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Santo del día

Hilaria de Constantinopla; Marcelo I; Priscila; Bta. Juana Mª Condesa LluchI

Santo del día

I del T.O. 1ª del salterio 1Sam 9,1-4.17-19; 10,1a / Sal 20 / Mc 2,13-17


 



Primera Lectura: 1Samuel 9,1-4.17-19; 10,1a


Había un hombre de Loma de Benjamín, llamado Quis, hijo de Abiel, hijo de Seror, hijo de Becorá, hijo de Afiaj, benjaminita, de buena posición. Tenía un hijo que se llamaba Saúl, un mozo bien plantado; era el israelita más alto: sobresalía por encima de todos, de los hombros arriba. A su padre Quis se le habían extraviado unas burras; y dijo a su hijo Saúl: «Llévate a uno de los criados y vete a buscar las burras». Cruzaron la serranía de Efraín y atravesaron la comarca de Salisá, pero no las encontraron. Atravesaron la comarca de Saalín, y nada. Atravesaron la comarca de Benjamín, y tampoco. Cuando Samuel vio a Saúl, el Señor le avisó: «Ese es el hombre de quien te hablé; ese regirá a mi pueblo». Saúl se acercó a Samuel en medio de la entrada y le dijo: «Haz el favor de decirme dónde está la casa del vidente». Samuel le respondió: «Yo soy el vidente. Sube delante de mí al altozano; hoy coméis conmigo, y mañana te dejaré marchar y te diré todo lo que piensas». Tomó la aceitera, derramó aceite sobre la cabeza de Saúl y lo besó, diciendo: «¡El Señor te unge como jefe de su heredad! Tú regirás al pueblo del Señor y lo librarás de la mano de los enemigos que lo rodean».


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Salmo responsorial: Salmo 20,2-3.4-5. 6-7


 


Señor, el rey se alegra por tu fuerza.


 


¡Señor, el rey se alegra por tu fuerza, y cuánto goza con tu victoria! Le has concedido el deseo de su corazón, no le has negado lo que pedían sus labios.


 


Te adelantaste a bendecirlo con el éxito, y has puesto en su cabeza una corona de oro fino. Te pidió vida y se la has concedido, años que se prolongan sin término.


 


Tu victoria ha engrandecido su fama, lo has vestido de honor y majestad. Le concedes bendiciones incesantes, lo colmas de gozo en tu presencia.
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Evangelio: según san Marcos 2,13-17


En aquel tiempo, Jesús salió de nuevo a la orilla del lago; la gente acudía a él, y les enseñaba. Al pasar, vio a Leví, el de Alfeo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: «Sígueme». Se levantó y lo siguió. Estando Jesús a la mesa en su casa, de entre los muchos que lo seguían un grupo de publicanos y pecadores se sentaron con Jesús y sus discípulos. Algunos escribas fariseos, al ver que comía con publicanos y pecadores, les dijeron a los discípulos: «¡De modo que come con publicanos y pecadores!». Jesús lo oyó y les dijo: «No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».


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Reflexión: Jesús llama a todos


Verdaderamente, Jesús mira las cosas y sobre todo a las personas con otros ojos que los escribas y fariseos. Probablemente la diferencia se muestra sobre todo en relación con los pecadores. Jesús no solo se detiene ante el recaudador de impuestos, publicano y prototipo de pecador, y le presta atención. Lo llama para que le siga; le incluye en el círculo de los asociados a su misión. Por eso el evangelista consigna su nombre: Leví, Mateo. Jesús se sienta además con él y sus amigos a la mesa, compartiendo con ellos el banquete que es signo de comunidad amistosa. A la crítica de los escandalizados por su gesto responde Jesús reconociendo a los pecadores como destinatarios primeros de su misión. La opción de Jesús es perfectamente coherente con su nombre: «Dios salva», y con su misión. Porque Dios «quiere que todos los hombres se salven» y a todos ofrece su salvación, pero solo pueden acogerla los que se reconocen necesitados de ella.


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