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Santo del día

Santa María Soledad Torres Acosta

Santo del día

Madrileña, su trayectoria existencial abarca parte del s. XIX. Con su servicio generoso dio calidad cristiana a esta época más bien insustancial que España atravesaba. Nacida el 2 de diciembre de 1826, murió el 11 de octubre de 1887. Al vestir su hábito religioso cambió el nombre de Manuela Bibiana por Soledad. Era mujer sencilla, «de poca cosa», pero le plantó cara al dolor y a la soledad de los enfermos. Inventó una patrulla de mujeres con la jornada vuelta al revés: duermen de día, en conventos silenciosos en el corazón mismo de las ciudades; y cuando la gente ha terminado su trabajo, al fin de la jornada laboral, ellas se desparraman de puntillas como un pequeño hormiguero por las calles, a la búsqueda de los pisos donde hay enfermos que, sin dormir, acompañados por el dolor, necesitan alguien que les dé compañía y alimento, alguien a su lado, velando hasta la madrugada. Las hijas de madre Soledad llevan el hermoso título de «Siervas de María, Ministras de los enfermos».


El invento de Soledad Torres Acosta comenzó gracias a una tertulia que un «cura romántico» madrileño –encargado de la iglesia filial de la parroquia de San José, que atendía los fieles del barrio de Chamberí– tuvo hacia 1850 con un grupo de amigos, uno de ellos comentó la enfermedad de su hija y cómo no encontraba a nadie que la cuidara por la noche, pues a las Hijas de la Caridad sus reglas les prohíben servicios a domicilio. Don Miguel Martínez, que así se llamaba el cura, decide buscar siete damas que se ofrezcan para un nuevo sistema de asistencia al enfermo: domiciliario. Recibió seis ofertas, pero él, quería siete, en honor de los Siete Santos Fundadores («Servitas»), que fundaron en el s. XIII una orden dedicada a propagar la devoción a Nuestra Señora de los Dolores.


Apareció la séptima, Manuela Bibiana Torres, de veinticinco años, su padre, un labriego que regentaba una minúscula lechería. Educada cristianamente por su madre, Antonia, junto con su hermana Inocencia. Familia pobre, que se defendía de la miseria despachando jarros de leche en un tienducho. Manuela creció, «pequeña de estatura y de exterior nada notable», y escasa de letras, amorosa con los niños y tan buena que las comadres del barrio profetizaban: «Manolita será monja».


Hasta los veinticinco años fue una mujer sin historia. Tuvo la fortuna de hallar excelentes confesores, un jesuita y un capuchino, quienes le aprobaron que dialogara con don Miguel, el cura de Chamberí, y se ofreciera para «séptima sierva de los enfermos». El cura la aceptó, un poco a regañadientes, pues deseaba jóvenes de más elevado nivel social. Tomó el nombre de Soledad para la ceremonia inaugural del instituto en agosto de 1851. La idea de asistenta a domicilio, gran novedad de la época, funcionó de maravilla.


Don Miguel marchó de misionero a Guinea española llevando alguna de las Siervas, y dejó a Soledad como superiora de la congregación. Soledad multiplicó su tiempo: formando las novicias, dando ejemplo en los quehaceres más humildes, fundando casas para el nuevo instituto, enviando incluso monjas a América... Y devorando amarguras, pues el sucesor de don Miguel, poco discreto, decidió apartarla del mundo y la destinó al convento de Getafe. El instituto estuvo a punto de disolverse. Por fortuna el tercer director, don Gabino Sánchez, recuperó a Soledad y entre los dos afrontaron un desarrollo fecundo, en número de Siervas y tareas ejemplares. Madrid se asombró de la abnegación de las «nuevas monjas» cuando la junta de beneficencia les pidió que hicieran frente a un inicio de epidemia de cólera. El cardenal arzobispo de Toledo les aprobó las constituciones a primeros de 1867 y, a finales del mismo año, Roma les concedió su «decreto de alabanza».


