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El Libro del Pueblo de Dios

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Salmos

122 (121)
8La alegría de los peregrinos al emprender la marcha hacia Jerusalén (v. 1), el espectáculo de las tribus que avanzaban procesionalmente (v. 4) y la emoción que se experimentaba al pisar el suelo de Sión (v. 2), dan pie al salmista para hacer un elogio entusiasta de la Ciudad santa. La masa “compacta y armoniosa” de sus casas y sus palacios (v. 3), imagen de la unidad del Pueblo elegido (Sal. 87), constituía un especial motivo de admiración. En los versículos finales, el elogio se convierte en augurio de felicidad para Jerusalén y sus moradores (vs. 6-9).
CANTO DE ALABANZA A JERUSALÉN
1 Canto de peregrinación. De David.
1 ¡Qué alegría cuando me dijeron:
1 “Vamos a la Casa del Señor”!
2 Nuestros pies ya están pisando
2 tus umbrales, Jerusalén.
3 Jerusalén, que fuiste construida
3 como ciudad bien compacta y armoniosa.
4 Allí suben las tribus,
4 las tribus del Señor
4 –según es norma en Israel–
4 para celebrar el nombre del Señor.
5 Porque allí está el trono de la justicia,
5 el trono de la casa de David.
6 Auguren la paz a Jerusalén:
6 “¡Vivan seguros los que te aman!
7 ¡Haya paz en tus muros
7 y seguridad en tus palacios!”.
8 Por amor a mis hermanos y amigos,
8 diré: “La paz esté contigo”.
9 Por amor a la Casa del Señor, nuestro Dios,
9 buscaré tu felicidad.

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