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Santo del día

S. Jorge y S. Adalberto, m.l; Egidio de Asís; Juan de Hólar; Bta. Teresa Mª de la Cruz

Santo del día

IV de Pascua 4ª del salterio He 13,44-52 / Sal 97 / Jn 14,7-14


 



Primera Lectura: Hechos 13,44-52


El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra”». Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.


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Salmo responsorial: Salmo 97,1-2ab.2cd.3ab.3cd-4


 


Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. (O bien: Aleluya)


 


Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas: su diestra le ha dado la victoria, su santo brazo.


 


El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia: se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de Israel.


 


Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera; gritad, vitoread, tocad.
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Evangelio: según san Juan 14,7-14


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre; y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».


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Reflexión: ¡Muéstranos al Padre!


En el texto de ayer se nos revelaba que Jesús es el camino que conduce al Padre. Las palabras de Jesús suscitan la súplica de Felipe en la que resuena el deseo presente en todos los humanos de «ver a Dios», que Dios mismo ha puesto en nuestros corazones: «Muéstrame tu gloria», oraba Moisés; «descubre tu Presencia», canta san Juan de la Cruz. Pero el Evangelio afirma tajantemente: «a Dios no le ha visto nadie jamás», porque «no puede el hombre ver a Dios y seguir en vida». Por eso la súplica de Felipe no está bien encaminada. A Dios solo se llega por la fe en él. Y como Jesús está en el Padre y el Padre está en Jesús, como en Jesús se nos revela la presencia y el amor de Dios a nosotros, quien ve a Jesús, quien le ve con los ojos de la fe, quien cree en él: «¿No crees que yo estoy en el Padre…?, «ve al Padre», se encuentra con él, y en él encuentra la salvación, tiene vida eterna. Podemos decir con toda verdad: quien ve a Jesús ve al Padre, porque Jesús es el revelador, la revelación misma de Dios. Pero Jesús no revela a Dios desvelándonos su Misterio, sino encarnándolo en su persona y en su vida e invitándonos a creer en él creyendo en Jesús, su imagen, su rostro vuelto hacia nosotros.


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