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Santo del día

Melecio; Gaudencio; Modesto

Santo del día

Después de Ceniza 4ª del salterio Is 58,1-9a / Sal 50 / Mt 9,14-15


 



Primera Lectura: Isaías 58,1-9a


Así dice el Señor Dios: «Grita a plena voz, sin cesar, alza la voz como una trompeta, denuncia a mi pueblo sus delitos, a la casa de Jacob sus pecados. Consultan mi oráculo a diario, muestran deseo de conocer mi camino, como un pueblo que practicara la justicia y no abandonase el mandato de Dios. Me piden sentencias justas, desean tener cerca a Dios. “¿Para qué ayunar, si no haces caso?; ¿mortificarnos, si tú no te fijas?”. Mirad: el día de ayuno buscáis vuestro interés y apremiáis a vuestros servidores; mirad: ayunáis entre riñas y disputas, dando puñetazos sin piedad. No ayunéis como ahora, haciendo oír en el cielo vuestras voces. ¿Es ese el ayuno que el Señor desea, para el día en que el hombre se mortifica?, mover la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza, ¿a eso lo llamáis ayuno, día agradable al Señor? El ayuno que yo quiero es este: Abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos; partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora, enseguida te brotará la carne sana; te abrirá camino la justicia, detrás irá la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor, y te responderá; gritarás, y te dirá: “Aquí estoy”».


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Salmo responsorial: Salmo 50,3-4.5-6a.18-19


 


Un corazón quebrantado y humillado, tú, Dios mío, no lo desprecias.


 


Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.


 


Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado: contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces.


 


Los sacrificios no te satisfacen: si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias.
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Evangelio: según san Mateo 9,14-15


En aquel tiempo, se acercaron los discípulos de Juan a Jesús, preguntándole: «¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?». Jesús les dijo: «¿Es que pueden guardar luto los invitados a la boda, mientras el novio está con ellos? Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán».


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Reflexión: «Ya, pero todavía no»


El breve texto de hoy no parece contener una condena por Jesús del ayuno como tal. En el Sermón del monte ha dicho a sus discípulos cómo deben ayunar. El mensaje se orienta en otra dirección: el ayuno comporta una situación de aflicción y tristeza; y la presencia de Jesús, el Esposo, trae a los discípulos una radical novedad y una gran alegría. El momento en que Jesús les será arrebatado, su doloroso final, sumirá a los discípulos en la decepción y la tristeza; el encuentro con el Resucitado disipará su miedo y les llenará de alegría, pero en el interior de la fe. La situación de los discípulos, que no «hemos visto al Señor» como los doce y Pablo, no es otra. Vivimos ya el tiempo de su resurrección; sabemos de su presencia: «Yo estoy con vosotros hasta el final de los tiempos». Pero lo sabemos en la fe. Alegres, en la esperanza.


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