Uso de Cookies: Las cookies nos permiten ofrecer nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.

ACEPTAR Más información

Buscar por:
  • Título
  • Autor
  • ISBN
  • Editorial
  • Categoría
 

Santo del día

Santa Margarita Mª Alacoque

Santo del día

Margarita Alacoque nació en Lhautecourt, en las proximidades de Vérosvres, una pequeña aldea de la diócesis de Autun, el 22 de julio de 1647. El padre, Claudio Alacoque, era notario real; murió en 1655 y la madre, Filiberta Lamyn, hubo de criar cinco hijos, de los que Margarita era la quinta y única mujer. Como contó ella misma en el relato de su propia vida, que se lo impuso por obediencia en 1685 uno de sus últimos confesores, el jesuita P. Rolin, Margarita creció hasta la edad de ocho años «sin otra educación que la procedente de la servidumbre y de los campesinos» (Autobiografia, Roma 1994, 71). En 1656 fue pensionista de las clarisas de Charolles e hizo en el monasterio la primera comunión. Según la autobiografía, esta dejó en su corazón tal «amargura», que ya no pudo encontrar distracción en los juegos infantiles ni en la compañía de sus coetáneas; una desconocida inclinación la impulsaba a retirarse en soledad y oración: «no quería que me vieran y, cuando me sorprendían, me turbaba de modo extraño» (ib 72). En Charolles, Margarita deseaba imitar a las religiosas, que le parecían todas santas, y ardía a su vez en deseos de hacerse religiosa. Pero dos años después hubo de abandonar el convento a causa de una grave enfermedad que le impidió a la larga andar. Curó a raíz de un voto, en el que prometió a la Virgen que si recobraba la salud sería una de sus hijas. De regreso en casa, llevó una vida muy difícil: la convivencia con la familia paterna fue «una guerra continua». Margarita y su madre estaban «sometidas a la más dura esclavitud», y la inclinación a la soledad ya experimentada por Margarita en las clarisas, se acentuó y se convirtió en un deseo de huir y esconderse, para librarse de las vejaciones de sus parientes. La autobiografía habla de noches y días pasados llorando a los pies del Crucificado y de la Virgen, «mi buena Madre, en la que había puesto toda mi confianza». El Crucificado se convirtió en el maestro de Margarita. Jesús estaba siempre con ella, a veces en las semblanzas del Ecce Homo; esta visión le infundía «amor a los sufrimientos» y deseo de conformarse con Jesús doliente. Las enfermedades de la madre, que Margarita hubo de afrontar sola y sin otra ayuda que su valor, fueron la prueba más dura: «en medio de los sufrimientos me sentía fuertemente atraída por la oración, y sufría mucho porque no sabía ni podía aprender a hacerla, al no tener contacto alguno con personas espirituales» (ib, 82). Como declaró varias veces Margarita a lo largo de la biografía, y como recordará también en una carta del 15 de septiembre de 1689 al P. Croiset, un joven jesuita devoto de ella, que es casi un compendio de su vida, no recibió otra dirección espiritual que la de su Maestro, que tomó un poder tan absoluto sobre su voluntad, «que me hacía obedecerle en todo, sin que yo pudiera impedirlo» (Carta al P. Croiset, 15 de septiembre de 1689, en Scritti autobiografici, Roma 1990, 146); «él me modelaba a su modo», recuerda Margarita (ib), y en otra parte recuerda como fruto de aquella dirección, asidua y con frecuencia muy severa, el deseo continuo de la comunión, y ya en aquellos años el arrobamiento de la contemplación ante el Sacramento, que le hizo perder el gusto de las oraciones vocales.