Todavía tuvo que soportar Soledad disgustos y ataques, pero ella siguió las huellas de Jesús: los enfermos buscaron a Cristo, Soledad buscó a los enfermos. Pasó con sus Siervas noches amargas, de escasez, frío, hasta hambre; le tocó gobernar una congregación nacida de un ataque romántico, dar fundamento sólido a un instituto vacilante; viajar sin descanso para las nuevas fundaciones: Lucena, Granada, Barcelona, San Sebastián, Pamplona, Valencia..., toda España. Sin embargo, los informantes de su proceso de canonización sólo le hallaron como defecto: «Que, por la penuria de los primeros tiempos, daba mal de comer a sus monjas y, sin embargo, pedía al Señor que le mandara más vocaciones»; que el médico le ordenó beber algo de vino y tomar ciertos manjares sabrosos para bien de su estómago, y ella no los tomó; que exageraba en sus mortificaciones; que cometió la insensatez de acariciar a los apestados y besar las viruelas de una monja y sajar tumores; que se enfadó... Cierto, madre Soledad se enfadó un par de veces a lo largo de su vida, tan ajetreada. Por lo visto tenía genio, menos mal que iba para santa.


Durante un viaje a Roma recibió la bendición de León XIII, «quien impuso sus manos sobre su cabeza». Pío XII la beatificó en 1950 y Pablo VI la canonizó el 25 de marzo de 1970. Había fallecido el 11 de octubre de 1877, fecha en que se celebra su festividad litúrgica.

San Alejandro Sauli

Santo del día

Alejandro Sauli nació en Milán el 15 de febrero de 1534. Hijo de Domenico y Tommasina Spinola, respiró desde su niñez el vivaz clima del debate religioso que animaba a la familia (que conoció tendencias heterodoxas), e hizo los estudios de derecho en Pavía, hasta que a la edad de 17 años tomó la decisión radical de abandonar la cómoda carrera jurídica a la que le destinaba su padre, eligiendo la austera disciplina del claustro en el seno de una naciente Congregación religiosa de cuño tridentino, la de los Barnabitas, cuyo hábito tomó –después de una célebre prueba de humildad en la plaza de los Mercaderes de Milán, vestido elegantemente de paje y llevando una tosca cruz de madera– el 15 de agosto de 1551, justificando su opción con la mayor «negación de sí mismo que en otras partes, y esto es un padecer más noble que la penitencia exterior». Enviado a Pavía para hacer los estudios teológicos, gracias a su agudo ingenio y prodigiosa memoria, llegó muy pronto a dominar la Summa de santo $Tomás de Aquino y a poseer una brillante arte oratoria, sólidamente anclada en la Sagrada Escritura (sobre todo san $Pablo) y los padres de la Iglesia, entre los que sentía especial predilección por san $Juan Crisóstomo y san $Gregorio Magno. Durante el crucial período que la Congregación atravesó en 1551-1552, cuando Roma censuró la actuación de algunos religiosos, supeditados al discutido magisterio de fray Battista da Crema y a la «divina madre» Angelica Paola Antonia Negri (fenómeno no aislado de influjo místico o mistificante femenino en las órdenes religiosas), Alejandro salió inmune de aquella tempestad, y el 29 de septiembre de 1554 era admitido a la profesión solemne de los votos, recibiendo la ordenación sacerdotal el 21 de marzo de 1556.


Al año siguiente deja Milán por Pavía, destinado al nuevo colegio de estudios de Santa María de Canepanova, que contará con su docencia hasta 1567 (en el ínterin suplía, en 1562, al profesor Zaffiro en la cátedra de filosofía en la universidad local, y era nombrado teólogo del obispo). En 1563 obtiene el doctorado de teología y es cooptado en el colegio de los teólogos de la universidad; al año siguiente participa en el concilio provincial de san Carlos, y en Pavía divulga la práctica de las Cuarenta Horas y de la comunión frecuente, e instituye una academia universitaria. El 9 de abril de 1567 es elegido prepósito general de la Congregación, que gobernó con cordura, prudencia y amplitud de miras, estableciendo las reglas para los novicios y promoviendo nuevas fundaciones y el curso de los estudios sagrados y profanos. En este período fue nombrado confesor de $Carlos Borromeo y colaborador suyo en los sínodos diocesanos. Fue también director espiritual de Nicolò Sfondrati, el futuro Gregorio XIV.


