vosotros sois hermanos


Los escribas y fariseos eran los encargados de interpretar la ley dada por Dios a Moisés y «la tradición de los antepasados» en que había ido siendo actualizada a lo largo de la historia. Por eso Jesús manda obedecer sus enseñanzas; pero los critica, porque su vida no está de acuerdo con lo que enseñan y porque actúan por ambición y vanidad. Frente a eso, la clave de la vida de la comunidad es resumida en una fórmula lapidaria: «todos vosotros sois hermanos». Lo son porque tienen un Padre común: «el del cielo». Benedicto XVI, siendo joven teólogo comentaba así este texto: «Al culto de las altas dignidades del judaísmo se contrapone la fraternidad sin distinciones de los cristianos». Después, refiriéndose a la situación de la Iglesia, lanzaba esta pregunta: «la realidad actual del cristianismo ¿no se parece más al culto del jerarquismo judío condenado por Jesús que a la imagen por él dibujada de una comunidad de hermanos?». Para concluir: «el término «diaconía» para designar los oficios en la Iglesia muestra que «en la Iglesia no hay más ministerio que el del servicio».


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