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Santo del día

San Jenaro

Santo del día

Su culto está testimoniado desde la Antigüedad por una rica documentación literaria, litúrgica y arqueológica. Uranio, en el breve escrito biográfico-encomiástico sobre la vida de &Paulino de Nola (compuesto unos años después de su muerte, acaecida el 22 de junio del 431), relatando la aparición de los santos Jenaro y &Martín de Tours al obispo nolano, traza en pocos rasgos la identidad de ambos personajes (De obitu Paulini 3). La breve descripción prosopográfica de Jenaro influirá también su posterior representación hagiográfica: Ianuarius episcopus simul et martyr, Neapolitanae urbis illustrat ecclesiam («Jenaro, obispo y mártir, ilustra a la iglesia de la ciudad de Nápoles»). La anécdota, que asocia significativamente el santo al apóstol de Galia, es ratificada por los testimonios arqueológicos y por la noticia de las Gesta episcoporum Neapolitanorum de la Alta Edad media, según la cual fue Juan I, decimocuarto del episcopologio de los prelados napolitanos, el que se ocupó de la traslación del cuerpo de san Jenaro desde el «agro Marciano» al cementerio extraurbano de Nápoles.


Su imagen más antigua en actitud orante se remonta a las catacumbas napolitanas (s. V), dedicadas a nuestro santo, en el arcosolio de Cominia y Nicaziola, con la leyenda Sancto martyri Ianuario y un nimbo crucígero especial con las letras griegas alfa y omega. Además, las excavaciones arqueológicas de los últimos decenios remiten precisamente al tiempo de dicha traslación el comienzo de la monumentalización del área sepulcral subterránea que rodea y corona ese angosto ambiente, que por múltiples detalles estructurales y por los frescos del exterior de una de las paredes que representan a Jenaro, ha sido identificado con el lugar de la primitiva traslación, muy venerado incluso después de que las reliquias fueran trasladadas en el s. VI a la cercana basílica a cielo abierto.


Las evidencias arqueológicas refrendan la documentación litúrgica. Jenaro es uno de los pocos santos itálicos incluidos en el Calendario cartaginés en el mes de septiembre, así como san Sosio, su compañero de martirio (se han perdido en el códice las fechas exactas de las dos distintas conmemoraciones). Las menciones del Martirologio Jeronimiano (13 de abril y 19 de septiembre) son confirmadas en el Calendario marmóreo de Nápoles del s. IX: la primera fecha (trasladada al 21 de abril en el Sinaxario de la Iglesia constantinopolitana) se refiere a la traslación a Nápoles, la segunda parece la fecha principal del santo; la memoria colectiva de la lista del 7 de septiembre en el Jeronimiano (Jenaro, Festo, Acucio, Desiderio) tiene relación con la literatura hagiográfica.


La leyenda hace de Jenaro un obispo de Benevento martirizado bajo Diocleciano (¿305?) junto con otros seis compañeros. Las dos redacciones de la Passio Ianuarii, una transmitida por un manuscrito boloñés, y por ello llamada Acta Bononiensis (BHL 4132), otra mucho más difundida, denominada Acta Vaticana (BHL 4115-4120), representan dos diferentes y contrastantes leyendas del género de las pasiones épicas, escasamente atendibles para la reconstrucción histórica del santo (Franchi De' Cavalieri, Delehaye, Mallardo).


Para los Acta Bononiensia, una desordenada yuxtaposición quizá de dos distintas pasiones de los santos Sosio y Jenaro, de los ss. VI-VII, el obispo, que acudió desde Benevento a Miseno para confortar al diácono Sosio, es capturado con sus clérigos Festo y Desiderio por el gobernador Draconcio y condenado a los osos; pero por el retraso del procónsul, el espectáculo en el anfiteatro no tuvo lugar. Los santos, junto con el diácono Próculo y los laicos Acucio y Eutiquetes, todos de Pozzuoli, que se han sublevado contra la condena de cristianos inocentes, son decapitados en las solfataras. Acompañan al relato el episodio milagroso de la madre de Jenaro, que prevé en sueños el martirio de su hijo, y el del anciano, a quien el santo da su pañuelo después de la muerte. Los Acta Vaticana, posteriores a &Beda el Venerable, construyen un relato más novelesco, adornado con los elementos típicos de las pasiones artificiales (multiplicación de los tormentos, ceguera del gobernador Timoteo y curación milagrosa por intercesión del santo, y su muerte entre remordimientos). A principios del s. X, Juan el Diácono intentó conciliar las dos recensiones, yuxtaponiendo los dos relatos y desdoblando así el proceso bajo dos gobernadores posteriores. El Martyrion griego (BHG 773y) es una reelaboración de los Acta Vaticana latinos, y el Encomio del cód. Patmiaco 254, una reelaboración culta.


