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Santo del día

Ismael y Samuel; Rainiero; Nicandro; Lancelot; Alberto Chmielowski

Santo del día

XI del T.O. 3ª del salterio 2Re 11,1-4.9-18.20 / Sal 131 / Mt 6,19-23


 



Primera Lectura: 2Reyes 11,1-4.9-18.20


En aquellos días, cuando la madre de Ocozías, Atalía, vio que su hijo había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país. El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó al hijo del rey. Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres, los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey David que había depositados en el templo del Señor. Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por otro. El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y gritaron: «¡Viva el rey!». Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos. Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó: «¡Traición!, ¡traición!». Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas: «Hacedla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»). Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los Caballos, fue ejecutada. Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el rey y el pueblo. Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo. Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de Baal, frente a los altares. El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor. Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila: Atalía ya había muerto a espada en palacio.


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Salmo responsorial: Salmo 131,11.12.13-14.17-18


 


El Señor ha elegido Sion para vivir en ella.


 


El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará: «A uno de tu linaje pondré sobre tu trono».


 


«Si tus hijos guardan mi alianza y los mandatos que les enseño, también sus hijos, por siempre, se sentarán sobre tu trono».


 


Porque el Señor ha elegido a Sion, ha deseado vivir en ella: «Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo».


 


Haré germinar el vigor de David, enciendo una lámpara para mi Ungido. A sus enemigos los vestiré de ignominia, sobre él brillará mi diadema».
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Evangelio: según san Mateo 6,19-23


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «No atesoréis para vosotros tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Haceos tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».


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Reflexión: ¿Dónde está nuestro tesoro?


Los seres humanos necesitamos de los bienes mundanos para poder subsistir. En los relatos de la creación Dios pone a disposición del hombre y la mujer, creados a su imagen y semejanza, el universo entero, para que se hagan cargo de él, lo cultiven con su trabajo y lo cuiden pensando en las generaciones futuras. En el «padrenuestro», Jesús nos ha enseñado a pedir al Padre «el pan de cada día». Pero el evangelio de hoy nos previene contra la tentación de convertir los bienes en el tesoro de nuestra vida y poner en ellos nuestro corazón; de vivir nuestra relación con ellos como si de su posesión dependiera nuestra felicidad y su falta nos hiciera necesariamente desgraciados. Hecho para Dios, nuestro corazón solo puede descansar en Él. Ponerlo en otra cosa es correr el peligro de convertirnos en esclavos suyos. Nuestra cultura, centrada en la posesión y el consumo, ofrece constantes pruebas de ello. El camino para atesorar en el cielo, es decir, en Dios, es el desprendimiento del mundo y sus bienes, y compartirlos con quienes los necesitan.


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