De esta provechosa y ejemplar actividad fue llamado por $Pío V en 1570 a la dignidad episcopal. Consagrado obispo el 12 de marzo de aquel año (celebró el rito el mismo san Carlos), le asignaron la diócesis de Aleria en Córcega, ciertamente una de las más difíciles de gobernar que había en la época postridentina y que raramente había contado con obispos residentes. Llegado a Córcega en junio, y establecida provisionalmente su sede episcopal primero en Tallone y después en Bastia, Algaiola y Corte, logró por fin construir un modesto palacio obispal en Cervione en 1578. En medio de notables dificultades materiales y espirituales en que se debatía la gran diócesis y el clero local (casi ignaro de toda doctrina e impreparado para desempeñar el mismo sagrado ministerio), Alejandro hizo esfuerzos inauditos para aplicar en el lugar los decretos del concilio de Trento, y gastó prácticamente su salud en las frecuentes e incómodas (pero absolutamente prioritarias y necesarias) visitas pastorales, mediante las cuales consiguió enseñar a los párrocos y curas su oficio, haciendo él mismo, en la práctica, de párroco y catequista. Promovió la devoción confraternal y la práctica de la doctrina cristiana, logrando en buena parte reunir al pueblo en torno a sus pastores, al objeto de truncar también aquel fenómeno de odios y venganzas familiares que en Córcega era vivísimo. Por esta ejemplar actividad fue llamado «el apóstol de Córcega».


En 1591 Gregorio XIV, antes dirigido espiritualmente por Sauli, a quien conocía perfectamente, llamaba al obispo de Aleria a la prestigiosa sede de Pavía (por la muerte del cardenal Hipólito De Rossi), tras descartar las propuestas para las de Génova y Tortona. Introducido en la diócesis por el entonces prepósito general de los barnabitas Carlo Bascapè (amigo de Alejandro y a su vez obispo de Novara en 1593), volvió a la ciudad del Ticino con el entusiasmo de siempre (tenía entonces 57 años), pero quebrantado físicamente por las continuas fatigas precedentes. También en la nueva diócesis el obispo barnabita pretendía aplicar en pleno los decretos tridentinos y vigilar su observancia, y a ello se dedicó con ejemplar prudencia para imponer los estatutos propios de la contrarreforma: predicación, catecismo, seminario, formación del clero, devoción popular, reforma de las costumbres, visita pastoral. Y precisamente mientras estaba realizando su primera visita a la diócesis, el 11 de octubre de 1592, moría en Calosso d'Asti a la temprana edad de 58 años.


Tal y tanta fue la estima y la veneración que los fieles sentían por el obispo, que al día siguiente de su muerte se esparcía entre el pueblo la fama de santidad, y había algunos, incluso en Córcega, que ya se preciaban de gracias milagrosas obtenidas por la intercesión del «bienaventurado obispo», y su tumba, en la catedral de Pavía, se convertía inmediatamente en objeto de culto, que el obispo Biglia, según las leyes canónicas, prohibió pero no logró extinguir. El Consejo municipal de Pavía en 1612 encargaba a algunos jurisconsultos recoger, de acuerdo con el tribunal del obispo, deposiciones sobre la vida y los «milagros» de Alejandro, trabajo que terminó en 1625. Las actas fueron enviadas a Roma, donde en 1629 se iniciaba un largo proceso, que el reciente decreto de Urbano VIII sobre el non cultu debió en alguna medida desalentar, porque el trabajo de verificación terminará prácticamenete en 1732, cuando Clemente XII reconocía validez a los procesos canónicos de Pavía y de Aleria. Entre cuarenta curaciones atribuidas a la intercesión de Alejandro y consideradas milagrosas, en 1741 la Congregación de Ritos convalidó únicamente dos, suficientes sin embargo para allanar el camino hacia la beatificación. Esta se celebró el 23 de abril de 1741 por obra de Benedicto XIV (pontífice muy próximo a la Congregación de los barnabitas y que veneraba por su cuenta a Alejandro), el cual en 1743 ordenaba la reanudación del proceso apostólico en vista de la canonización. Tras otros milagros, regularmente reconocidos, Alejandro llegó a la gloria de los altares por manos de $Pío X el 11 de diciembre de 1904, asociado en la gloria de Bernini a $Gerardo Mayela. Los restos del santo reposan en la catedral de Pavía, en la capilla Bellingeri.

