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Santo del día

S. Lorenzo de Brindis, m.l.; Arbogastro; Daniel; Víctor de Marsella; Práxedes

Santo del día

XVI del T.O. 4ª del salterio Jer 2,1-3.7-8.12-13 / Sal 35 / Mt 13,10-17


 



Primera Lectura: Jeremías 2,1-3.7-8.12-13


El Señor me dirigió la palabra: «Grita y que te oiga todo Jerusalén: Esto dice el Señor: Recuerdo tu cariño juvenil, el amor que me tenías de novia, cuando ibas tras de mí por el desierto, por tierra que nadie siembra. Israel era sagrada para el Señor, fruto primero de su cosecha: quien probaba de ella lo pagaba, la desgracia caía sobre él –oráculo del Señor–. Os traje a una tierra de huertos, para comer sus frutos deliciosos; pero entrasteis y profanasteis mi tierra, hicisteis abominable mi heredad. Los sacerdotes no preguntaban: “¿Dónde está el Señor?”. Los expertos en leyes no me reconocían; los pastores se rebelaban contra mí, los profetas profetizaban por Baal, fueron tras ídolos que no sirven de nada. Espantaos, cielos, de ello, horrorizaos y temblad aterrados –oráculo del Señor–, pues una doble maldad ha cometido mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen agua».


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Salmo responsorial: Salmo 35,6-7ab.8-9.10-11


 


En ti, Señor, está la fuente viva.


 


Señor, tu misericordia llega al cielo, tu fidelidad hasta las nubes; tu justicia es como las altas cordilleras, tus juicios son como el océano inmenso.


 


¡Qué inapreciable es tu misericordia, oh Dios!, los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa, les das a beber del torrente de tus delicias.


 


Porque en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz. Prolonga tu misericordia con los que te reconocen, tu justicia con los rectos de corazón.
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Evangelio: según san Mateo 13,10-17


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los discípulos y le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?». Él les contestó: «A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.


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Reflexión: «Dichosos vosotros, porque veis…»


La respuesta de Jesús a la pregunta de los discípulos: «¿Por qué les hablas, al pueblo, «a los de fuera» en la versión de Marcos, en parábolas? lleva a Jesús a separar entre sus oyentes a los discípulos, a los que «se ha dado a conocer los misterios del Reino», de ellos, ese pueblo judío que, cuando se escribe el evangelio de Mateo, ya ha mostrado su falta de comprensión en el rechazo de Jesús, que se continúa después en el rechazo que sufre la comunidad. La postura de ellos ha hecho que teniendo delante los milagros y oyendo las enseñanzas de Jesús, no hayan visto ni oído, no hayan comprendido y aceptado el mensaje del Reino que se hace presente en Jesús. En ellos se ha cumplido la profecía de Isaías y no se han convertido al Señor para que los sane. Frente a ellos los discípulos y la comunidad de Mateo son declarados bienaventurados porque ven y oyen lo que otros desearon conocer y no conocieron; porque han escuchado a Jesús y han reconocido en él al Salvador. Nosotros podemos ciertamente identificarnos con los discípulos; pero la parábola nos recuerda la necesidad de mejorar cada día nuestras disposiciones para que la semilla produzca el fruto que está llamada a dar.


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