A pesar de la indudable fantasía de la narración es relevante el valor documental sobre el culto de los diferentes santos de Campania, literariamente mezclados por ese procedimiento de emparentamiento típico de las pasiones cíclicas: santos de la misma región o de la misma ciudad son asociados en un solo martirio. La tradición litúrgica antigua y las primeras pinturas de las catacumbas napolitanas atestiguan por separado a los santos principales Jenaro y Sosio; sólo los martirologios históricos y los frescos contemporáneos dependen de la leyenda de los siete «compañeros». Esto resulta evidente del análisis de los tres estratos superpuestos de frescos en la pared exterior del cubículo de la primera traslación, donde sólo la pintura más reciente (s. IX) presenta la teoría de los siete santos. En la pintura más antigua (s. IV), que representa a san Jenaro entre dos santos (uno de los cuales era ciertamente el diácono protomártir &Esteban, como se deduce de la leyenda que se ha salvado), a los lados del cuello del personaje central aparecen dos formas cónicas de color verde oscuro, que los arqueólogos Fasola y Ciavolino han creído identificar con el grupo volcánico del monte Somma y del Vesubio, tal vez por sugestión de la iconografía moderna, pero sobre todo en conformidad con una homilía de la Alta Edad media (BHL 4138) que atribuye al santo partenopeo la detención milagrosa de la erupción del volcán (se recuerdan dos erupciones en los años 478 y 509/512).


Frente a lo contradictorio de la leyenda y de la documentación histórica, Akelis y Delehaye propusieron identificar al mártir Jenaro con el homónimo obispo beneventano que tomó parte en el concilio de Sárdica del 343: al igual que otros obispos católicos, como &Eusebio de Vercelli o Máximo de Nápoles, habría sufrido la persecución del partido arriano, mereciendo posteriormente el título de martyr sine sanguine; un tardío hagiógrafo habría desdoblado la única figura histórica, creando la leyenda del mártir de Diocleciano. Una hipótesis más prudente (Mallardo) considera a Jenaro un martyr inventus, es decir, uno de aquellos mártires como &Gervasio y Protasio, o &Vidal y Agrícola, cuyas reliquias fueron descubiertas y trasladadas entre los ss. IV y V. El Calendario Romano universal de 1969, aceptando las objeciones de los historiadores, ha abolido la memoria de los «compañeros» y, sin cancelar al santo, como se vocifera a menudo erróneamente, ha circunscrito su memoria al ámbito local.


Las reliquias del santo, saqueadas por Sicón hacia el año 831 (BHL 4140), fueron llevadas a Benevento y desde el s. XII al cenobio de Montevergine; un confuso relato del s. IX (BHL 4131) habla de una traslación de reliquias a Reichenau, donde san Jenaro es muy venerado incluso en nuestros días. Pero pequeños fragmentos del cráneo habrían permanecido en Nápoles, conservados desde principios del s. XIV en un artístico busto de la época de los Anjou. De Montevergine el cuerpo fue llevado solemnemente a la catedral de Nápoles en 1497 y guardado en la cripta bajo el presbiterio (actualmente los huesos, objeto reciente de dos minuciosos reconocimientos científicos en los años 1964 y 1988, se conservan en una capilla de la nave derecha).


Pero la devoción al santo dio un giro radical por el descubrimiento de una nueva reliquia. La primera noticia acerca de la sangre y de su licuación no se encuentra hasta la segunda mitad del s. XIV en el Chronicon Siculum, que el 17 de agosto de 1389, en un momento muy dramático para Nápoles, azotada por las luchas angevinas y el cisma de Aviñón, así como por una fuerte carestía, anota que la sangre de san Jenaro se había licuado, «como si hubiera salido del cuerpo en aquel momento». Desde el s. XIV las diferentes fiestas litúrgicas del santo siempre estuvieron relacionadas con la exposición del busto y de las ampollas de la sangre y al fenómeno de la licuación, que con «regularidad extraordinaria» se repite en las fechas establecidas y a veces también en otras circunstancias fielmente apuntadas desde el s. XV en los Diarios de los ceremonieros de la catedral. Además de la fiesta principal del 19 de septiembre, tuvo notable importancia social y religiosa la fiesta primaveral, antiguamente llamada «de los Inghirlandati», celebrada el sábado anterior al primer domingo de mayo, probablemente por la traslación de la antigua fiesta del 13 de abril, que coincidía frecuentemente con el período pre o pospascual. En el pasado el 13 (ó 14) de enero se celebraba la traslación de Montevergine y, en recuerdo de la protección en la erupción del Vesubio de 1631, fue instituida y mantenida durante muchísimo tiempo la fiesta del «patrocinio» (16 de diciembre).