San Bruno de Colonia

Santo del día

Bruno, arzobispo de Colonia (953-965), es el último hijo de Enrique I, rey de Alemania, y de Matilde. Nacido en el 925, recibe a la edad de 4 años la primera instrucción en letras sagradas y profanas en la escuela de la catedral de Utrecht, bajo los cuidados del obispo Balderico; a los 14 años (939) es llamado a la corte por el hermano Otón I, que había sucedido a Enrique I, para completar sus estudios, primero con Israel, obispo irlandés de Colonia, y después con Raterio de Verona; un año más tarde, en el 940, a la edad de 15 años, asume el cargo de canciller de la corte, que ostenta hasta el 953, cuando, a los 28 años de edad, es consagrado obispo de Colonia y toma posesión de la sede. Dos años antes de ser consagrado obispo fue excepcionalmente nombrado archicapellán de corte. Murió en el 964, a la edad de 40 años, y está sepultado en el monasterio de San Pantaleón de Colonia, fundado por él. Durante su breve vida, la rápida carrera hecha en la corte le permitió obrar intensamente de acuerdo con Otón I, no sólo en la administración de la Iglesia del reino, sino también en la esfera política, actuando a menudo en representación de Otón I. Entre otras cosas, Bruno intervino en Lorena, donde su sobrino Liudolfo y Conrado se rebelaron contra Otón I, y asumió el título de duque. Vigilaba sobre la situación política del reino durante la ausencia de su hermano, que hubo de ir a Italia en el 951 y de nuevo entre el 961 y 965. Como obispo, mantuvo unido el alto clero del reino en torno al rey y reforzó las instituciones eclesiásticas con donaciones de bienes, con nuevas fundaciones y con reformas. Sus obras de construcción más importantes son, en Colonia, el monasterio de San Pantaleón, la iglesia grande, la basílica de San Andrés y la reconstrucción desde los cimientos de la catedral. Para la reforma y la reorganización monástica dirigió la abadía de Lorsch y contribuyó activamente en las tentativas de reforma de otros monasterios.


La fuente más importante de su biografía es la Vita que Ruotgero, monje de San Pantaleón, le dedicó. Ruotgero conoció sin duda a Bruno; en cualquier caso está muy bien informado de sus múltiples actividades a favor de la Iglesia y del reino. Él ha de afrontar el problema, discutido hacía tiempo, de cómo un obispo puede ocuparse de los asuntos del reino y asumir la regencia de un ducado. A esta problemática parece responder diseñando con el rey la imagen de un obispo de talante humanístico: Bruno es hombre de letras, destinado al estudio desde su infancia, erudito en latín y en griego; como capellán de corte eleva el nivel cultural de los cortesanos eclesiásticos; como obispo reorganiza la escuela de la catedral, de la que saldrán numerosos obispos en el futuro. Sin embargo sabe mantener su propia soledad en medio de la corte y en la dedicación plena a los asuntos políticos. La soledad es una exigencia espiritual, tal como pretende la tradición hagiográfica, pero en él es también la exigencia interior de un intelectual, dado que la alternancia o la coexistencia de otium y negotium no se da en una simple personalidad ascética, sino en una personalidad compleja, ecléctica, en la que están reunidas todas las cualidades positivas. Son significativas también sus actividades de pacificador, que él desempeñó recurriendo al arte de la persuasión, y que Ruotgero exalta al máximo cuando refiere ampliamente, en discurso directo e indirecto, las palabras dirigidas por Bruno al sobrino rebelde. El aspecto de pacificador emerge tan neto de esta Vita, que Bruno es denominado pacificus también en otra narración anónima posterior (s. XIV). Estas representaciones de Bruno no son dictadas seguramente por la intención de justificar, como se ha dicho, a un obispo de sensibilidad monástica, implicado, a pesar suyo, en los asuntos del siglo, sino que proceden más bien de la imagen de Bruno como hombre piadoso y amante de las letras, que encuentra su equilibrio en la fe y en la propia humanidad. Por eso Ruotgero no cuenta o, mejor, no inventa milagros, prestando más atención a las expresiones del afecto humano del santo por el prójimo y a las manifestaciones de afecto que a su vez recibe. Prueba de ello es el perfecto consorcio, subrayado en todas las ocasiones, de los hermanos Bruno y Otón I, que hace que la muerte de Bruno sea calificada, a diferencia de cuanto se afirma normalmente en las hagiografías medievales, como evento cruel, por cuanto separa a los hermanos. La imagen humanística de Bruno es el nuevo modelo de santidad que Ruotgero propone, basándose sin duda en la directa observación de la personalidad del protagonista, que puede por ello considerarse anticipadora y prototipo de los futuros obispos humanistas, según una definición de J. Fleckenstein que otros han puesto en discusión. La fiesta litúrgica de Bruno cae el 11 de octubre.