La madre deseaba que Margarita se casara, para poder retirarse con su hija, pero Margarita temía el castigo si faltaba al voto de castidad hecho en los años infantiles; por otra parte, le parecía que la vida religiosa requería una santidad demasiado alta para sus fuerzas, y temía condenarse si no cumplía con el compromiso. Intentó, pues, corresponder al afecto por su madre y resistir a la vocación, pero el Amor de Dios la atraía, y advertía sus severos reproches, «ya que estaba celoso de mi pobre corazón, que sufría luchas espantosas» (Autobiografia, 87). En esta condición, Margarita disciplinaba su cuerpo con mucho rigor, sus pecados le parecían enormes y no se atrevía, aun deseándolo, a acercarse al sacramento de la penitencia. Leía las vidas de las santas, buscando una a la que imitar, pero carecía de conocimientos en torno a la vida espiritual y, como recuerda en la autobiografía, no comprendía aún ni el amor ni la obediencia e ignoraba lo que era la dirección espiritual, aun ardiendo «en el deseo de obedecer». Decidida al fin a abrazar la vida religiosa, no obstante la voluntad contraria de su madre y hermanos, su inclinación la empujaba a las religiosas de la Visitación de Paray-Le-Monial, mientras que el tío materno, su tutor, la quería consigo en el convento de las Ursulinas de Mâcon. La primera visita de Margarita al locutorio de Paray-Le-Monial se remonta al 25 de mayo de 1671: «Apenas puse el pie en el locutorio resonaron dentro de mí estas palabras: “Aquí es donde te quiero”» (ib, 107).


Entró en el monasterio el 20 de junio de 1671; tenía 24 años. El 25 de agosto tomó el hábito y fue admitida como religiosa corista; hizo la profesión el 6 de noviembre de 1672, siendo superiora la madre Marie-Françoise de Saumaise, profesa de Dijon. Como refirió Margarita en la autobiografía, y como repetirá más tarde al P. Croiset, Jesús le hizo entender entonces «que ajustaría de tal modo las gracias continuas que me hacía, al espíritu de mi regla y a la obediencia debida a mi superiora, demostrándome que los dos espíritus no se oponían entre sí» (Carta al P. Croiset, o.c., 147). Margarita María sufría por no sufrir bastante. Habría deseado la «pura cruz», sólo «sufrir», «amar», y «morir, para poderme unir a Él». Margarita pedía poder seguir el camino común de las Hijas de la Visitación, sin gracias extraordinarias, y mientras tanto debilitaba su cuerpo con austeridades y disciplinas. La madre de Saumaise le impuso narrar por escrito su propia experiencia interior.


Un año después de la profesión de los votos, sor Margarita María tuvo la primera revelación del Sagrado Corazón el 27 de diciembre de 1673, fiesta de san Juan Evangelista. Se le presentó el corazón divino como en un trono de llamas, transparente como un cristal, «con su adorable llaga» (carta al P. Croiset del 3 de noviembre de 1689, o.c., 176). «Estaba rodeado de una corona de espinas que simbolizaban las punzadas que nuestros pecados le inferían; y una cruz encima» (ib). Después Jesús le cogió el corazón y lo metió en el suyo, que a Margarita le parecía como un horno ardiente; se lo devolvió por fin como una llama encendida, en forma de corazón. La llaga del costado, cicatrizada, le provocaría siempre dolor el primer viernes de cada mes.


Como le fue revelado en uno de aquellos viernes, cuando Jesús se le apareció deslumbrante de gloria con las llagas fulgurantes como cinco soles, y con el Corazón del que brotaban llamas, Margarita habría debido comulgar todos los primeros viernes de cada mes; además, en las noches del jueves al viernes, experimentaría una agonía más dura que la muerte, parecida a la de Jesús en el huerto de los olivos; entonces debería postrarse una hora con el rostro por tierra junto con Jesús, entre las once y la media noche, para dulcificar la amargura y aplacar la cólera divina. Este es el origen de la devoción de la «Hora santa», erigida en el monasterio de Paray, que cuenta hoy con miles de devotos en todo el mundo. Mientras se manifestaban en ella estas revelaciones, Margarita María era objeto de continuas tentaciones por parte del demonio. Margarita había dudado y temido siempre ser engañada y engañar a su vez, contra su voluntad. Fue Claudio de La Colombière, enviado a Paray como nuevo superior de los jesuitas en 1675, durante el año santo convocado por Clemente X, quien recogió las revelaciones de Margarita y confirmó a la madre de Saumaise sobre su origen divino. También él ordenó a Margarita que escribiera cuanto sucedía en su alma, y ella escribía por obediencia, pero después quemaba las cartas, de modo que de estos escritos sólo quedan algunos fragmentos. En junio de 1675, en la octava del Corpus Domini, Margarita tuvo la última revelación relativa al culto del Sagrado Corazón.


