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El Libro del Pueblo de Dios

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Jueces

31APÉNDICES
31Cuando el libro de los Jueces ya estaba concluido, se le añadieron dos Apéndices, que presentan el período anterior a la monarquía como una época de anarquía política y religiosa. El primero relata la migración de los danitas hacia el norte de Palestina y la fundación del santuario de Dan. La narración se apoya en una tradición muy antigua, pero un redactor postexílico –ferviente partidario del Templo de Jerusalén y de la monarquía davídica– reelaboró todo el relato con fines polémicos. Su intención era poner de manifiesto el origen espurio y un poco ridículo de aquel santuario cismático, donde Jeroboám I, rey de Israel, erigió uno de los terneros de oro (1 Rey. 12. 29-30).
31El segundo Apéndice relata la guerra emprendida por todo Israel contra sus hermanos de Benjamín, que se negaban a castigar a los culpables de un crimen gravísimo. También en este caso se trata de una antigua tradición, que fue sometida a sucesivos retoques. La unidad de los israelitas en el tiempo de los Jueces está fuertemente idealizada. Israel aparece como una “asamblea” político-religiosa, que toma decisiones por unanimidad y emprende acciones conjuntas para restaurar el orden interno y reprimir los abusos. La utilización de diversas fuentes ha dado lugar a repeticiones y ampliaciones, que dificultan a veces la reconstrucción exacta de los hechos.
LA MIGRACIÓN DE LA TRIBU DE DAN
El santuario y el ídolo de Micá
17
1 Había un hombre de la montaña de Efraím, llamado Miqueas. 2 Él dijo a su madre: “Esos mil cien siclos de plata que te quitaron, y por los que te oí proferir una imprecación, están en mi poder; yo te los quité, pero ahora te los devuelvo”. Su madre exclamó: “¡Que el Señor te bendiga, hijo mío!”.
3 Él le devolvió los mil cien siclos de plata, y su madre dijo: “Yo había consagrado solemnemente esa plata al Señor, en favor de mi hijo, para hacer una estatua revestida de metal fundido”. 4 Así, cuando él devolvió la plata a su madre, ella tomó doscientos siclos de plata y se los entregó al orfebre. Este hizo una estatua revestida de metal fundido, y la pusieron en la casa de Miqueas. 5 Y como este hombre tenía un lugar de culto, se hizo un efod y unos ídolos familiares, e invistió a uno de sus hijos para que fuera su sacerdote. 6 En aquel tiempo no había rey en Israel, y cada uno hacía lo que le parecía bien.
El levita de Belén, sacerdote de Micá
7 Había un hombre joven de Belén de Judá, del clan de Judá, que era levita y residía allí como forastero. 8 Este hombre había dejado la ciudad de Belén de Judá, tratando de encontrar un sitio donde residir. Llegó a la montaña de Judá y, mientras iba de camino, dio con la casa de Micá. 9 Este le preguntó: “¿De dónde vienes?”. “Soy un levita de Belén de Judá, le respondió él, y estoy tratando de encontrar un sitio donde residir”. 10 Entonces Micá le dijo: “Quédate conmigo, y serás para mí un padre y un sacerdote. Yo te daré diez siclos de plata al año, además de la ropa y la comida”. Ante su insistencia, 11 el levita accedió a quedarse con aquel hombre, y el joven fue para él como uno de sus hijos. 12 Micá invistió al levita, y así el joven se convirtió en su sacerdote y se quedó en casa de Micá. 13 Entonces Micá exclamó: “¡Ahora sé que el Señor me hará prosperar, porque tengo a este levita como sacerdote!”.

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