San Juan XXIII

Santo del día

I. Biografía


Angelo Giuseppe Roncalli nació el 25 de noviembre de 1881, en Sotto il Monte, pueblito que dista 12 kilómetros de Bérgamo, al norte de Italia. Ésta es una tierra que vio florecer numerosos y modélicos cristianos gracias a la labor evangelizadora realizada por San Alejandro, mártir, XVII siglos atrás: su sangre derramada por la fe sería allí semilla de innumerables cristianos.


Angelo era "hijo del viñador Roncalli" . En efecto, él era descendiente de una familia campesina, profundamente católica, humilde y a la vez muy numerosa: eran trece hermanos, de los cuales él era el tercero. Fue este el ambiente en el que se iría forjando una personalidad con la que cautivaría a sus feligreses y al mundo entero: en la familia llegó a ser como un padre para todos sus hermanos, sencillo y manso, a la vez vital y exigente, siempre generoso.


En su infancia, conjugando sus primeros estudios con los trabajos agrícolas, Angelo asistió a la escuela de su pueblo. Por aquél tiempo integró el grupo de monaguillos. Ya desde que tuvo conciencia experimentó el llamado del Señor al sacerdocio pues nunca, como confesó él mismo poco antes de su tránsito, hubo momento alguno en que hubiese deseado otra cosa. Sin duda este deseo se reflejó ya desde niño en sus actitudes y opciones: sus amigos de infancia no tardaron en llamarle "Angelito, el cura".


A los once años, lejos aún de alcanzar los catorce requeridos por entonces como mínimo, fue tempranamente admitido en el seminario de Bérgamo. Por su precoz madurez y su evidente vocación, recibió ya a esa edad, la tonsura, que implicaba al mismo tiempo el uso diario de la sotana.


Esta inclinación tan temprana de ningún modo significó que para él la lucha hubiese sido fácil y sencilla. Consta en su Diario del Alma, publicación posterior a su muerte que reúne sus escritos personales desde los 14 años de edad, que su vida íntegra estaba hecha de batallas cotidianas en las que habían victorias así como también derrotas. La lucha no era fácil, pero a él lo sostenía un firme propósito que jamás abandonó: "estoy obligado, como mi tarea principal y única, hacerme santo cueste lo que cueste" , escribió poco antes de ser ordenado sacerdote. Este era el horizonte al que, en medio de las tensiones de la lucha cotidiana, tendía siempre más que como una "inclinación de nacimiento", un propósito decidido e inconmovible de su voluntad, en obediencia a un singular sentido del deber de responder a los que había descubierto era su vocación particular.


A Giuseppe, alumno inteligente y aprovechado, le fue concedida en 1901 una beca para ampliar sus estudios teológicos en el Ateneo Pontificio de San Apolinar, en Roma. El año siguiente tuvo que interrumpir sus estudios para realizar el servicio militar, obligatorio por entonces aún para clérigos, siendo incorporado al regimiento de infantería militar de Bérgamo. A finales de 1902 era conocido como el sargento Roncalli. En 1903 vuelve a sus estudios en Roma, culminándolos con un doctorado en teología.


El 10 de agosto de 1904 es ordenado sacerdote, y su primera Misa la ofició al día siguiente en la Basílica de San Pedro.


