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Santo del día

Stos. Paulino de Nola, Juan Fisher y Tomás Moro, m.l.; Inocencio V; Albano; Acacio de Armenia

Santo del día

XII del T.O. 4ª del salterio 2Re 22,8-13; 23,1-3 / Sal 118 / Mt 7,15-20


 



Primera Lectura: 2Reyes 22,8-13; 23,1-3


En aquellos días, el sumo sacerdote, Jilquías, dijo al secretario Safán: «He hallado en el templo del Señor un libro de la ley». Jilquías entregó el libro a Safán, que lo leyó. El secretario Safán, presentándose al rey, le informó: «Tus servidores han fundido el dinero depositado en el templo y lo han entregado a los capataces encargados del templo del Señor». El secretario Safán añadió también: «El sumo sacerdote Jilquías me ha entregado un libro». Y Safán lo leyó ante el rey. Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, rasgó sus vestiduras. Y dirigiéndose al sacerdote Jilquías, a Ajicán, hijo de Safán, a Acbor, hijo de Miqueas, al secretario Safán y a Asaías, ministro del rey, les ordenó: «Id a consultar al Señor por mí, por el pueblo y por todo Judá, a propósito de las palabras de este libro que ha sido encontrado, porque debe de ser grande la ira del Señor encendida contra nosotros, ya que nuestros padres no obedecieron las palabras de este libro haciendo lo que está escrito para nosotros». El rey convocó a todos los ancianos de Judá y de Jerusalén y se reunieron ante él. Subió el rey al templo del Señor con todos los hombres de Judá y los habitantes de Jerusalén; los sacerdotes, profetas y todo el pueblo, desde el menor al mayor, y leyó a sus oídos todas las palabras del libro de la Alianza hallado en el templo del Señor. Se situó el rey de pie junto a la columna y, en presencia del Señor, estableció la alianza, con el compromiso de caminar tras el Señor y guardar sus mandamientos, testimonios y preceptos, con todo el corazón y con toda el alma, y poner en vigor las palabras de la alianza escritas en el libro. Todo el pueblo confirmó la alianza.


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Salmo responsorial: Salmo 118,33.34.35.36.37.40


 


Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos.


 


Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos, y lo seguiré puntualmente.


 


Enséñame a cumplir tu ley y a guardarla de todo corazón.


 


Guíame por la senda de tus mandatos, porque ella es mi gozo.


 


Inclina mi corazón a tus preceptos, y no al interés.


 


Aparta mis ojos de las vanidades, dame vida con tu palabra.


 


Mira cómo ansío tus mandatos: dame vida con tu justicia.
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Evangelio: según san Mateo 7,15-20


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos. El árbol que no da fruto bueno se tala y se echa al fuego. Es decir, que por sus frutos los conoceréis».


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Reflexión: Verdaderos y falsos profetas


La comunidad de los discípulos no solo se verá expuesta a enemigos externos. Jesús nos advierte sobre la posibilidad de enemigos que, «vestidos con piel de oveja», aparentan ser de los nuestros, pero que en realidad son «lobos rapaces», que se proponen la destrucción del rebaño. También san Pablo denunciaba la presencia de «falsos apóstoles, obreros embaucadores que se disfrazan de apóstoles de Cristo». El evangelio de hoy ofrece el criterio más seguro para identificarlos: «por sus frutos los conoceréis». La expresión puede entenderse en un sentido doble: ¿Qué efectos producen sus mensajes en nuestra conciencia y en nuestra vida? No puede proceder de Dios lo que produce temor, desánimo, confusión, inquietud, porque «los frutos del Espíritu son: «amor, alegría, paz, tolerancia, amabilidad, bondad, fe». Y ¿qué efectos producen esos mensajes para la vida de la comunidad? No puede proceder de Dios lo que la divide, la aleja del espíritu evangélico, la encierra en sí misma, le quita la esperanza.


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