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Santo del día

S. Isidoro de Sevilla, f.; Nª Sra. del Buen Consejo; Gregorio y Domingo; Marcelino; Rafael Arnáiz

Santo del día

Oficio de la f. 1Cor 2,1-10 / Sal 118 / Mt 5,13-16


 



Primera Lectura: 1Corintios 2,1-10


Yo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado. Me presenté a vosotros débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Hablamos, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, que quedan desvanecidos, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria. Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido; pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Sino, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman». Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu.


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Salmo responsorial: Salmo 118,99-100.101-102.103-104


 


Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero.


 


Soy más docto que todos mis maestros, porque medito tus preceptos. Soy más sagaz que los ancianos, porque cumplo tus leyes.


 


Aparto mi pie de toda senda mala, para guardar tu palabra; no me aparto de tus mandamientos, porque tú me has instruido.


 


¡Qué dulce al paladar tu promesa: más que miel en la boca! Considero tus decretos, y odio el camino de la mentira.
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Evangelio: según san Mateo 5,13-16


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo».


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Reflexión: Ser luz y ser sal


La sal y la luz son símbolos para la identidad y la misión de los discípulos. La identidad, primero. No, símbolos de algo que deban dar; ni de algo que deban hacer. «Sois»: el verbo se refiere a toda su existencia. Les basta ser discípulos, haber escuchado la llamada del Señor y haberla seguido, para quedar convertidos en luz, como lo es Jesús, y en sal. La sal preserva de la corrupción a los alimentos y los sazona, les da sabor. La luz es condición indispensable para que haya vida; como las tinieblas y las sombras son la imagen por excelencia de la muerte. Poderes tan extraordinarios solo pueden venirles de su condición de discípulos, de su relación vital con el Maestro: solo él es capaz de liberar a la creación de «la servidumbre de la corrupción». Si los discípulos pueden ser luz, es porque lo es el Maestro: «Yo soy la luz del mundo», y «el que le sigue no anda en tinieblas», y pueden reflejar la luz de Dios que brilla en el rostro de Cristo. Las imágenes de la luz y la sal aplicadas a los discípulos expresan, además, que su misión hacia el mundo forma parte de su identidad. Solo si sazonan e iluminan siguen siendo discípulos. Y pueden serlo de dos formas igualmente necesarias: la sal remite a una acción invisible desde dentro de la masa. Lo propio de la luz, desde lo alto del monte o desde el candelero, es resplandecer, brillar.


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