La sangre «milagrosa», convertida no sólo en uno de los mirabilia de Nápoles, sino también en un argumento de la apologética cristiana, lleguó a ser emblema y paladión de la protección de san Jenaro sobre Nápoles. La devoción llega a asumir un carácter social, casi institucional, entre el santo y la ciudad: en efecto, mientras faltan libros de milagros personales o una recopilación de exvotos privados, son muchos los monumentos públicos erigidos en recuerdo de los beneficios del santo patrono, como la Capilla del Tesoro, de la nave derecha de la catedral, querida por la ciudad y por la Deputazione degli Eletti en 1527 como exvoto por la liberación a peste fame et bello, para conservar dignamente la reliquia del busto y de la sangre.


A partir del s. XV el fenómeno de la licuación estuvo asociado en la devoción popular a su interpretación adivinatoria, suscitando a veces indignación en los círculos laicos y desconcierto entre los eclesiásticos: no faltó alguna vez una abierta u oculta instrumentalización del milagro o del fallido milagro, considerado como pronóstico favorable o desfavorable en los diferentes acontecimientos sociales y políticos de la historia de Nápoles. Todavía hoy los medios de comunicación airean con divertida curiosidad tales aspectos supersticiosos de la devoción genariana.


El contenido de las ampollas (la más grande es muy parecida a las antiguas balsameras de los ss. III-IV), conservadas en una artística teca doble, respectivamente de época angevina y barroca, con mango para la empuñadura, aparece ordinariamente como una masa sólida de color rojo oscuro. En la circunstancia del «milagro» el grumo se licua parcial o totalmente; a veces el proceso de licuación aparece ya iniciado o terminado al abrir la caja fuerte colocada detrás del altar de la Capilla del Tesoro; en muchas ocasiones no se ha verificado o ha sufrido retrasos. Por la variedad de formas, color y tiempos, por la leve diversidad de volumen registrada entre las distintas fases, el fenómeno, según algunos científicos, «escapa a las leyes fundamentales de la física» (C. Lambertini, 1964). Muy encendida ha sido y sigue siendo la polémica sobre el asunto y son numerosísimas en ámbito laico y católico las interpretaciones negativas: hábil fraude o manipulación inconsciente de una sustancia preparada hace muchos siglos, ocultismo o parasicología. Los análisis científicos realizados hasta ahora han comprobado la presencia de la sangre (espectroscopia efectuada durante la fase de la licuación: 25 de septiembre de 1902 por J. Sperindeo y el 26 de septiembre de 1988 por P. L. Baima Bollone y F. D'Onofrio).


El culto de la sangre de san Jenaro a menudo ha sido tachado de fanatismo o ingenuidad barbárica por un cierto desprecio intelectual elitista hacia toda forma de religiosidad popular: también en el ámbito católico se ha ironizado sobre la proliferación de las sangres milagrosas en Nápoles. Pero hay que reconocer la particularidad del fenómeno genariano que, aunque esté atestiguado sólo después de 1389, precede en varios siglos a la explosión de la devoción moderna de las redomas de sangre. El historiador de la religiosidad constata que la reliquia es casi la única en tal género que hoy, en plena secularización, es todavía objeto de devoción sincera especialmente entre la gente sencilla, si bien no en la intensidad ni en las formas del pasado; en el plano científico el fenómeno de la licuación es un problema sin explicar por completo, entre otras cosas por la imposibilidad de efectuar análisis directos sobre el contenido sin la apertura de las ampollas.


Tras el Vaticano II, la Iglesia napolitana ha puesto cada vez más en primer plano el valor teológico y moral del acto supremo del santo mártir, testigo hasta la efusión de la sangre: en la praxis pastoral ha disciplinado severamente las ceremonias de la exposición de la reliquia de san Jenaro, procurando frenar todo exceso devocional, pero controlando quizá con exceso ciertas formas de participación popular, como la del grupo de piadosas mujeres (llamadas parientes de san Jenaro), tal vez pintorescas, pero sinceras herederas de una antiquísima tradición, que cantaban viejas plegarias y letanías en dialecto napolitano, expresión auténtica de ortodoxia, fe y confianza en el patrocinio del santo. El culto de Jenaro, proclamado recientemente patrono de Campania, es muy sentido fuera de Italia, especialmente en las comunidades de emigrantes napolitanos y meridionales (en la «Little Italy» en Nueva York).

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26/10/2018

Presentación del libro Nelson Mandela

Presentación del libro Nelson Mandela de Javier Fariñas