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Santo del día

Antonio Mª Pucci; Benito Biscop; Tatiana, Elredo de Rielvaux

Santo del día

I del T.O. 1ª del salterio 1Sam 1,9-20 / Sal 1Sam 2,1.4-8 / Mc 1,21-28


 



Primera Lectura: 1Samuel 1,9-20


En aquellos días, después de la comida en Siló, mientras el sacerdote Elí estaba sentado en su silla junto a la puerta del templo del Señor, Ana se levantó y, desconsolada, rezó al Señor deshaciéndose en lágrimas e hizo este voto: «Señor de los Ejércitos, si te dignas mirar la aflicción de tu esclava, si te acuerdas de mí y no me olvidas, si concedes a tu esclava un hijo varón, se lo ofreceré al Señor para toda la vida y la navaja no pasará por su cabeza». Mientras repetía su oración al Señor, Elí la observaba. Ana hablaba para sus adentros: movía los labios, sin que se oyera su voz. Elí, creyendo que estaba borracha, le dijo: «¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Devuelve el vino que has bebido». Ana respondió: «No es eso, señor; no he bebido vino ni licores; lo que pasa es que estoy afligida y me desahogo con el Señor. No me tengas por una mujer perdida, que hasta ahora he hablado movida por mi gran desazón y pesadumbre». Entonces dijo Elí: «Vete en paz. Que el Señor de Israel te conceda lo que le has pedido». Y ella respondió: «Que tu sierva halle gracia ante ti». La mujer se marchó, comió, y se transformó su semblante. A la mañana siguiente madrugaron, adoraron al Señor y se volvieron. Llegados a su casa de Ramá, Elcaná se unió a su mujer Ana, y el Señor se acordó de ella. Ana concibió, dio a luz un hijo y le puso de nombre Samuel, diciendo: «¡Al Señor se lo pedí!».


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Salmo responsorial: 1Samuel 2,1.4-5.6-7.8abcd


 


Mi corazón se regocija por el Señor, mi salvador.


 


Mi corazón se regocija por el Señor, mi poder se exalta por Dios; mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación.


 


Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor; los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía.


 


El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta; da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece.


 


Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria.
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Evangelio: según san Marcos 1,21-28


En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad. Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él». El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen». Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.


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Reflexión: Jesús, el Maestro


Jesús aparece como el Maestro. Sus seguidores son sus discípulos. Pero la enseñanza de Jesús es radicalmente nueva. No consiste en la repetición de una doctrina; es la revelación de Dios en su persona. Es «el Santo de Dios». Su autoridad no impone nuevas cargas. Libera a quienes le escuchan: del poder del mal, como al poseso; del yugo de la ley de los letrados con sus incontables normas y prohibiciones; de la religiosidad basada en el miedo al castigo. Su primera palabra a quienes se acercan a él es: «no temáis». Su enseñanza atrae, porque es la manifestación de la misericordia, y tiene como contenido y ofrece como motivación el amor. Jesús, el Maestro, no se limita a enseñar el camino hacia Dios. Lo recorre él primero, lo abre para sus discípulos. Es el camino que conduce al Padre.


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