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Santo del día

Canuto IV; Bto. Marcelo Spínola

Santo del día

II del T.O. 2ª del salterio 1Sam 16,1-13 / Sal 88 / Mc 2,23-28


 



Primera Lectura: 1Samuel 16,1-13


En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo he rechazado como rey de Israel? Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey». Samuel contestó: «¿Cómo voy a ir? Si se entera Saúl, me mata». El Señor le dijo: «Llevas una novilla y dices que vas a hacer un sacrificio al Señor. Convidas a Jesé al sacrificio, y yo te indicaré lo que tienes que hacer; me ungirás al que yo te diga». Samuel hizo lo que le mandó el Señor. Cuando llegó a Belén, los ancianos del pueblo fueron ansiosos a su encuentro: «¿Vienes en son de paz?». Respondió: «Sí, vengo a hacer un sacrificio al Señor. Purificaos y venid conmigo al sacrificio». Purificó a Jesé y a sus hijos y los convidó al sacrificio. Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido». Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón». Jesé llamó a Abinadab y lo hizo pasar ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a este lo ha elegido el Señor». Jesé hizo pasar a Samá; y Samuel le dijo: «Tampoco a este lo ha elegido el Señor». Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a estos los ha elegido el Señor». Luego preguntó a Jesé: «Se acabaron los muchachos». Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas». Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue». Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo. Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es este». Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante. Samuel emprendió la vuelta a Ramá.


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Salmo responsorial: Salmo 88,20.21-22.27-28


 


Encontré a David, mi siervo.


 


Un día hablaste en visión a tus amigos: «He ceñido la corona a un héroe, he levantado a un soldado sobre el pueblo.


 


Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado; para que mi mano esté siempre con él y mi brazo lo haga valeroso.


 


Él me invocará: “Tú eres mi padre, mi Dios, mi Roca salvadora”, y yo lo nombraré mi primogénito, excelso entre los reyes de la tierra».
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Evangelio: según san Marcos 2,23-28


Un sábado, atravesaba el Señor un sembrado; mientras andaban, los discípulos iban arrancando espigas. Los fariseos le dijeron: «Oye, ¿por qué hacen en sábado lo que no está permitido?». Él les respondió: «¿No habéis leído nunca lo que hizo David, cuando él y sus hombres se vieron faltos y con hambre? Entró en la casa de Dios, en tiempo del sumo sacerdote Abiatar, comió de los panes presentados, que solo pueden comer los sacerdotes, y les dio también a sus compañeros». Y añadió: «El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado; así que el Hijo del hombre es señor también del sábado».


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Reflexión: El sábado es para el hombre


El texto relata un primer episodio de la controversia de Jesús con los dirigentes religiosos y los intérpretes de la ley. La religiosidad judía verdadera, la forma de vida querida por Dios para su pueblo, comportaba según los profetas el respeto de la justicia, la práctica del amor y la confianza humilde en Dios. Pero los responsables de su interpretación la habían convertido en un conjunto de normas que se imponían rígidamente a las personas, sin tener en cuenta sus circunstancias ni sus necesidades, y que ellos interpretaban en su beneficio. Así, el hombre, a cuyos pies el Creador había puesto todo, se convierte en esclavo de la ley. Jesús restablece el orden querido por Dios, justifica que sus discípulos desgranen en sábado espigas maduras para saciar su hambre y los libera del peso de la ley del descanso sabático, establecida para hacer al hombre soportable su trabajo, y convertido por sus intérpretes en carga que los oprime. ¿No hay todavía ocasiones en que la sentencia de Jesús debería ser recordada a nuestra Iglesia?


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