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El Libro del Pueblo de Dios

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Ester: suplementos griegos

Después de Est. 4. 17
Ester en presencia del rey Asuero
5
1 Al tercer día, una vez que terminó de orar, Ester se quitó su ropa de penitente y se atavió con todo lujo. 2 Así, deslumbrante de hermosura, invocó a Dios que vela por todos y los salva. Luego tomó consigo a las dos damas de compañía 3 y se apoyó delicadamente sobre una de ellas, 4 mientras la otra la seguía sosteniendo el ruedo de su vestido. 5 Ella iba radiante, en el apogeo de su belleza, con el rostro sonriente como una enamorada, aunque su corazón estaba oprimido por el temor.
6 Después de franquear todas las puertas, se detuvo delante del rey. Él estaba sentado en su trono real, revestido con todos los atuendos de sus apariciones solemnes, cubierto de oro y piedras preciosas, e inspiraba un gran terror. 7 Entonces alzó su rostro encendido de majestad y, en un arrebato de ira, lanzó una mirada fulminante. La reina se sintió desvanecer: débil como estaba, cambió de color y reclinó su cabeza sobre la dama de honor que la precedía. 8 Pero Dios cambió el espíritu del rey y lo movió a la mansedumbre. Lleno de inquietud, se precipitó de su trono y la tomó entre sus brazos, mientras ella volvía en sí. La reconfortó con palabras tranquilizadoras, diciéndole: 9 “¿Qué pasa, Ester? Yo soy tu hermano, ten confianza. 10 No vas a morir; nuestro decreto vale solamente para la gente común. 11 ¡Acércate!”. 12 Luego alzó el cetro de oro y lo puso sobre el cuello de Ester, la besó y le dijo: “Háblame”. 13 Ella le respondió: “Yo te vi, señor, como a un ángel de Dios, y mi corazón se estremeció de temor ante tu majestad. 14 Porque tú eres admirable, señor, y tu rostro está lleno de fascinación”. 15 Pero mientras ella hablaba, se desvaneció a causa de su debilidad. 16 El rey estaba desconcertado y todo su séquito trataba de reanimarla.

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