«He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres», le dijo mostrándoselo. Para honrarlo, según las indicaciones recibidas de Margarita, el primer viernes después de la octava del Corpus Christi se debería instituir una fiesta particular, fiesta de reparación en la que se recibiría la comunión y se expiarían las ofensas inferidas por los hombres al divino Corazón. La devoción al Sagrado Corazón, explicará Margarita al P. Croiset, era «uno de los últimos esfuerzos» de que Él se quiere servir para sacar de la perdición a un gran número de almas, arruinando en ellas el imperio de Satanás, para reponerlas, con su gracia santificante, en el camino de la salvación eterna» (carta al P. Croiset, 15 de septiembre de 1689, o.c., 177). En cuanto a la última revelación, Margarita confió su mandato a La Colombière, pero este marchó de Paray a Inglaterra en agosto de 1676, después de haberse consagrado con Margarita al Corazón de Cristo. Dos años después también Marie-Françoise de Saumaise, que había sido la intermediaria entre Margarita y el P. La Colombière, expirado su mandato, dejó Paray y fue enviada como superiora a Moulins, volviendo por fin a Dijon como simple religiosa. Transcurrieron, así, varios años; la nueva superiora, Margarita Peronne-Rosalie Greyfié, procedente de la Visitación de Annecy, probó largo tiempo a Margarita antes de darle confianza, reconfortada también ella por el P. La Colombière; este, acusado en Inglaterra de complot contra el rey Carlos II, había regresado a Francia y en enero de 1679 pasó por Paray, adonde volvió después establemente en 1681, para morir allí en febrero del año sucesivo.


Nombrada en 1685 maestra de novicias, Margarita María pudo finalmente proponer a algunas de sus alumnas la nueva devoción. Las novicias erigieron un pequeño altar al divino Corazón y trataron de representarlo en imágenes, según el deseo expresado por el mismo Corazón de ser honrado en figura de «Corazón de carne» aparecido a Margarita; pero se les prohibió, por temor de que introdujeran novedades. «Solamente diré, escribía Margarita al P. Croiset, que después de dos o tres años que duró esto, cambió Él de tal manera los corazones opuestos, que se hizo erigir a honor suyo en el recinto de nuestro monasterio, una capilla muy bella, con un gran y hermosísimo cuadro de este Sagrado Corazón» (carta al P. Croiset del 15 de sept. de 1689, o.c., 151). La devoción del Sagrado Corazón se convirtió con el tiempo en la primera devoción de Paray-Le-Monial; desde aquí se difundió lentamente a las otras Visitaciones, hasta experimentar, en el siglo siguiente, una amplia expansión.


Margarita María deseaba que la Santa Sede aprobara la misa en honor del Sagrado Corazón y para ello pidió la mediación del P. Croiset, en el cual confiaba, tras la partida del P. La Colombière, para difundir la devoción. El joven jesuita mantuvo con Margarita una relación epistolar de relevante interés, en la que Margarita le puso al tanto de la misión que se les había confiado a los jesuitas, junto con las salesas, para la difusión del culto del Sagrado Corazón. Según el deseo expresado al P. Croiset, la devoción al Sagrado Corazón, para la cual el jesuita, a instancias de Margarita, había escrito un opúsculo (La devoción al Sagrado Corazón de Nuestro Señor Jesucristo, Lyon 1689), habría debido propagarse en los palacios de los reyes y de los príncipes de la tierra, en esos mismos lugares donde durante la pasión Jesús había sido despreciado y donde ahora debería recibir honor y amor. De hecho, Luis XIV fue destinatario de un mensaje de discutida interpretación, en el que el Sagrado Corazón daba a conocer al rey, por medio de Margarita, su voluntad de reinar en su palacio, ser pintado en sus estandartes y grabado en sus armas, para que vencieran a los enemigos de la Iglesia. Son los meses de inquietud que siguieron a la Revolución inglesa, en los que la Liga de Augsburgo amenazaba a Francia: el llamamiento al «hijo mayor del Sagrado Corazón» tiene, pues, un sentido político, pero el mensaje no llegó nunca al soberano.


