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Santo del día

Aureliano; Benón; Quirico y Julita; Lutgarda

Santo del día

XI del T.O. 3ª del salterio Si 48,1-15 / Sal 96 / Mt 6,7-15


 



Primera Lectura: Eclesiástico 48,1-15


Surgió el profeta Elías como un fuego, su palabra quemaba como antorcha. Él hizo venir sobre ellos el hambre, y con su celo los diezmó. Por la palabra del Señor cerró los cielos y también hizo caer fuego tres veces. ¡Qué glorioso fuiste, Elías, con tus portentos! ¿Quién puede gloriarse de ser como tú? Tú despertaste a un cadáver de la muerte y del abismo, por la palabra del Altísimo; tú precipitaste reyes a la ruina y arrebataste del lecho a hombres insignes; en el Sinaí escuchaste palabras de reproche y en el Horeb sentencias de castigo; tú ungiste reyes vengadores y profetas para que te sucedieran; fuiste arrebatado en un torbellino ardiente, en un carro de caballos de fuego; tú fuiste designado para reprochar los tiempos futuros, para aplacar la ira antes de que estallara, para reconciliar a los padres con los hijos y restablecer las tribus de Jacob. Dichosos los que te vieron y se durmieron en el amor, porque también nosotros viviremos. Cuando Elías fue arrebatado en el torbellino, Eliseo se llenó de su espíritu. Durante su vida ningún príncipe lo hizo temblar, nadie pudo dominarlo. Nada era imposible para él, incluso muerto, su cuerpo profetizó. Durante su vida realizó prodigios, y después de muerto fueron admirables sus obras.


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Salmo responsorial: Salmo 96,1-2.3-4.5-6.7


 


Alegraos, justos, con el Señor.


 


El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.


 


Delante de él avanza el fuego, abrasando en torno a los enemigos; sus relámpagos deslumbran el orbe, y, viéndolos, la tierra se estremece.


 


Los montes se derriten como cera ante el Señor, ante el Señor de toda la tierra; los cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.


 


Los que adoran estatuas se sonrojan, los que ponen su orgullo en los ídolos. Adoradlo todos sus ángeles.
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Evangelio: según san Mateo 6,7-15


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis. Vosotros orad así: “Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal”. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas».


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Reflexión: ¡Padre nuestro!


Jesús no solo nos ha recomendado la oración y nos ha dado instrucciones sobre cómo hacerla. Nos ha legado las palabras con que orar, indicándonos así la actitud que esas palabras requieren para ser verdaderas. ¿Cómo podríamos por propia iniciativa invocar a Dios como Padre, si no hubiésemos escuchado al Resucitado decir a sus discípulos: «Subo a mi Padre y vuestro Padre»? Podemos hacerlo porque creer en Jesucristo, Hijo de Dios, es vernos transformados, de pobres seres mundanos, en verdaderos hijos de Dios. Llamar a Dios de verdad, de corazón: «¡Padre nuestro!» debería bastar para que cambiase el horizonte de nuestra vida y nuestra vida misma. Abrir nuestra vida al Padre «del cielo», al Creador de todo, es descubrirla envuelta en su gloria, saberla dirigida por su voluntad y habitada por la confianza incomparable que hace posible su amor. Invocarle como Padre hace posible poner en sus manos nuestro sustento de cada día, confiar a su perdón nuestras culpas, y pedirle que nos libre de las fuerzas del mal. Invocar a Dios como «Padre nuestro» lleva consigo descubrir la fraternidad de los humanos y encomendar a su ayuda el hacerla realidad.


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