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Santo del día

Juan de Matera; Silverio; Florentina

Santo del día

XII del T.O. 4ª del salterio 2Re 17,5-8.13-15a.18 / Sal 59 / Mt 7,1-5


 



Primera Lectura: 2Reyes 17,5-8.13-15a.18


En aquellos días, avanzó Salmanasar, rey de Asiria, contra todo el país, comenzando por Samaría, a la que puso sitio durante tres años, hasta que, el año noveno de Oseas, el rey de Asiria la conquistó. Deportó a Israel a Asiria y lo estableció en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las ciudades de los medos. Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, sustrayéndolos a la mano del faraón, rey de Egipto; porque dieron culto a otros dioses y siguieron las costumbres de aquellas naciones que el Señor había expulsado ante ellos. Los hijos de Israel cometieron acciones torcidas contra el Señor, su Dios, edificándose santuarios en todas sus poblaciones, desde las atalayas de vigía hasta las ciudades amuralladas. Se erigieron también estelas y cipos sagrados sobre toda colina elevada y bajo todo árbol frondoso. Allí quemaban incienso, en todo lugar de culto, al modo de los pueblos paganos, a los que el Señor había expulsado ante ellos. Obraron mal, irritando al Señor, dando culto a los ídolos, cuando el Señor les había dicho: «No haréis tal cosa». Pues el Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas y videntes: «Convertíos de vuestros malos caminos y guardad mis mandamientos y decretos, conforme a la ley que prescribí a vuestros padres y que les transmití por mano de mis siervos los profetas». Pero no hicieron caso, manteniendo dura la cerviz como habían hecho sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios. Despreciaron así sus leyes y la alianza que estableció con sus padres, tanto como las exigencias que les impuso. Y se encolerizó el Señor sobremanera contra Israel, apartándolos de su presencia. Solo quedó la tribu de Judá.


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Salmo responsorial: Salmo 59,3.4-5.12-14


 


Que tu mano salvadora, Señor, nos responda.


 


Oh Dios, nos rechazaste y rompiste nuestras filas; estabas airado, pero restáuranos.


 


Has sacudido y agrietado el país: repara sus grietas, que se desmorona. Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo, dándole a beber un vino de vértigo.


 


Oh Dios, nos has rechazado y no sales ya con nuestras tropas. Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil. Con Dios haremos proezas, Él pisoteará a nuestros enemigos.
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Evangelio: según san Mateo 7,1-5


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».


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Reflexión: No juzguemos para no ser juzgados


El evangelio nos enseña que en la relación con los hermanos se manifiesta la rectitud y la verdad de nuestra relación con Dios. El breve texto de hoy nos advierte sobre el peligro de erigirnos en jueces de los otros. El que no perdona a su hermano no puede esperar de Dios el perdón, ni siquiera pedírselo. En el perdón a los otros o en la negativa a perdonarlos nos jugamos que Dios nos perdone o rehúse perdonarnos. Hoy Jesús nos asegura que no nos compete juzgar a los demás, y que nos será aplicada la medida que nosotros apliquemos. La Carta de Santiago nos lo recuerda con su habitual crudeza: «Pues habrá un juicio sin misericordia para quien no practicó la misericordia. La misericordia triunfa sobre el juicio». La segunda parte del texto pone de manifiesto la razón de la injusticia de nuestros juicios sobre los demás. Nuestros propios defectos y la mezquindad de nuestra condición nos imposibilita ver la verdadera situación de los otros y emitir un juicio recto sobre ellos. Difícilmente podemos ejercer la corrección de los hermanos si no comenzamos por corregirnos nosotros mismos.


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