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Santo del día

Apolonio; Galdino de la Sala; Perfecto; Bto. Andrés Hibernon

Santo del día

IV de Pascua 4ª del salterio He 11,1-18 / Sal 41 / Jn 10,1-10


 



Primera Lectura: Hechos 11,1‑18


En aquellos días, los apóstoles y los hermanos de Judea se enteraron de que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Cuando Pedro subió a Jerusalén, los partidarios de la circuncisión le reprocharon: «Has entrado en casa de incircuncisos y has comido con ellos». Pedro entonces se puso a exponerles los hechos por su orden: «Estaba yo orando en la ciudad de Jafa, cuando tuve en éxtasis una visión: Algo que bajaba, una especie de toldo grande, cogido de los cuatro picos, que se descolgaba del cielo hasta donde yo estaba. Miré dentro y vi cuadrúpedos, fieras, reptiles y pájaros. Luego oí una voz que me decía: “Anda, Pedro, mata y come”. Yo respondí: “Ni pensarlo, Señor; jamás ha entrado en mi boca nada profano o impuro”. La voz del cielo habló de nuevo: “Lo que Dios ha declarado puro, no lo llames tú profano”. Esto se repitió tres veces, y de un tirón lo subieron todo al cielo. En aquel preciso momento se presentaron, en la casa donde estábamos, tres hombres que venían de Cesarea con un recado para mí. El Espíritu me dijo que me fuera con ellos sin más. Me acompañaron estos seis hermanos, y entramos en casa de aquel hombre. Él nos contó que había visto en su casa al ángel que, en pie, le decía: “Manda recado a Jafa e invita a Simón Pedro a que venga; lo que te diga te traerá la salvación a ti y a tu familia”. En cuanto empecé a hablar, bajó sobre ellos el Espíritu Santo, igual que había bajado sobre nosotros al principio; me acordé de lo que había dicho el Señor: “Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo”. Pues, si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, por haber creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para oponerme a Dios?». Con esto se calmaron y alabaron a Dios diciendo: «También a los gentiles les ha otorgado Dios la conversión que lleva a la vida».


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Salmo responsorial: Salmo 41,2-3; 42,3.4


 


Mi alma tiene sed de ti, Dios vivo. (O bien: Aleluya)


 


Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?


 


Envía tu luz y tu verdad: que ellas me guíen y me conduzcan hasta tu monte santo, hasta tu morada.


 


Que yo me acerque al altar de Dios, al Dios de mi alegría; que te dé gracias al son de la cítara, Dios, Dios mío.
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Evangelio: según san Juan 10,1-10


En aquel tiempo, dijo Jesús: «Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda, y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».


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Reflexión: Jesús es la puerta


Un nuevo símbolo para Jesús, denso de contenidos que es imposible agotar. Es ciertamente la puerta del aprisco del rebaño, cuyo pastor es Dios. Pero es también «la puerta de las ovejas». Es la puerta por la que Dios ha querido y quiere entrar en la historia de los humanos. «Tras haber hablado en los tiempos pasados de muchas formas, en los últimos días nos ha hablado en el Hijo». Y en él nos ha dicho su última Palabra. En él ha resonado para nosotros su propia voz. Pero Jesús es también la puerta de los humanos hacia Dios, porque en él, en la entrega de sí mismo por nosotros, se ha realizado la escucha enteramente fiel de esa Palabra, y su resurrección hace posible que nuestra condición humana pase a vivir plenamente la vida de Dios. Por eso, solo Jesús puede ser la puerta del aprisco y solo él puede llamarse el buen pastor. Solo en él resuena la voz de Dios inconfundible para los hombres, creados como oyentes de su Palabra; y solo de su voz pueden ellas fiarse para «seguir sus pasos». ¿Quién que no sea él puede ofrecer la vida en plenitud, la vida eterna?


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