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Santo del día

Félix de Valois; Bta. Ángeles de S. José

Santo del día

Oficio de la s. 2Sam 5,1-3 / Sal 121 / Col 1,12-20 / Lc 23,35-43


 



Primera Lectura: 2Samuel 5,1-3


En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David y le dijeron: «Hueso tuyo y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel. Además el Señor te ha prometido: “Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel”». Todos los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron a David como rey de Israel.


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Salmo responsorial: Salmo 121


 


Vamos alegres a la casa del Señor.


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Segunda lectura: Colosenses 1,12-20


Hermanos: Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Él es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque por medio de él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres, visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades; todo fue creado por él y para él. Él es anterior a todo, y todo se mantiene en él. Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el primero en todo. Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud. Y por él quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

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Evangelio: según san Lucas 23,35-43


En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Este es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». Pero el otro lo increpaba: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha faltado en nada». Y decía: «Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu reino». Jesús le respondió: «Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».


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Reflexión: Jesús reina desde la cruz


Jesús ha pasado su vida pública anunciando el reino de Dios. Pero cuando, admirado de su doctrina y de sus milagros, el pueblo quiso hacerle Rey, se retiró al monte solo, para orar. A la pregunta de Pilato: «¿Eres tú el Rey de los judíos?», responde Jesús: «Soy rey, como tú dices»; pero añade: «mi reino no es de este mundo». Sobre su cruz, Pilato ha puesto un letrero: «Jesús Nazareno, Rey de los judíos». Ahí, sobre el patíbulo más ignominioso, consta a la vez su condición de Rey y el significado enteramente peculiar de su realeza. No es Rey para que «legiones de ángeles le defiendan», ni para «bajarse de la Cruz» como le pedían los testigos, sino para hacer de la cruz el trono de la misericordia que experimenta el buen ladrón. Lo es porque, Resucitado por el Espíritu y glorificado a la derecha del Padre, ha abierto las puertas del paraíso para los que estábamos alejados de Dios, y ha derramado sobre nosotros el Espíritu, dándonos la potestad de ser hijos de Dios.


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