Margarita María fue maestra de las novicias hasta enero de 1687; en mayo fue elegida ayudante de la superiora, Margarita Melin, y en enero tuvo la última visión del Corazón de Jesús. Murió el 17 de octubre de 1690, a la edad de cuarenta y tres años. En su cultura espiritual, junto a las influencias franciscanas, ignacianas, teresianas y sobre todo salesianas, podrían observarse afinidades con las visiones y revelaciones de las grandes místicas medievales. Un estudio de las alegorías presentes en sus escritos, y en particular de la imagen del Corazón, entronca la figura de Margarita con la espiritualidad de los oratorianos del s. XVIII.


El proceso canónico fue iniciado veinticinco años después de su muerte, por el vicario de la diócesis de Autun, el abad Languet, autor de la Vita de Margarita María, en 1715, pero fue impugnado por los jansenistas. León XII firmó la introducción del proceso el 30 de marzo de 1824. Margarita María fue proclamada beata por Pío IX en 1864 y canonizada por Benedicto XV en 1920.

Santa Eduvigis

Santo del día

Eduvigis, duquesa de Silesia, era hija de Bertoldo IV, de la familia Diesen-Andechs, y por la segunda mujer de este, Inés de Meissen, pertenecía a la familia de los condes de Andechs, ciudad a orillas del lago de Amer (Baviera). Bertoldo IV, que ya ostentaba el título de conde, fue elevado a la dignidad de marqués de Merano en 1180. Eduvigis fue educada en el monasterio de las benedictinas de Kitzingen (diócesis de Wurzburgo). Estaba destinada como esposa al príncipe serbio Toljen, hijo de Miroslav, pero las negociaciones fracasaron. En torno a 1190 llegó a la corte de Boleslao el Alto, duque de Breslavia, donde contrajo matrimonio con el hijo de este, Enrique el Barbudo, que en 1202 asumió las funciones de gobierno. Del matrimonio con Enrique tuvo seis hijos: Boleslao, Conrado, Enrique el Piadoso, Inés, Sofía y Gertrudis. Perdió a casi todos sus hijos; sólo le sobrevivió la hija Gertrudis, abadesa de las monjas cistercienses de Trebnitz, en el monasterio fundado por Eduvigis en 1202; estuvo muy ligada a la nuera Ana, mujer de Enrique II el Piadoso (que cayó en la batalla contra los tártaros en Liegnitz en 1241) e hija de Ottokar Przemysl de Bohemia. La duquesa de Silesia se consideró soberana de una región polaca y aprendió y habló polaco. Eduvigis participaba con entusiasmo en las celebraciones litúrgicas. En la corte se acostumbraba a leer durante las comidas pasajes de la Biblia y de las vidas de santos (se han conservados dos manuscritos suyos: el salterio de Trebnitz y un libro de las horas ricamente miniado). Eduvigis vestía sencillamente, nunca usaba ropas ostentosas y en contacto directo con el cuerpo llevaba un hábito de saco; se ceñía los costados con una cuerda de crin de caballo; no usaba trajes nuevos, a menos que no los hubiera llevado antes otra dama de su corte. Del palacio ducal se trasladó al monasterio de Trebnitz. Aquí servía la mesa a las monjas con frecuencia. Pidió que la sepultaran en el cementerio de aquel monasterio, en una tumba común. En Trebnitz su vida ascética, se hizo más dura aún. Se flagelaba hasta derramar sangre o se hacía flagelar por las monjas; no bebía vino sino agua (durante las fiestas probaba cerveza); ayunaba casi totalmente a pesar de las protestas de su hermano Ecberto, obispo de Brandeburgo; caminaba descalza; incluso, en invierno, solía sostener el salterio y la vela con las manos desnudas; dormía sobre tablas o en el suelo, cubierto de granzas. Llevó una vida de oración y de vigilias por encima de cualquier resistencia física. Si nos atenemos al relato de la monja Gaudencia, una vez permaneció tanto tiempo tendida en el suelo en forma de cruz, que podría haber rezado medio salterio. Su nuera Ana testificó que, aun conociendo muchas vidas de santos, no encontró un ejemplo de ascesis vivida con semejante severidad.