A principios de 1905 el Padre Roncalli vuelve a Bérgamo para trabajar al lado de su Obispo, Mons. Giacomo Tedeschi (1857-1914), quien lo nombró su secretario personal. El Padre Roncalli aprendió mucho de la vida ejemplar de su Obispo, con quien trabajó hasta el día en que éste fue llamado a la casa del Padre, el año 1914. De él escribió una intensa biografía, cuya primera edición apareció en Bérgamo el año 1916. En su época de secretario (1905-1914) enseñaba también en el seminario de Bérgamo, dictando clases de Historia de la Iglesia y de Apologética.


Cuando lo permitían las circunstancias el secretario del Obispo visitaba la Biblioteca Ambrosiana. Por aquél entonces era prefecto de la misma el Padre Achille Ratti -futuro Pío XI-, con quien compartía un interés común por la figura del Santo Cardenal Carlos Borromeo. Sus pesquisas históricas tuvieron como objeto conocer la vida y pensamiento de este gran Santo, cuyo aporte -especialmente en lo que se refiere al Concilio de Trento (1545-1563)- sería decisivo en un tiempo tan difícil para la Iglesia. Con el tiempo el Padre Roncalli publicaría el fruto de alguna de sus investigaciones: una edición crítica de las actas de la visita apostólica de San Carlos Borromeo a Bérgamo.


Con el estallido de la primera guerra mundial, en 1914, se incorpora en Bérgamo al ejército, ofreciendo su servicio primero en la pastoral sanitaria, y a partir de 1916 como capellán militar.


Al ir acercándose el final de la guerra, hacia fines de 1918, el Padre Roncalli es nombrado director espiritual del Seminario de Bérgamo. Un año después, en enero de 1921 es llamado a Roma para trabajar en la Congregación para la Propagación de la Fe. Es nombrado por Benedicto XV "Prelado Doméstico de Su Santidad". Su misión era visitar a los Obispos italianos e informarles sobre las reformas que el Papa se proponía realizar con el fin de financiar las misiones. Su servicio a la Iglesia le llevó también a visitar a diversos Obispos de Alemania, Francia, Bélgica y de los Países Bajos.


En marzo de 1925 el Sucesor de Benedicto XV, Pío XI, lo nombra Visitador Apostólico en Bulgaria, una nación mayoritariamente ortodoxa y con un Estado confesional ortodoxo, donde los católicos apenas bordeaban las 40.000 personas. Después de siete siglos Bulgaria contaría nuevamente con un representante oficial de la Santa Sede en su territorio. Mons. Roncalli era enviado prácticamente a "tierra de misión". El 19 de marzo de 1921, dos semanas después de este nombramiento, Guiseppe Roncalli era consagrado Obispo, y un mes después se encontraba ya en Sofía, capital búlgara. Visitó las diversas comunidades católicas diseminadas por toda la nación y además de establecer buenas relaciones con sus gobernantes logró con los años y con un trabajo muy delicado de acercamiento a los diversos miembros de la jerarquía de la Iglesia oriental. Posteriormente Mons. Roncalli es nombrado Delegado Apostólico de Bulgaria.


En 1934 es nombrado Delegado Apostólico para Turquía y Grecia, por lo que se traslada a Estambul primero, y en 1937 a Atenas. En esta última ciudad pasaría la mayor parte de la segunda guerra mundial, donde con ayuda de la Santa Sede y en contacto estrecho con la Iglesia Ortodoxa, prestó una significativa y caritativa ayuda a la población. Más su contacto no era solamente con la Iglesia Ortodoxa: en los difíciles años de la guerra el gran rabino de Palestina, cuando se encontraba en Turquía, se comunicaba "casi diariamente con el Vaticano… gracias a Roncalli, amigo sincero de Israel, que salvó a miles de hebreos" .


También aquellos años vividos en el cercano Oriente le permitieron establecer firmes lazos con miembros de las Iglesias orientales, lo que sin duda influía positivamente para el acercamiento de la Sede de Pedro con la Iglesia oriental.


