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Santo del día

Sta. Inés, m.o.; Nª Sra. de Altagracia; Bto. Juan Bautista Turpin y comp.

Santo del día

II del T.O. 2ª del salterio 1Sam 18,6-9; 19,1-7 / Sal 55 / Mc 3,7-12


 



Primera Lectura: 1Samuel 18,6-9; 19,1-7


Cuando volvieron de la guerra, después de haber matado David al filisteo, las mujeres de todas las poblaciones de Israel salieron a cantar y recibir con bailes al rey Saúl, al son alegre de panderos y sonajas. Y cantaban a coro esta copla: «Saúl mató a mil, David a diez mil». A Saúl le sentó mal aquella copla, y comentó enfurecido: «¡Diez mil a David, y a mí mil! ¡Ya solo le falta ser rey!». Y a partir de aquel día Saúl le tomó ojeriza a David. Delante de su hijo Jonatán y de sus ministros, Saúl habló de matar a David. Jonatán, hijo de Saúl, quería mucho a David y le avisó: «Mi padre Saúl te busca para matarte. Estate atento mañana y escóndete en sitio seguro; yo saldré e iré al lado de mi padre, al campo donde tú estés; le hablaré de ti y, si saco algo en limpio, te lo comunicaré». Así pues, Jonatán habló a su padre Saúl en favor de David: «¡Que el rey no ofenda a su siervo David! Él no te ha ofendido, y lo que él hace es en tu provecho: se jugó la vida cuando mató al filisteo y el Señor dio a Israel una gran victoria; bien que te alegraste al verlo. ¡No vayas a pecar derramando sangre inocente, matando a David sin motivo!». Saúl hizo caso a Jonatán y juró: «¡Vive Dios, no morirá!». Jonatán llamó a David y le contó la conversación; luego lo llevó donde Saúl y David siguió en palacio como antes.


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Salmo responsorial: Salmo 55,2-3.9-10.11-12.13


 


En Dios confío y no temo.


 


Misericordia, Dios mío, que me hostigan, me atacan y me acosan todo el día; todo el día me hostigan mis enemigos, me atacan en masa.


 


Anota en tu libro mi vida errante, recoge mis lágrimas en tu odre, Dios mío. Que retrocedan mis enemigos cuando te invoco y así sabré que eres mi Dios.


 


En Dios, cuya promesa alabo, en el Señor, cuya promesa alabo, en Dios confío y no temo: ¿qué podrá hacerme un hombre?


 


Te debo, Dios mío, los votos que hice; los cumpliré con acción de gracias.
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Evangelio: según san Marcos 3,7-12


En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo. Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios». Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.


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Reflexión: Del entusiasmo, a la indiferencia


Causa admiración la calurosa acogida del pueblo, venido de Galilea y de los territorios vecinos, a los primeros pasos del ministerio de Jesús. La forma de enseñar de Jesús y sus milagros suscitan, en gentes que estaban «en expectación» y pasaban por condiciones muy difíciles de vida, la curiosidad, el interés y el entusiasmo. En Jesús se les manifiesta la posibilidad de salvación para sus males. Es sobre todo la fama de sus curaciones lo que atrae a la gente que se agolpa en torno a él para poder al menos tocarle. La escena recuerda comportamientos semejantes del pueblo sencillo ante Jesús a lo largo de la historia, que siguen presentes incluso en el mundo secularizado. Es posible que haya alguna ambigüedad en esas reacciones que necesite ser «evangelizada». ¿Por qué la presentación por la Iglesia de Jesús y su buena nueva suscita hoy tantas veces solo discusiones teóricas o simplemente indiferencia?


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