Fundadora del monasterio de Trebnitz, Eduvigis inspiró y sostuvo la fundación de otros monasterios. Se ocupaba de las viudas, huérfanos, enfermos y pobres y distribuía limosnas. Murió en Trebnitz el 14 de octubre de 1243. Su canonización se llevó a cabo en poco tiempo (26 de marzo de 1267), bajo el pontificado del papa Clemente IV; desde el principio, en efecto, se difundió la fama de sus milagros (su fiesta se celebra el 16 de octubre). Algún tiempo más tarde su cuerpo fue exhumado y trasladado a una capilla del monasterio de Trebnitz. La vida conocida como Vita sanctae Edvigis, nos ha llegado en una copia del s. XIV, cuyo autor es un fraile franciscano. Se compone de dos partes muy distintas: la «vida menor» y la «vida mayor». Esta biografía fue traducida al alemán en 1504. Pedro Skarga (1536-1612) trató de Eduvigis en sus Vidas de los Santos (1579

San Gerardo Mayela

Santo del día

Hijo de Domenico Mayela (†1738) y de Benedetta Galella (†1752), Gerardo nació en Muro Lucano, provincia de Potenza (Basilicata) el 16 de abril de 1726. Formaba parte del estrato social de los pequeños artesanos, no de los que vivían «al día» o de la caridad pública, en la sociedad del reino de Nápoles del s. XVIII. Su padre era sastre y Gerardo siguió la misma profesión. Su tío materno, Buenaventura, llegó a ser provincial de los capuchinos de Muro (1752-1755).


Su grafía, el contenido de sus cartas y el hecho de que le gustaba leer y «hacer leer», demuestran cierto nivel de cultura, favorecido sin duda –a raíz de su ingreso el 17 de mayo de 1749 en la recién fundada congregación del Santísimo Redentor–, por el interés de san Alfonso María de Ligorio en la promoción del nivel cultural de los hermanos legos redentoristas.


Antes de ingresar en la congregación, fue camarero de Claudio Albini, obispo de Lacedonia (Potenza), hasta la muerte de este en 1744.