El 6 de diciembre de 1944, en un momento muy delicado que exigía de gran tacto y habilidad diplomática, el Papa Pío XII lo nombra Nuncio en París, a donde llega el 1 de enero de 1945. En los ocho años que duraría su labor como Nuncio Mons. Roncalli supo ganarse la estima de los franceses. Su prudencia, tacto e inteligencia, le permitieron manejar situaciones que a veces se presentaban realmente complicadas y desfavorables. Con su presencia paternal y bondadosa lograba ablandar el corazón de muchos, así por ejemplo, logró que a los prisioneros de guerra alemanes se les diese un trato digno y respetuoso. Su capacidad de hacer amigos y su bondad fuera de toda sospecha le ayudaron a prestar un verdadero servicio reconciliador y sanante en un período en el que entre los franceses muchas heridas habían quedado abiertas.


En enero de 1953 el Nuncio de París, cuando contaba ya con 71 años, es nombrado por el Papa Pío XII Cardenal y Patriarca de Venecia, una Diócesis pequeña pero muy importante. Una nueva etapa se abría entonces para él en su vida: el servicio pastoral directo. En su diario escribía: "En los pocos años que me quedan de vida, quiero ser un pastor en la plenitud del término" . Sin duda ni se imaginaba la "plenitud" que alcanzaría el término. Lo cierto es que en Venecia, libre ya de las innumerables exigencias de su antiguo e importante servicio diplomático, pudo darle más tiempo a los encuentros cotidianos con la gente sencilla y humilde: "Se le veía rezando con frecuencia en la catedral, se paraba por las calles para hablar con la gente sencilla, como los gondoleros, visitaba las parroquias, administraba las primeras comuniones en colegios e institutos, iba a ver a los enfermos pobres de los hospitales y especialmente a los sacerdotes enfermos o ancianos, acudía a la cárcel para estar con los prisioneros y recibía a los personajes famosos en la política, las ciencias o las artes que visitaban Venecia y acababa por hacerse amigo suyo, dado su espíritu paternal y bondadoso" .


Siempre espontáneo y cercano en el trato con la población y con el clero, desplegó también en Venecia su notable celo pastoral. Paternal y bondadosamente supo conducir por el camino de la virtud cristiana a la grey encomendada a su cuidado.



II. Su pontificado


El cardenal Angelo Giuseppe Roncalli contaba con 76 años cuando el 28 de octubre de 1958 era elegido para suceder en la sede petrina a S.S. Pío XII. El nuevo Papa quiso asumir el nombre del Apóstol Juan, el discípulo amado.


A pesar de su edad —por la que muchos quisieron considerar su pontificado como uno "de transición"— el Pontífice Juan XXIII se preparaba para asumir un gran reto: convocar un nuevo Concilio Ecuménico, lo que tomó por sorpresa a más de uno. Ya en tiempos de su predecesor el Papa Pio XII se había venido preprando un concilio universal, pero por diversas razones el proyecto quedó interrumpido.


S.S. Juan XXIII supo acoger la inspiración del Espíritu Santo, y, mostrando una vez más su paternal bondad y su gran energía y vitalidad llevó adelante la convocatoria del Concilio Vaticano II. Por su humilde deseo de ser un buen "párroco del mundo" supo ver la necesidad de que la Iglesia reflexionara sobre sí misma para poder responder adecuadamente a las necesidades de todos los hombres y mujeres pertenecientes a un mundo en cambio que se alejaba cada vez más de Dios.


El espíritu de su pontificado fue definido por él mismo en junio de 1959, con el término: aggiornamento, que se esclarecerá mejor en el radiomensaje Ecclesia Christi lumen gentium, del 11 de setiembre de 1962, en vísperas de la apertura Concilio. Era el deseo del nuevo Papa y de la Iglesia toda prepararse para responder con fidelidad a los nuevos desafíos apostólicos del mundo hodierno.


Así, pues, el "Papa bueno", un 25 de enero de 1959 (poco más de dos meses de iniciado su pontificado), tomaba por sorpresa a propios y extraños convocando a todos los obispos del mundo a la celebración del Concilio Vaticano II. La tarea primordial era la de prepararse a responder a los signos de los tiempos buscando, según la inspiración divina, un aggiornamiento de la Iglesia que en todo respondiese a las verdades evangélicas. «¿Qué otra cosa es, en efecto, un Concilio Ecuménico —decía el Papa Bueno— sino la renovación de este encuentro de la faz de Cristo resucitado, rey glorioso e inmortal, radiante sobre la Iglesia toda, para salud, para alegría y para resplandor de las humans gentes?» Para esto planteaba el famoso aggiornamento hacia adentro, presentando a los hijos de la Iglesia la fe que ilumina y la gracia que santifica, y hacia afuera presentando ante el mundo el tesoro de la fe a través de sus enseñanzas. Estas dos dimensiones se manifestarían constantemente en su pontificado.


