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Santo del día

Aniceto; Catalina Tekakwitha; Bta. Mª Ana de Jesús

Santo del día

4ª del salterio He 13,14.43-52 / Sal 99 / Ap 7,9.14b-17 / Jn 10,27-30


 



Primera Lectura: Hechos 13,14.43-52


En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé, que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles a la gracia de Dios. El sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra de Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos a las palabras de Pablo. Entonces Pablo y Bernabé dijeron sin contemplaciones: «Teníamos que anunciaros primero a vosotros la palabra de Dios; pero como la rechazáis y no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te haré luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el extremo de la tierra”». Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor; y los que estaban destinados a la vida eterna creyeron. La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron del territorio. Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad, y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.


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Salmo responsorial: Salmo 99,2.3.5


 


Somos su pueblo y ovejas de su rebaño. (O bien: Aleluya)


 


Aclama al Señor, tierra entera, servid al Señor con alegría, entrad en su presencia con vítores.


 


Sabed que el Señor es Dios: que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño.


 


«El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad por todas las edades».


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Segunda lectura: Apocalipsis 7,9.14b-17


Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y uno de los ancianos me dijo: «Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero. Por eso están ante el trono de Dios, dándole culto día y noche en su templo. El que se sienta en el trono acampará entre ellos. Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el sol ni el bochorno. Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos».

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Evangelio: según san Juan 10,27-30


En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».


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Reflexión: «El Señor es mi Pastor»


El texto evangélico que cierra el discurso del buen pastor, sigue afirmando la entrega por Jesús de su vida por las ovejas e insiste en el mutuo conocimiento entre el pastor y las ovejas. Un conocimiento que no se reduce al saber teórico, sino que entraña una relación íntima que tiene su raíz en el amor mutuo, y su modelo en el «conocimiento» del Padre y el Hijo. El breve texto desarrolla además la naturaleza y la calidad de la relación de los creyentes con Jesús y de Jesús con el Padre. La escucha de la voz del buen pastor comporta para el creyente el seguimiento de Jesús, conformar su vida a la suya, «poner en práctica» la palabra que le ha sido dirigida, adoptar sus actitudes, «seguir sus huellas», «tener sus mismos sentimientos». Es el Padre quien le ha confiado las ovejas a Jesús, y el doble escudo de Jesús y del Padre asegura a los creyentes que «jamás perecerán». El texto termina con «la afirmación más extremada» de la unidad de Jesús con el Padre, que empalma con el «Prólogo»: «la Palabra era Dios», y revela que el Padre es el fundamento de la existencia y la acción de Jesús.


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