Como redentorista, hizo el noviciado en Deliceto (Foggia), con el P. Pablo Cafaro (1707-1753), y emitió los votos perpetuos, como «hermano coadjutor», el 16 de julio de 1752. Trabajó como sastre, sacristán, cocinero, enfermero y finalmente fue ecónomo. Durante este período recorrería los caminos de Vulture y Capitanata organizando colectas de dinero y víveres. En estos viajes no pierde ocasión para llevar a cabo también una intensa actividad misionera, llegando a ser –cosa insólita para un hermano lego sin formación académica– consejero espiritual de las monjas carmelitas de Ripacandida, de las benedictinas de Corato de Atella y de Maria Celeste Crostarosa. El último año y medio de su vida, lo pasó entre Nápoles y Materdomini, donde falleció víctima de tuberculosis el 16 de octubre de 1755. Es famoso –y en la construcción de su «leyenda», tal vez esencial– el episodio de la calumnia, la falsa acusación contra su comportamiento levantada por una joven, Nerea Caggiano (1754). El sufrimiento moral y la terrible penitencia que Alfonso María de Ligorio le impone personalmente prohibiéndole la comunión, aceptados con absoluta obediencia, llegan a ser, en la fantasía popular, la prueba definitiva de una santidad construida con rígidas penitencias corporales y frecuentes manifestaciones sobrenaturales que lo colocan «entre los mayores taumaturgos de la santidad». «¿Qué decir acerca de la historicidad de todo esto?» se pregunta N. Ferrante, que somete los testimonios sobre los casi doscientos hechos maravillosos que la «leyenda» atribuye a Gerardo a una rigurosa investigación crítica. Y concluye: «no merecen excesivo crédito los hechos prodigiosos que narran los testigos... ochenta y ocho años después de la muerte del santo y tampoco la merecen biografías como la de Landi (1782, ms.) o la de Tannoia (1811), aunque gozaran de gran éxito editorial. Las fuentes más genuinas las constituyen dos manuscritos, uno compuesto por el P. Caione, por orden de Alfonso María de Ligorio, entre 1755 y 1763, y otro, anónimo, de 90 páginas, que Ferrante atribuye al mismo P. Caione, y cuya fecha es anterior a 1764. A estos dos escritos concede «un núcleo histórico de valor indiscutible». El aspecto maravilloso, que prevalecerá en la devoción popular, y que desvía la atención hasta del mismo Ligorio (según Landi este compara Gerardo con san Pascual Bailón), oculta «un camino extraordinario de perfección cristiana» que pocos contemporáneos son capaces de entender y apreciar. Pero Gerardo taumaturgo es el santo que pertenece al pueblo. En su «leyenda» es el santo de las monjas y de las mujeres embarazadas, de los pequeños agricultores, de los trabajadores rurales y artesanos. Una tipología de los hechos atribuidos a Gerardo permite hacer una lista de las miserias que afligen a la gente pobre: la nieve, el frío, la lluvia, el mar y los ríos enfurecidos, el agua hirviendo que deforma y mata a los niños, el hambre, las enfermedades y la muerte, los valiosos animales domésticos; y también el pecado, la presencia aterradora del demonio, las confesiones sacrílegas.


Según la «leyenda», la característica de su santidad, como en el caso de otros santos meridionales italianos, es el cristocentrismo penitencial, en que la penitencia corporal es llevada a extremos que repugnan a nuestra sensibilidad actual; pero una lectura atenta nos lleva a descubrir, entre líneas, actitudes que hacen de él un «modelo de fe y de humanidad» también para nuestros días: por ejemplo, su comportamiento equilibrado, espontáneo, libre de preconceptos tan frecuentes en los «padres fundadores» redentoristas, ante la mujer, tanto consagrada como seglar.


A raíz de su muerte su memoria se extendió, acompañando al principio a la intensa emigración italiana hacia Europa central, América, Oceanía y, actualmente, hacia África central, India y Japón. Desde la segunda mitad del s. XVIII es invocado como protector de las parturientas. Gerardo fue beatificado por León XIII en 1893 y canonizado en 1904 por Pío X. Su fiesta litúrgica se celebra el 16 de octubre.


Tenemos innumerables representaciones iconográficas de Gerardo, entre ellas una preciosa estatuilla de terracota, obra de un anónimo del s. XVIII, y la pintura oficial, de Galiardi, realizada para la ceremonia de la beatificación, obra que permaneció durante muchos años en la primera iglesia dedicada a él, en Wellington, Nueva Zelanda, y que actualmente se encuentra en Materdomini. Sus atributos tradicionales son el crucifijo entre los brazos, la expresión de éxtasis contemplativo, la azucena y la calavera.

