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Santo del día

Rodrigo y Salomón; Nicéforo; Arabia; Sancha

Santo del día

1ª del salterio Is 43,16-21 / Sal 125 / Flp 3,8-14 / Jn 8,1-11


 



Primera Lectura: Isaías 43,16-21


Así dice el Señor, que abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes; caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue. «No recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo. Me glorificarán las bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desierto, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza».


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Salmo responsorial: Salmo 125,1-2ab.2cd-3.4-5.6


 


El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.


 


Cuando el Señor cambió la suerte de Sión, nos parecía soñar: la boca se nos llenaba de risa, la lengua de cantares.


 


Hasta los gentiles decían: «El Señor ha estado grande con ellos». El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.


 


Que el Señor cambie nuestra suerte, como los torrentes del Negueb. Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.


 


Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas.


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Segunda lectura: Filipenses 3,8-14


Hermanos: Todo lo estimo pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo y existir en él, no con una justicia mía, la de la Ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe. Para conocerlo a él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la resurrección de entre los muertos. No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo sigo corriendo a ver si lo obtengo, pues Cristo Jesús lo obtuvo para mí. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

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Evangelio: según san Juan 8,1-11


En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?». Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra». E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?». Ella contestó: «Ninguno, Señor». Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».


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Reflexión: Así perdona Dios


Es un relato como los de los sinópticos, sobre todo Lucas. Es tenido por una de las cumbres de las páginas evangélicas: muestra como pocas lo peculiar de la acción de Jesús y de la imagen de Dios que se revela en ella. Jesús sale de la trampa que le tienden con una sentencia que desarma a los acusadores, y a todos los que con el Evangelio en la mano pretendan juzgar y condenar a alguien: «Quien esté libre de pecado…», porque ningún humano lo está. La mujer, «en medio de todos», ocupa, con Jesús, el centro del relato: «la miseria, frente a la misericordia» (san Agustín). Desaparecidos los acusadores, Jesús, que mientras hablaban y se marchaban ha estado escribiendo en el suelo, se dirige ahora a la mujer y le pregunta qué ha sido de ellos y si ninguno la ha condenado, para añadir: «tampoco yo te condeno, vete y no peques más». En las disciplinas penitenciales se pide la conversión para otorgar el perdón. Aquí el perdón pleno otorgado hace posible la conversión. El perdón libera y concede a la pecadora una nueva oportunidad. Libera a la persona, la devuelve a sí misma y la reintegra al amor de Dios.


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