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Santo del día

S. José, esposo de María, s.; Amancio; Ida; Juan; Marcos

Santo del día

Oficio de la s. 2Sam 7,4-5a.12-14a.16 / Sal 88 / Rom 4,13.16-18.22 / Mt 1,16.18-21.24a


 



Primera Lectura: 2Samuel 7,4-5a.12-14a.16


En aquellos días, recibió Natán la siguiente palabra del Señor: «Ve y dile a mi siervo David: “Esto dice el Señor: Cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré su realeza. Él construirá una casa para mi nombre, y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre, y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia; tu trono permanecerá por siempre”».


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Salmo responsorial: Salmo 88,2-3.4-5.27.29


 


Su linaje será perpetuo.


 


Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades. Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno, más que el cielo has afianzado tu fidelidad».


 


Sellé una alianza con mi elegido, jurando a David, mi siervo: «Te fundaré un linaje perpetuo, edificaré tu trono para todas las edades».


 


Él me invocará: «Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora». Le mantendré eternamente mi favor, y mi alianza con él será estable.
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Segunda lectura: Romanos 4,13.16-18.22


Hermanos: No fue la observancia de la Ley, sino la justificación obtenida por la fe, la que obtuvo para Abrahán y su descendencia la promesa de heredar el mundo. Por eso, como todo depende de la fe, todo es gracia; así, la promesa está asegurada para toda la descendencia, no solamente para la descendencia legal, sino también para la que nace de la fe de Abrahán, que es padre de todos nosotros. Así, dice la Escritura: «Te hago padre de muchos pueblos». Al encontrarse con el Dios que da vida a los muertos y llama a la existencia lo que no existe, Abrahán creyó. Apoyado en la esperanza, creyó, contra toda esperanza, que llegaría a ser padre de muchas naciones, según lo que se le había dicho: «Así será tu descendencia». Por lo cual le valió la justificación.

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Evangelio: según san Mateo 1,16.18-21.24a


Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo. El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados». Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.


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Reflexión: Un hombre justo


El Patriarca san José aparece, discreto y entrañable, cabeza de la Sagrada Familia, en los evangelios de la infancia. Es el hombre justo, esposo de María que, advertido por el ángel, acepta como querida por Dios la maternidad de María antes de que hubieran convivido. Como «hijo de David», se desplaza con María a Belén, donde ella dará a luz. Él impone, por indicación del ángel, al niño el nombre de Jesús; escucha admirado con María lo que los pastores cuentan del niño; comparte con María la admiración ante las palabras proféticas de Simeón y, después, la angustia que les produce su pérdida en Jerusalén. Atento a los mensajes del ángel, huye con María y el niño a Egipto, vuelve de Egipto y se instala con ellos en Nazaret. Cuando Jesús comienza su ministerio, sus paisanos se asombran de sus palabras y sus signos y se preguntan: ¿No es este el hijo de José, el hijo del carpintero? Y otros: ¿no es este el carpintero? Su ausencia durante la vida pública hace pensar que José ha muerto rodeado de Jesús y María, y la piedad popular le percibe como patrono de la buena muerte.


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