San Galo

Santo del día

Las noticias biográficas más fiables que encontramos en torno al personaje de san Galo se pueden obtener de la Vita más antigua (BHL 3245). Según el hagiógrafo, Galo era un discípulo de san Columbano, irlandés como él (aunque podría ser originario de los Vosgi o de Alsacia, y su denominación irlandesa deberse a su cercanía al austero monacato de Columbano, encontrado en Luxeuil). Esta hipótesis explicaría el buen conocimiento que nuestro santo tenía de la lengua de los alamanes, parecida al latín, según cuanto nos atestigua Walfrido (I, 6). Hacia el 610 Galo llegó con su maestro a Arbon y a Bregenz; era un experto exegeta con amplios conocimientos de Sagrada Escritura y desarrolló un importante papel en los intentos de evangelizar a los alamanes, entonces paganos. En el 612 Columbano abandonó Alamania por Bobbio, pero Galo no quiso seguirlo y fue excomulgado por su inexorable maestro. Con la ayuda del clero y del duque Gunzone, fundó entonces un eremitorio cerca de la cascada del río Steinach, y por sus méritos obtuvo el privilegio real que le confirmaba el derecho de habitar en el valle. Galo reunió alrededor suyo a un grupo de discípulos, entre los que se encontraba el diácono Juan, que bajo el consejo del viejo ermitaño fue elegido obispo de Constanza. San Galo murió el 16 de octubre (hacia el 650) a la edad de 95 años; su cuerpo fue sepultado en el oratorio que él mismo había construido a orillas del Steinach. Los habitantes de la región acudían frecuentemente a buscar refugio junto a su sepulcro. Como atestiguan los milagros, antes de que fuese construido un verdadero monasterio por Otmaro (antes del 719), en aquel lugar existía una comunidad de monjes. La biografía y los milagros de san Galo han sido transmitidos por una abundante literatura en prosa y verso (BHL 3245-3258). La Vita del santo es conocida por tres redacciones: la Vita vetustissima (según la definición dada por el editor de los MGH) que ha llegado hasta nosotros sólo fragmentariamente (se considera que de los 42 capítulos que tuvo que tener sólo 11 se han conservado más o menos íntegramente, cf BHL 3245); dos reelaboraciones carolingias, la más antigua de ellas es obra del monje de Reichenau Vettino y se remonta a los años 816-824 (BHL 3246), mientras que la segunda fue elaborada por un maestro de la latinidad carolingia, Walfrido Strabone, hacia los años 833-834 (BHL 3742-3749).


Como parece seguro que ambos autores posteriores obtuvieron sus noticias de la Vita más antigua, es a esta última a la que han dirigido su atención los historiadores y filólogos para discutir el valor de los datos por ella transmitidos. B. Krusch, tomando en consideración el último acontecimiento datable de la Vita, que él fija en el 711, considera que esta fue compuesta posteriormente a aquella fecha, a más de un siglo de distancia desde la muerte del santo (ca. 650). El testimonio ofrecido por la Vita se pone por tanto en duda.


Además de los estudios que tratan de poner de relieve el interés de algunos elementos de la narración, también se ha puesto en duda que el eremita de las orillas del Steinach fuese verdaderamente Gallus, el discípulo de san Columbano recordado por Jonás de Bobbio. Habría sido más bien un habitante de la región, de nombre Galo, quien se habría establecido en ese lugar del futuro monasterio; posteriormente los monjes de la abadía habrían identificado este ermitaño con el más célebre discípulo de san Columbano. De hecho, en los más antiguos documentos relativos a la abadía de san Galo encontramos las variantes «Gallonis, Gallonem», etc., que se remontarían a un nominativo «Gallo», que no corresponde al «Gallus» conocido por la Vita de Columbano. Sin embargo, quienes sostienen esta tesis no han tenido en cuenta que se trataría de una declinación particular del tipo «Gallus, -onis», ampliamente documentada en la latinidad merovingia. Por tanto, los antiguos documentos de san Galo hacen realmente referencia al monje «Gallus». Por lo que respecta a la datación de la Vita antigua, W. Breschin ha constatando en ella una clara división entre los capítulos dedicados a los episodios contemporáneos al santo o a su muerte y los que presentan los milagros «post mortem»; esta división la pone de manifiesto también Walfrido. Por lo demás, también en la segunda parte de la Vita antigua se pueden constatar dos momentos: una parte de los milagros se refiere a los acontecimientos que se remontan a los años 715-725, mientras que otra evoca un episodio datable en el 771. Así resulta evidente que la Vita antigua no fue compuesta de una sola vez, sino que fue completada en tres momentos, con el añadido de los milagros póstumos. El núcleo origininario de la Vita, según Berschin, alcanza a poco tiempo después de la muerte del santo: algunos de sus discípulos recordaban elementos concretos, como la excomunión de Galo por parte de su maestro Columbano (silenciada por Walfrido). Berschin propone por tanto la siguiente cronología para la composición de la Vita antigua: el 680 ca., composición del núcleo originario, que debía de contar con 34 capítulos; el 715-725 ca., añadido de 5 capítulos de milagros; después del 711, posterior añadido de otros 3 capítulos.


