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Santo del día

S. Lorenzo, f.; Paula; Btos. Juan Martorell y Pedro Mesonero

Santo del día

Oficio de la f. 2Cor 9,6-10 / Sal 111 / Jn 12,24-26


 



Primera Lectura: 2 Corintios 9,6-10


Hermanos: El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría. Y Dios tiene poder para colmaros de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, os sobre para toda clase de obras buenas. Como está escrito: «Repartió abundantemente a los pobres, su justicia permanece eternamente». El que proporciona semilla al que siembra y pan para comer proporcionará y multiplicará vuestra semilla y aumentará los frutos de vuestra justicia.


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Salmo responsorial: Salmo 111,1-2.5-6.7-8.9


 


Dichoso el que se apiada y presta.


 


Dichoso quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos. Su linaje será poderoso en la tierra, la descendencia del justo será bendita.


 


Dichoso el que se apiada y presta, y administra rectamente sus asuntos. El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo.


 


No temerá las malas noticias, su corazón está firme en el Señor. Su corazón está seguro, sin temor, hasta que vea derrotados a sus enemigos.


 


Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre y alzará la frente con dignidad.
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Evangelio: según san Juan 12,24-26


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».


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Reflexión: Entregar la vida, para que dé fruto


La «hora», que es la hora de la muerte de Jesús, es a la vez la hora de su glorificación. En ella culmina la revelación de Dios y se realiza su acción salvadora. El amor de Dios que «tanto amó al mundo que le entregó su Hijo», se revela en el amor de Jesús, que «habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo». La parábola, referida a Jesús, del grano de trigo que ha de caer en la tierra y morir para dar fruto, añade a la idea de la revelación-glorificación de Jesús, la de los frutos de salvación que esa muerte produce en favor de los hombres. Y, como la suerte del discípulo no puede ser otra que la del Maestro, también él ha de estar dispuesto a entregar su vida por Cristo para salvarla; a no apegarse a la vida en el mundo a toda costa, y así conservarla para la vida eterna. El servicio de Jesús se realiza en su seguimiento, y este garantiza la vida con él y la participación en su glorificación por el Padre. Así lo hizo el mártir Lorenzo, cuya memoria celebramos, que, intimado por las autoridades de Roma a entregarles las riquezas de la Iglesia, las distribuye entre los necesitados para después presentárselos como «las verdaderas riquezas de la Iglesia». Todos los cristianos estamos llamados a hacerlo. ¿Cómo podremos hacerlo nosotros?


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