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Santo del día

Heriberto; Agapito; Esmeralda; Eusebia; Bto. José Gabriel Brochero

Santo del día

V de Cuaresma 1ª del salterio Dan 3,14-20.91-92.95 / Sal Dan 3,52-56 / Jn 8,31-42


 



Primera Lectura: Daniel 3,14-20.91-92.95


En aquellos días, el rey Nabucodonosor dijo: «¿Es cierto, Sidrac, Misac y Abdénago, que no respetáis a mis dioses ni adoráis la estatua de oro que he erigido? Mirad: si al oír tocar la trompa, la flauta, la cítara, el laúd, el arpa, la vihuela y todos los demás instrumentos, estáis dispuestos a postraros adorando la estatua que he hecho, hacedlo; pero, si no la adoráis, seréis arrojados al punto al horno encendido, y ¿qué dios os librará de mis manos?». Sidrac, Misac y Abdénago contestaron: «Majestad, a eso no tenemos por qué responder. El Dios a quien veneramos puede librarnos del horno encendido y nos librará de tus manos. Y aunque no lo haga, conste, majestad, que no veneramos a tus dioses ni adoramos la estatua de oro que has erigido». Nabucodonosor, furioso contra Sidrac, Misac y Abdénago, y con el rostro desencajado por la rabia, mandó encender el horno siete veces más fuerte que de costumbre, y ordenó a sus soldados más robustos que atasen a Sidrac, Misac y Abdénago y los echasen al horno encendido. El rey los oyó cantar himnos; extrañado, se levantó y, al verlos vivos, preguntó, estupefacto, a sus consejeros: «¿No eran tres los hombres que atamos y echamos al horno?». Le respondieron: «Así es, majestad». Preguntó: «¿Entonces, cómo es que veo cuatro hombres, sin atar, paseando por el horno sin sufrir nada? Y el cuarto parece un ser divino». Nabucodonosor entonces dijo: «Bendito sea el Dios de Sidrac, Misac y Abdénago, que envió un ángel a salvar a sus siervos que, confiando en él, desobedecieron el decreto real y prefirieron arrostrar el fuego antes que venerar y adorar otros dioses que el suyo».


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Salmo responsorial: Daniel 3,52.53.54.55.56


 


A ti gloria y alabanza por los siglos.


 


Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres, bendito tu nombre santo y glorioso.


 


Bendito eres en el templo de tu santa gloria.


 


Bendito eres sobre el trono de tu reino.


 


Bendito eres tú, que sentado sobre querubines sondeas los abismos.


 


Bendito eres en la bóveda del cielo.
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Evangelio: según san Juan 8,31-42


En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Le replicaron: «Somos linaje de Abrahán y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: “Seréis libres”?». Jesús les contestó: «Os aseguro que quien comete pecado es esclavo. El esclavo no se queda en la casa para siempre, el hijo se queda para siempre. Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. Ya sé que sois linaje de Abrahán; sin embargo, tratáis de matarme, porque no dais cabida a mis palabras. Yo hablo de lo que he visto junto a mi Padre, pero vosotros hacéis lo que le habéis oído a vuestro padre». Ellos replicaron: «Nuestro padre es Abrahán». Jesús les dijo: «Si fuerais hijos de Abrahán, haríais lo que hizo Abrahán. Sin embargo, tratáis de matarme a mí, que os he hablado de la verdad que le escuché a Dios, y eso no lo hizo Abrahán. Vosotros hacéis lo que hace vuestro padre». Le replicaron: «Nosotros no somos hijos de prostitutas; tenemos un solo padre: Dios». Jesús les contestó: «Si Dios fuera vuestro padre, me amaríais, porque yo salí de Dios, y aquí estoy. Pues no he venido por mi cuenta, sino que él me envió».


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Reflexión: Jesús hace libres


La palabra de Jesús nunca cae en vano. Muchos de los que la han escuchado han creído en Él y Jesús les pide permanecer fieles a esa palabra, les ofrece ser discípulos suyos y les asegura que en ella conocerán la verdad y la verdad los hará libres. Naturalmente, la verdad de la que Jesús habla no es una proposición abstracta ni una doctrina. Es la verdad que responde al enigma que es el hombre para sí mismo, la que «ilumina a todo hombre que viene a este mundo», y ofrece sentido último a su vida. Es él mismo: «Yo soy la verdad». Esta es la verdad que hace libres. La libertad que Jesús otorga es la libertad plena: la de los hijos de Dios. La que solo Dios presente en Jesús hace posible: la que libera de la esclavitud de convertir realidades mundanas en señores del hombre; la que libera de la estrechez de la finitud; la que libera de los lazos de la muerte; la que coincide con la salvación definitiva.


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