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Santo del día

S. Andrés Dung- Lac y comp. m.o.; Fermina

Santo del día

XXXIV del T.O. 2ª del salterio Ap 18,1-2.21-23; 19,1-3.9a / Sal 99 / Lc 21,20-28


 



Evangelio: según san Lucas 21,20-28


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando veáis a Jerusalén sitiada por ejércitos, sabed que está cerca su destrucción. Entonces, los que estén en Judea, que huyan a la sierra; los que estén en la ciudad, que se alejen; los que estén en el campo, que no entren en la ciudad; porque serán días de venganza en que se cumplirá todo lo que está escrito. ¡Ay de las que estén encinta o criando en aquellos días! Porque habrá angustia tremenda en esta tierra y un castigo para este pueblo. Caerán a filo de espada, los llevarán cautivos a todas las naciones, Jerusalén será pisoteada por los gentiles, hasta que a los gentiles les llegue su hora. Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje. Los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues los astros se tambalearán. Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y majestad. Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación».


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Reflexión: La hora de la liberación


Las primeras líneas del evangelio de hoy se refieren a la destrucción de Jerusalén por los romanos el año setenta. Pero la destrucción de Jerusalén no señala el principio del fin. Las señales que lo han de anunciar están expresadas en forma de cataclismos cósmicos que llenarán de angustia a los pueblos de la tierra. En ese escenario apocalípticamente descrito anuncia Jesús que se producirá la parusía, la segunda venida del Hijo del hombre en gloria y majestad para juzgar a vivos y muertos. La instrucción de Jesús a sus discípulos no pretende llenarlos de miedo y angustia. La segunda venida del Señor es para ellos la hora de la liberación definitiva que colmará sus esperanzas, y a la que podemos enfrentarnos en actitud confiada, con «la cabeza levantada».


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