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Santo del día

Conrado Confalonieri; Lucía Yi Zhenmei; Bto. Álvaro de Córdoba; Bto. Jozef Zaplata

Santo del día

I de Cuaresma 1ª del salterio Ez 18,21-28 / Sal 129 / Mt 5,20-26


 



Primera Lectura: Ezequiel 18,21-28


Así dice el Señor Dios: «Si el malvado se convierte de los pecados cometidos y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia, ciertamente vivirá y no morirá. No se le tendrán en cuenta los delitos que cometió, por la justicia que hizo, vivirá. ¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor–, y no que se convierta de su conducta y que viva? Si el justo se aparta de su justicia y comete maldad, imitando las abominaciones del malvado, ¿vivirá acaso?; no se tendrá en cuenta la justicia que hizo: por la iniquidad que perpetró y por el pecado que cometió, morirá. Comentáis: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».


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Salmo responsorial: Salmo 129,1-2.3-4.5-7a.-7bc-8


 


Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?


 


Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.


 


Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto.


 


Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora.


 


Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos.
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Evangelio: según san Mateo 5,20-26


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto».


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Reflexión: La ley, renovada


Jesús «no vino a abolir la ley, sino a darle cumplimiento», radicalizándola e interiorizándola, por la apelación a la intención con que se cumplen sus preceptos. Esa radicalización se refiere sobre todo a la relación con Dios, a la relación con los otros, y a la estrecha relación que une a las dos. El insulto al prójimo y el enfado con él son considerados por Jesús ofensas que merecen ser llevadas a juicio; llamarlo «impío» merece el castigo divino. El sacrificio, acto central del culto en el templo, había sido relativizado ya por los profetas frente a la misericordia. Aquí la presentación misma de la ofrenda requiere como condición previa la reconciliación con el hermano. ¿No deberíamos los cristianos hacer efectivo el «nosotros» de las oraciones para poder utilizarlo con verdad en la liturgia? ¿No deberíamos darnos la paz los unos a los otros de forma expresa y efectiva, antes de presentar las ofrendas en la Eucaristía?


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