En la época carolingia el monasterio de San Galo fue uno de los más importantes. Galo aparece ya en sus milagros póstumos como el patrón de los alamanes, y su nombre permaneció unido a la expansión y a la influencia de la famosa abadía. En general, es representado con el hábito benedictino, con un bastón de abad en la mano, mientras con la otra, acaricia al oso que, según la leyenda, lo ayudó a edificar su primer eremitorio. Otras representaciones evocan escenas de la vida del santo. Su fiesta se celebra el 16 de octubre.

Santa Margarita Dufrost

Santo del día

María Margarita Dufrost de Lajemmerais nació en Varennes, en el distrito de Montreal (Canadá) el 15 de octubre de 1701. El padre, noble originario de Bretaña y capitán de la guarnición militar francesa, murió cuando María Margarita tenía sólo cinco años.


A la edad de doce, la niña fue aceptada por las ursulinas de Quebec, donde permaneció dos años. Posteriormente volvió a casa de su madre, a quien ayudaba en el trabajo doméstico, llevando una vida en general apartada. A los diecinueve años se casó con un joven rico, François d'Youville, y se trasladaron a Montreal.


Contrariamente a sus expectativas, su vida matrimonial fue un verdadero peso para ella. No sólo a causa de su marido, que llevaba una vida disoluta de libertino, sino también por la difícil convivencia con su suegra. A la edad de veintinueve años se quedó viuda, con cinco niños pequeños y en espera de un sexto, sin los recursos financieros necesarios para mantenerlos. El marido, en efecto, había dilapidado todo su patrimonio. Se vio obligada a mendigar alimento y trabajo. Pese a esta aparentemente imposible situación, María Margarita demostró ser una mujer de gran valor, siempre absolutamente confiada en la ayuda de Dios, resignada a llevar una vida muy pobre, pero sin que ello le impidiera atender asiduamente a los pobres en el hospital general de Montreal.


Después de criar a sus hijos (dos de ellos se hicieron sacerdotes), el 31 de octubre de 1738 emprendió la vida religiosa con otras tres mujeres, fundando la congregación de las Hermanas de la Caridad, conocidas como las «soeurs grises» por el color de su hábito. En 1747 su instituto pudo hacerse cargo del hospital general de Montréal. En 1753, el rey de Francia Luis XV legalizó su instituto con un decreto. La congregación, una de las más populares y conocidas de Canadá, abrió varios hospitales en la mayor parte de las ciudades más importantes de la nación. Originariamente instituida como una congregación no contemplativa en Canadá, las Hermanas de la Caridad se difundieron por Estados Unidos, Brasil y numerosos países de África. María Margarita falleció el 23 de diciembre de 1771.


El papa Juan XXIII la beatificó el 3 de mayo de 1959, haciendo de ella la primera canadiense que recibió este reconocimiento. Fue canonizada por Juan Pablo II el 9 de diciembre de 1990.

Eventos

16/11/2018

Presentación y firma del libro Nelson Mandela

Presentación y firma del libro Nelson Mandela de Javier Fariñas  

22/11/2018

Presentación del libro El Padre Pío

Presentación del libro El Padre Pío: apóstol de misericordia de Laureano Benítez  

24/11/2018

Presentación y firma del libro Los smallers

Presentación y firma del libro Los smallers de César Gil y Covadonga Riesgo