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Santo del día

Félix de Nola; Juan de Ribera; Malaquías; Odorico de Pordenone; Sabas

Santo del día

I del T.O. 1ª del salterio 1Sam 4,1-11 / Sal 43 / Mc 1,40-45


 



Primera Lectura: 1Samuel 4,1-11


Por entonces se reunieron los filisteos para atacar a Israel. Los israelitas salieron a enfrentarse con ellos y acamparon junto a Piedrayuda, mientras que los filisteos acampaban en El Cerco. Los filisteos formaron en orden de batalla frente a Israel. Entablada la lucha, Israel fue derrotado por los filisteos; de sus filas murieron en el campo unos cuatro mil hombres. La tropa volvió al campamento, y los ancianos de Israel deliberaron: «¿Por qué el Señor nos ha hecho sufrir hoy una derrota a manos de los filisteos? Vamos a Siló, a traer el Arca de la Alianza del Señor, para que esté entre nosotros y nos salve del poder enemigo». Mandaron gente a Siló, a por el Arca de la Alianza del Señor de los Ejércitos entronizado sobre Querubines. Los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, fueron con el Arca de la Alianza de Dios. Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel lanzó a pleno pulmón el alarido de guerra, y la tierra retembló. Al oír los filisteos el estruendo del alarido, se preguntaron: «¿Qué significa ese alarido que retumba en el campamento hebreo?». Entonces se enteraron de que el Arca del Señor había llegado al campamento, y, muertos de miedo, decían: «¡Ha llegado su dios al campamento! ¡Ay de nosotros! Es la primera vez que nos pasa esto. ¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de esos dioses poderosos, los dioses que hirieron a Egipto con toda clase de calamidades y epidemias? ¡Valor, filisteos! Sed hombres, y no seréis esclavos de los hebreos como lo han sido ellos de nosotros. ¡Sed hombres, y al ataque!». Los filisteos se lanzaron a la lucha y derrotaron a los israelitas, que huyeron a la desbandada. Fue una derrota tremenda: cayeron treinta mil de la infantería israelita. El Arca de Dios fue capturada, y los dos hijos de Elí, Jofní y Fineés, murieron.


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Salmo responsorial: Salmo 43,10-11.14-15.24-25


 


Redímenos, Señor, por tu misericordia.


 


Ahora nos rechazas y nos avergüenzas, y ya no sales, Señor, con nuestras tropas: nos haces retroceder ante el enemigo, y nuestro adversario nos saquea.


 


Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los gentiles, nos hacen muecas las naciones.


 


Despierta, Señor, ¿por qué duermes? Levántate, no nos rechaces más. ¿Por qué nos escondes tu rostro y olvidas nuestra desgracia y opresión?
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Evangelio: según san Marcos 1,40-45


En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: «No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.


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Reflexión: De leproso, a testigo


La lepra en tiempos de Jesús no era solo una terrible enfermedad; era, además, una causa de exclusión. Por eso los leprosos vivían fuera de las ciudades, marginados de toda vida social. Jesús que, como buen Pastor, ha venido para buscar a las ovejas perdidas, no rehúye el encuentro ni el contacto con ellos ni teme contraer ningún tipo de impureza. En el leproso de este texto resalta Marcos gestos expresivos de su reconocimiento de Jesús; en sus labios pone una hermosa oración: «Si quieres…», que expresa la confesión de su fe en Jesús y su confianza en su compasión. Y Jesús siente lástima de él, le limpia de su lepra tocándolo con su mano y le reintegra plenamente a la sociedad que lo había excluido. El leproso, curado, siente la necesidad de divulgarlo. La nueva vida que Jesús le ha otorgado habla por sí misma. Lo que ha visto, oído y vivido «no puede callarlo».


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