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Santo del día

S. Felipe Neri, m.o.; Mariana de Jesús de Paredes; Pedro Sanz Jordá; Eleuterio; Desiderio (Didier) de Vienne

Santo del día

VIII del T.O. 4ª del salterio 1Pe 2,2-5.9-12 / Sal 99 / Mc 10,46-52


 



Primera Lectura: 1Pedro 2,2-5.9-12


Queridos hermanos: Como niños recién nacidos, ansiad la leche espiritual, no adulterada, para que con ella vayáis progresando en la salvación, ya que habéis gustado qué bueno es el Señor. Acercándoos a él, piedra viva rechazada por los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de Jesucristo. Vosotros sois un linaje elegido, un sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las proezas del que os llamó de las tinieblas a su luz maravillosa. Los que antes erais «no-pueblo», ahora sois «pueblo de Dios», los que antes erais «no compadecidos», ahora sois «objeto de compasión». Queridos míos, como a extranjeros y peregrinos, os hago una llamada a que os apartéis de esos bajos deseos que combaten contra el alma. Que vuestra conducta entre los gentiles sea buena, para que, cuando os calumnien como si fuerais malhechores, fijándose en vuestras buenas obras, den gloria a Dios el día de su venida.


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Salmo responsorial: Salmo 99,1b-2.3.4.5


 


Entrad en la presencia del Señor con vítores.


 


Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.


 


Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.


 


Entrad por sus puertas con acción de gracias, por sus atrios con himnos, dándole gracias y bendiciendo su nombre.


 


El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades.
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Evangelio: según san Marcos 10,46-52


En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, un mendigo ciego, Bartimeo (el hijo de Timeo), estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí». Muchos lo increpaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí». Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo». Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama». Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego le contestó: «“Rabbuni”, que recobre la vista». Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha salvado». Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.


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Reflexión: «Recobró la vista y lo siguió por el camino»


Como en tantas ocasiones en el evangelio, hoy se nos presenta a un marginado como modelo de discípulo, y del camino que hay que recorrer para llegar a serlo. Bartimeo es un marginado. Ciego de nacimiento, pobre de solemnidad, pasa la vida sentado al borde del camino por el que pasa la gente, y pendiente de lo que quieran darle. Ya ha oído hablar de Jesús; sin haberlo visto, de alguna manera ha creído; le llama «Hijo de David»; escucha que está pasando a su lado y le pide con insistencia, a gritos, su ayuda. Los oídos de Jesús, como los de Dios en el Antiguo Testamento, están atentos al clamor de los que sufren, y pide a los que intentaban hacerlo callar que le llamen. Como su oración, su respuesta es ya la de un creyente. Su fe le hace saltar al encuentro de Jesús, soltar su manto y acercarse a Él. Jesús sabe bien lo que necesita, pero quiere escucharlo de labios del ciego. Su fe le ha salvado. Y Bartimeo, como hacen los discípulos, sigue a Jesús por el camino. Ha pasado, de la exclusión, a la compañía de Jesús.


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