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Santo del día

San Agustín de Canterbury, m.l.; Bruno de Wurzburgo; Eutropio de Orange

Santo del día

VIII del T.O. 4ª del salterio 1Pe 4,7-13 / Sal 95 / Mc 11,11-26


 



Primera Lectura: 1Pedro 4,7-13


Queridos hermanos: El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sed sensatos y sobrios para la oración. Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados. Sed hospitalarios unos con otros sin protestar. Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, poned al servicio de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén. Queridos míos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en vosotros y sirve para probaros, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estad alegres en la medida que compartís los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele su gloria, gocéis de alegría desbordante.


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Salmo responsorial: Salmo 95,10.11-12.13


 


Llega el Señor a regir la tierra.


 


Decid a los pueblos: «El Señor es rey: él afianzó el orbe, y no se moverá; él gobierna a los pueblos rectamente».


 


Alégrese el cielo, goce la tierra, retumbe el mar y cuanto lo llena; vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, aclamen los árboles del bosque,


 


Delante del Señor, que ya llega, ya llega a regir la tierra: regirá el orbe con justicia y los pueblos con fidelidad.
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Evangelio: según san Marcos 11,11-26


Después que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce. Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie frutos de ti». Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo. Y los instruía diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos». Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció, salieron de la ciudad. A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado». Jesús contestó: «Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis. Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».


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Reflexión: La higuera se ha secado


Este acto de Jesús es insólito y se comprende inmediatamente que tiene un significado simbólico. No es el árbol lo que le interesa. Con el árbol, Jesús quiere expresar cuánto le importa el destino del pueblo elegido. Sobre el pueblo de Israel reposa una bendición divina especial. Bendecir una cosa significa darle un destino sagrado y desear que produzca efectos buenos. Cuando Dios crea a los animales y al hombre, los bendice (Gén 1,28); la Biblia explica que por este motivo reciben la capacidad de crecer y multiplicarse. El término contrario de «bendecir» es «maldecir», es decir, no desear ni la vida ni otros beneficios para aquello que se maldice. El pueblo de Israel ha llevado consigo, de generación en generación, una bendición especial de Dios, que pasaba de padres a hijos. ¿Cuál ha sido el resultado? Que el pueblo de Israel no ha dado fruto y ha perdido la fe de Abrahán. Así sucede con el alma bendecida por Dios. En la Iglesia, la primera bendición es el bautismo, pero a esta bendición le debe corresponder la colaboración humana para que el bautismo no sea en vano.


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Eventos

26/10/2018

Presentación del libro Nelson Mandela

Presentación del libro Nelson Mandela de Javier Fariñas