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Santo del día

Juana Antida Thouret; Bto. Julián de S. Agustín

Santo del día

VIII del T.O. 4ª del salterio 1Pe 1,3-9 / Sal 110 / Mc 10,17-27


 



Primera Lectura: 1Pedro 1,3-9


Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a vosotros, que, mediante la fe, estáis protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final. Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas.


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Salmo responsorial: Salmo 110,1b-2.5-6.9.10


 


El Señor recuerda siempre su alianza.


 


Doy gracias al Señor de todo corazón, en compañía de los rectos, en la asamblea. Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que las aman.


 


Él da alimento a los que lo temen recordando siempre su alianza. Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar, dándoles la heredad de los gentiles.


 


Envió la redención a su pueblo, ratificó para siempre su alianza. Su nombre es sagrado y temible. La alabanza del Señor dura por siempre.
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Evangelio: según san Marcos 10,17-27


En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre». Él replicó: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús se quedó mirándolo, lo amó y le dijo: «Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme». A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico. Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!». Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió: «Hijos, ¡qué difícil es entrar en el reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios». Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo».


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Reflexión: La mirada de Jesús


Gracias a Jesús, «en quien habita corporalmente la plenitud de la Divinidad», la relación de Dios con nosotros adquiere los rasgos entrañables que le confiere la condición corporal, sensible, afectiva como la nuestra, que cobra la palabra de Dios encarnada en Jesús. Solo en un Dios encarnado puede adquirir el amor de Dios ese rasgo indefinible que cobra la mirada, «con cariño», de Jesús al joven rico. ¡Qué nefasto poder de seducción ejercen las riquezas sobre los humanos que les hacen insensibles a la mirada llena de cariño de Jesús! Desgraciadamente, también nosotros podemos vivir cumpliendo los mandamientos, pero sin haber sentido la mirada, con cariño, de Jesús hacia nosotros; sin habernos encontrado por la fe, con el amor lleno de ternura de Dios revelado en Jesús.


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