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Santo del día

Ded. de las Basílicas de S. Pedro y S. Pablo, m.l.; Filipina Rosa; Fredián

Santo del día

XXXIII del T.O. 1ª del salterio Ap 10,8-11 / Sal 118 / Lc 19,45-48 (O bien: He 28,11-16.30-31 / Sal 97 / Mt 14,22-33)


 



Evangelio: según san Lucas 19,45-48


En aquel tiempo, entró Jesús en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Escrito está: “Mi casa es casa de oración”; pero vosotros la habéis convertido en una “cueva de bandidos”». Todos los días enseñaba en el templo. Los sumos sacerdotes, los escribas y los notables del pueblo intentaban quitarlo de en medio; pero se dieron cuenta de que no podían hacer nada, porque el pueblo entero estaba pendiente de sus labios.


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Reflexión: El templo, casa de Dios, casa de oración


La escena de la purificación del templo por Jesús, ya recordada anteriormente en la liturgia, es presentada por Lucas de la forma más escueta. Los comentaristas prestan especial atención al hecho mismo de la entrada de Jesús en el templo en la que descubren alusiones a textos proféticos. El Jesús niño a quien Lucas había presentado respondiendo a sus padres: ¿no sabíais que tengo que estar en la casa (o en las cosas) de mi Padre?, actúa ahora con autoridad, recordando su condición de «casa de oración», de lugar donde mora la presencia de Dios. El gesto profético de Jesús realiza promesas de los profetas para los tiempos mesiánicos: «No habrá aquel día más mercader en la casa de Yavé» (Zac). A un templo que una religión pervertida había convertido en «cueva de ladrones», en templo del dios Mammón, del dios del dinero, le devuelve Jesús su condición de casa del Dios verdadero. A la purificación del templo sigue la enseñanza de Jesús en él. De la atención que provoca su enseñanza da idea el hecho de que los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo que, irritados por la acción de Jesús y por su enseñanza, han tomado la decisión de acabar con él, no puedan ponerla en práctica porque «todo el pueblo estaba pendiente de sus labios».


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