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Santo del día

Benito José Labre; Fructuoso de Braga; Toribio de Astorga; Lamberto de Zaragoza

Santo del día

III de Pascua 3ª del salterio He 9,31-42 / Sal 115 / Jn 6,60-69


 



Primera Lectura: Hechos 9,31‑42


En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, y se multiplicaba, animada por el Espíritu Santo. Pedro recorría el país y bajó a ver a los santos que residían en Lida. Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla. Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y haz la cama». Se levantó inmediatamente. Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarón, y se convirtieron al Señor. Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacía infinidad de obras buenas y de limosnas. Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba. Lida está cerca de Jafa. Al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle que fuera a Jafa sin tardar. Pedro se fue con ellos. Al llegar a Jafa, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela cuando vivía. Pedro mandó salir fuera a todos. Se arrodilló, se puso a rezar y, dirigiéndose a la muerta, dijo: «Tabita, levántate». Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó. Él la cogió de la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, se la presentó viva. Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor.


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Salmo responsorial: Salmo 115,12-13.14-15.16-17


 


¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? (O bien: Aleluya)


 


¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré la copa de la salvación, invocando su nombre.


 


Cumpliré al Señor mis votos en presencia de todo el pueblo. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles.


 


Señor, yo soy tu siervo, siervo tuyo, hijo de tu esclava: rompiste mis cadenas. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.
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Evangelio: según san Juan 6,60-69


En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?». Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: «¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen». Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Simón Pedro le contestó: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios».


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Reflexión: Señor, tú tienes palabras de vida eterna


El discurso sobre el pan eucarístico sitúa a los oyentes y a los mismos discípulos ante una ocasión en la que Jesús y sus palabras, de suyo «espíritu y vida», serán ocasión de escándalo, «signo de contradicción». Ante Jesús cabe la postura de «la carne», la visión puramente mundana, que ve en él su condición de profeta, de modelo ético, que se asombra ante sus milagros y querría sacar partido de ellos; que, en definitiva, lo considera un recurso más para una mejor instalación en el mundo, pero es incapaz de reconocer en él la revelación del Misterio. Y cabe también la visión, inspirada por el Espíritu y fruto de la atracción del Padre, que reconoce en él la irrupción de Dios en nuestra historia. Estamos ante «la alternativa», y la fe de algunos de los discípulos vacila. Es la hora de la opción fundamental, de la decisión de la fe. Y Pedro la confiesa en sus dos caras: «¿A quién iremos?». Nada ni nadie en el mundo puede responder al enigma que es el hombre para sí mismo, ni a su deseo de infinito. Y, positivamente: «Tú tienes palabras de vida eterna».


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