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Santo del día

S. Nicolás de Bari, m.l.; Pedro Pascual; Carmen Sallés

Santo del día

II de Adviento 2ª del salterio Is 40,1-11 / Sal 95 / Mt 18,12-14


 



Evangelio: según san Mateo 18,12-14


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños».


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Reflexión: El Padre no da a nadie por perdido


Tras la lectura del evangelio, escuchemos la pregunta de Jesús: «¿Qué os parece?», como dirigida a nosotros. Si la escuchamos desde la lógica imperante en nuestra cultura, no es seguro que respondamos como responde Jesús. Son muchas las personas a las que nuestra cultura considera desechables: los marginados del sistema, los ancianos solos, los niños explotados; o esos otros a los que algunos en la Iglesia consideran irrecuperables. La parábola de Jesús nos enseña que para él y para el Padre que él nos revela nadie es desechable. Él cuida de todos y cada uno, pero con cuidado especial de los pequeños y los perdidos. Uno solo de ellos merece todos los cuidados de Dios. ¿Por la dignidad de que nos dota el haber sido creados a imagen y semejanza de Dios? Sí, sin duda; y eso siempre deberíamos tenerlo en cuenta. Pero, sobre todo, porque a todos ha querido hacernos sus hijos y nos ama como tales. Solo eso explica la alegría que llena el corazón infinito de Dios cuando encuentra a ese pobre hijo suyo que se le ha perdido, y que podemos ser cada uno de nosotros. Solo eso explica que nuestro Padre del cielo no quiera que se pierda ninguno. Hechos a su imagen, ¿cuándo nos pareceremos a Él, de verdad, en nuestras relaciones con los demás, especialmente con los que damos por perdidos, sobre todo si son de los más pequeños?


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Eventos

19/12/2018

Presentación del libro Vidas tocadas por Taizé

Presentación del libro Vidas tocadas por Taizé de Cristina Ruiz Fernández