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El Libro del Pueblo de Dios

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Isaías

30EL LIBRO DEL EMANUEL
30El “Libro del Emanuel” refiere la intervención de Isaías en una situación histórica bien concreta. Los reyes de Damasco y Samaría, que soportan el peso de la dominación asiria, forman una coalición para recuperar su independencia y tratan de comprometer en esa aventura a Ajaz, rey de Judá. Como este se niega a participar de la liga antiasiria, los aliados ponen sitio a Jerusalén. Su intención era destituir al rey de la dinastía davídica y entronizar en lugar de él a un usurpador (7. 6). Ante la amenaza de ser destronado, Ajaz considera que lo más prudente es solicitar la ayuda militar del poderoso Imperio asirio y ponerse bajo su protección.
30En este momento crítico para la dinastía davídica, Isaías se presenta ante el rey. El profeta se opone resueltamente a esa política de alianzas, peligrosa para la fe y la libertad del Pueblo de Dios. Judá tiene que apoyarse únicamente en el Señor. La coalición antiasiria está de antemano condenada al fracaso. Para el Pueblo de Dios, la fe no sólo debe ser la guía de la vida personal, sino también de la vida pública: “Si ustedes no creen, no subsistirán” (7. 9).
30A fin de vencer el obstinado escepticismo del rey, el profeta le propone confirmar la autoridad divina de sus palabras mediante un “signo”. Pero Ajaz se niega a pedir ese signo, y entonces Isaías pronuncia uno de sus más bellos oráculos, al mismo tiempo que anuncia el castigo de sus compatriotas incrédulos. El nacimiento de un descendiente de David –que llevará el nombre de “Emanuel”, es decir, “Dios con nosotros”– es el signo misterioso de la presencia salvadora de Dios en medio de su Pueblo.
VISIÓN INAUGURAL: LA VOCACIÓN DE ISAÍAS
6
1 El año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. 2 Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies, y con dos volaban. 3 Y uno gritaba hacia el otro:
3 “¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos!
3 Toda la tierra está llena de su gloria”.
4 Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz, y la Casa
4 se llenó de humo. 5 Yo dije:
5 “¡Ay de mí, estoy perdido!
5 Porque soy un hombre de labios impuros,
5 y habito en medio de un pueblo de labios impuros;
5 ¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!”.
6 Uno de los serafines voló hacia mí, llevando en su mano una brasa que había tomado con unas tenazas de encima del altar. 7 Él le hizo tocar mi boca, y dijo:
7 “Mira: esto ha tocado tus labios;
7 tu culpa ha sido borrada
7 y tu pecado ha sido expiado”.
8 Yo oí la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré y quién irá por nosotros?”. Yo respondí: “¡Aquí estoy: envíame!”. 9 “Ve, me dijo; tú dirás a este pueblo:
9 ‘Escuchen, sí, pero sin entender;
9 miren bien, pero sin comprender’.
10 Embota el corazón de este pueblo, endurece sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vea con sus ojos
10 y oiga con sus oídos,
10 que su corazón comprenda
10 y que se convierta y sane”.
11 Yo dije: “¿Hasta cuándo, Señor?”. Él respondió:
11 “Hasta que las ciudades queden devastadas, sin habitantes,
11 hasta que las casas estén sin un hombre
11 y el suelo devastado sea una desolación.
12 El Señor alejará a los hombres
12 y será grande el abandono en medio del país.
13 Y si queda una décima parte,
13 ella, a su vez, será destruida.
13 Como el terebinto y la encina
13 que, al ser abatidos, conservan su tronco talado,
13 así ese tronco es una semilla santa”.

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