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Santo del día

Marina; Gregorio Juan Barbarigo; Simplicio; Calógero

Santo del día

XI del T.O. 3ª del salterio 2Crón 24,17-25 / Sal 88 / Mt 6,24-34


 



Primera Lectura: 2Crónicas 24,17-25


Después de la muerte de Joadá, los jefes de Judá fueron a rendir homenaje al rey, que les hizo caso. Abandonaron el templo del Señor, Dios de sus padres, y sirvieron a los cipos y a los ídolos. Por este pecado la cólera estalló contra Judá y Jerusalén. Les envió profetas para convertirlos al Señor, pero no hicieron caso de sus amonestaciones. Entonces el Espíritu de Dios vino sobre Zacarías, hijo del sacerdote Joadá, que, erguido ante el pueblo, les dijo: «Así dice Dios: “¿Por qué quebrantáis los mandamientos del Señor? ¡No tendréis éxito! Por haber abandonado al Señor, él os abandonará”». Pero conspiraron contra él y, por mandato del rey, lo apedrearon en el atrio del templo del Señor. El rey Joás, olvidándose del amor que le profesaba Joadá, mató al hijo de este, que murió diciendo: «¡Que lo vea el Señor y lo demande!». Al cabo de un año, un ejército de Siria se dirigió contra Joás, invadió Judá y Jerusalén, mató a todos los jefes del pueblo y envió todo el botín al rey de Damasco. Aunque el ejército de Siria contaba con poca gente, el Señor le entregó un ejército enorme, por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres. Así se hizo justicia con Joás. Al marcharse los sirios, dejándolo con múltiples dolencias, sus servidores conspiraron contra él para vengar al hijo del sacerdote Joadá. Hirieron a Joás en la cama y murió. Fue sepultado en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.


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Salmo responsorial: Salmo 88,4-5.29-30.31-32.33-34


 


Le mantendré eternamente mi favor.


 


«Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades».


 


Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable. Le daré una posteridad perpetua y un trono duradero como el cielo.


 


Si sus hijos abandonan mi ley y no siguen mis mandamientos, si profanan mis preceptos y no guardan mis mandatos.


 


Castigaré con la vara sus pecados y a latigazos sus culpas. Pero no les retiraré mi favor, ni desmentiré mi fidelidad.
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Evangelio: según san Mateo 6,24-34


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero. Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia».


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Reflexión: No viváis agobiados


El sermón de la montaña muestra la forma de vida que se sigue de haber acogido el Evangelio. Así han de vivir las personas que creen que la fe en Jesucristo nos hace llegar a ser hijos de Dios. Saberse sus hijos comporta confiar ilimitadamente en Él y que nada, ni el alimento cotidiano, sea motivo de agobio; que Él y Él solo sea el Señor de nuestra vida; que nada ocupe en nuestros corazones el lugar que le corresponde a Él; que Él sea para nosotros lo único necesario que relativiza todo lo demás y lo reduce a la condición de «añadidura».


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