La apertura eclesial al mundo se muestra con claridad en sus encíclicas, siempre dejando en claro que ello no significaba en absoluto ceder en las verdades de fe. «Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable, y el fiel debe prestarle obediencia, pero hay que investigarla y exponerla según las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado».


Dentro de este espíritu de apertura en fidelidad a la doctrina de siempre, el Papa Juan XXIII se esforzó también en buscar un mayor acercamiento y unión entre los cristianos. Su encíclica Ad Petri cathedram (1959) y la institución de un Secretariado para la Promoción de la Unión de los Cristianos fueron hitos muy importantes en este propósito.



El Concilio Vaticano II


Para S.S. Juan XXIII cuatro habían de ser los principales propósitos de este gran Concilio:



  • Buscar una profundización en la conciencia que la Iglesia tiene de sí misma.

  • Impulsar una renovación de la Iglesia en su modo de aproximarse a las diversas realidades modernas, mas no en su esencia.

  • Promover un mayor diálogo de la Iglesia con todos los hombres de buena voluntad en nuestro tiempo.

  • Promover la reconciliación y unidad entre todos los cristianos.



Su legado


El segundo Concilio Vaticano, luego de una larga y concienzuda preparación, se inició el 11 de octubre de 1962, aunque él mismo no sería el elegido para llevarlo a su feliz término. Pronto el Papa Juan XXIII se enteraba de su mortal enfermedad que, asociándolo a la Cruz del Señor, le llevaría por un largo camino de pasión, ofrecido por toda la Iglesia.


Juan XXIII fue llamado a la casa del Padre el 3 de junio de 1963, a poco de haberse iniciado el Concilio Vaticano II.


Su muerte suscitó una profunda tristeza en el mundo entero, lo que manifestó LA manera en que este Papa se hizo querer en tan poco tiempo. Ciertamente, su extraordinaria bondad y simpatía le permitió ganarse la amistad y el respeto de gente muy diversa, lo que con justicia le mereció el calificativo de "Il Papa buono", el Papa bueno.


Pablo VI, sucesor de Juan XXIII en el pontificado, inició su proceso de canonización en 1965, luego de la clausura del Concilio Vaticano II. Juan XXIII fue beatificado por Juan Pablo II el 3 de septiembre de 2000, junto con el papa Pío IX. Su fiesta litúrgica quedó fijada el 11 de octubre, día de la apertura del Concilio Vaticano II.


Juan XXIII también es honrado por muchas organizaciones protestantes como un reformador cristiano. La Iglesia de Inglaterra lo considera santo y tanto los anglicanos como los protestantes conmemoran a Juan XXIII como "renovador de la Iglesia". El Calendario de Santos Luterano lo celebra el 3 de junio a partir del calendario de la Iglesia evangélica luterana en Estados Unidos.


La prensa italiana informó que la Congregación para las Causas de los Santos de la Santa Sede aprobó el 2 de julio de 2013 los milagros conducentes a la canonización del beato Juan Pablo II y del beato Juan XXIII.38


El 5 de julio de 2013 el papa Francisco firmó el decreto que autorizó la canonización de Juan Pablo II y de Juan XXIII. El 30 de septiembre del mismo año, se anunció la ceremonia conjunta de canonización de ambos papas, que tuvo lugar el 27 de abril de 2014.

Eventos

13/12/2018

Presentación del libro Jesús, nuestra alegría

Presentación del libro Jesús, nuestra alegría de Carmenmaría Hernández Alonso  

15/12/2018

Presentación y firma de ejemplares de Mis cuentos para ti

Presentación y firma de ejemplares de Mis cuentos para ti el cuento de los ganadores del concurso infantil La Brújula Firmará una de las autoras: Carmen Romero  

19/12/2018

Presentación del libro Vidas tocadas por Taizé

Presentación del libro Vidas tocadas por Taizé de Cristina Ruiz Fernández