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Santo del día

Sábado Santo de la Sepultura del Señor; Nª Sra. de la Soledad; Braulio de Zaragoza; Montano y Máxima; Bta. Magdalena Catalina Morano

Santo del día

Vigilia Pascual, Oficio propio, Gén 1,1–2,2, Sal 103 (o bien Sal 32), Gén 22,1-18, Sal 15, Éx 14,15–15,1, Sal Éx 15, Is 54,5-14, Sal 29, Is 55,1-11, Sal Is 12, Bar 3,9-15.32–4,4, Sal 18, Ez 36,16-28, Sal 41 (o bien Sal 50), Rom 6,3-11, Sal 117, Lc 24,1-12



Génesis 1,1–2,2 (breve: 1,1.26-31a)


Al principio creó Dios el cielo y la tierra. Y dijo Dios: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra». Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: «Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra». Y dijo Dios: «Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra, a todo ser que respira, la hierba verde les servirá de alimento». Y así fue. Y vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno.


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Salmo responsorial: Salmo 103,1-2a.5-6.10.12.13-14.24.35c


 


Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.


 


Bendice, alma mía, al Señor; ¡Dios mío, qué grande eres! Te vistes de belleza y majestad, la luz te envuelve como un manto.


 


Asentaste la tierra sobre sus cimientos, y no vacilará jamás; la cubriste con el manto del océano, y las aguas se posaron sobre las montañas.


 


De los manantiales sacas los ríos, para que fluyan entre los montes; junto a ellos habitan las aves del cielo, y entre las frondas se oye su canto.


 


Desde tu morada riegas los montes, y la tierra se sacia de tu acción fecunda; haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre.


 


Cuántas son tus obras, Señor, y todas las hiciste con sabiduría; la tierra está llena de tus criaturas. ¡Bendice, alma mía, al Señor!


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Éxodo 14,15–15,1


En aquellos días, dijo el Señor a Moisés: «¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los israelitas que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los israelitas entren en medio del mar a pie enjuto. Que yo voy a endurecer el corazón de los egipcios para que los persigan, y me cubriré de gloria a costa del Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de los guerreros. Sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando me haya cubierto de gloria a costa del Faraón, de sus carros y de los guerreros». Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube de delante se desplazó de allí y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de los israelitas. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran trabar contacto. Moisés extendió su mano sobre el mar, y el Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio del mar a pie enjuto, mientras que las aguas formaban muralla a derecha e izquierda. Los egipcios se lanzaron en su persecución, entrando tras ellos, en medio del mar, todos los caballos del Faraón y los carros con sus guerreros. Mientras velaban al amanecer, miró el Señor al campamento egipcio, desde la columna de fuego y nube, y sembró el pánico en el campamento egipcio. Trabó las ruedas de sus carros y las hizo avanzar pesadamente. Y dijo Egipto: «Huyamos de Israel, porque el Señor lucha en su favor contra Egipto». Dijo el Señor a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes». Y extendió Moisés su mano sobre el mar; y al amanecer volvía el mar a su curso de siempre. Los egipcios, huyendo, iban a su encuentro, y el Señor derribó a los egipcios en medio del mar. Y volvieron las aguas y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del Faraón, que lo había seguido por el mar. Ni uno solo se salvó. Pero los hijos de Israel caminaban por lo seco en medio del mar; las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Aquel día salvó el Señor a Israel de las manos de Egipto. Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Israel vio la mano grande del Señor obrando contra los egipcios, y el pueblo temió al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo. Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor.

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Salmo responsorial: Éxodo 15,1-2.3-4.5-6.17-18


 


Cantaré al Señor, sublime es su victoria.


 


Cantaré al Señor, sublime es su victoria: caballo y jinete ha arrojado en el mar. Mi fuerza y mi poder es el Señor, él fue mi salvación. Él es mi Dios: yo lo alabaré; el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré.


 


El Señor es un guerrero, su nombre es «Yavé». Los carros del Faraón los lanzó al mar, ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes.


 


Las olas los cubrieron, bajaron hasta el fondo como piedras. Tu diestra, Señor, es fuerte y terrible; tu diestra, Señor, tritura al enemigo.


 


Los introduces y los plantas en el monte de tu heredad, lugar del que hiciste tu trono, Señor; santuario, Señor, que fundaron tus manos. El Señor reina por siempre jamás.


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Evangelio: según san Lucas 24,1-12


El primer día de la semana, de madrugada, las mujeres fueron al sepulcro llevando los aromas que habían preparado. Encontraron corrida la piedra del sepulcro. Y, entrando, no encontraron el cuerpo del Señor Jesús. Mientras estaban desconcertadas por esto, se les presentaron dos hombres con vestidos refulgentes. Ellas, despavoridas, miraban al suelo, y ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Acordaos de lo que os dijo estando todavía en Galilea: “El Hijo del hombre tiene que ser entregado en manos de pecadores, ser crucificado y al tercer día resucitar”». Recordaron sus palabras, volvieron del sepulcro y anunciaron todo esto a los Once y a los demás. María Magdalena, Juana y María, la de Santiago, y sus compañeras contaban esto a los apóstoles. Ellos lo tomaron por un delirio y no las creyeron. Pedro se levantó y fue corriendo al sepulcro. Asomándose, vio solo las vendas por el suelo. Y se volvió admirándose de lo sucedido.


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Reflexión: ¡Cristo ha resucitado!


Los evangelios no describen la resurrección; narran su anuncio por los ángeles, y las apariciones del Resucitado a los suyos. Las primeras protagonistas son las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea y le habían visto morir en la cruz la tarde del viernes. Han venido al sepulcro, movidas por su amor al maestro, con aromas para ungir su cuerpo. Vienen buscando entre los muertos «Al-que-vive». El anuncio de los ángeles les basta para que en el rescoldo de su amor a Jesús se encienda la llama de la fe en el Resucitado. Y su encuentro con Él las convierte en pregoneras de la buena noticia que la humanidad, sin saberlo, ha estado esperando ¡La muerte ha sido vencida! ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo vive!


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