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Santo del día

San Lucas Evangelista

Santo del día

Lucas es nombrado sólo tres veces en el Nuevo Testamento y siempre es presentado como compañero de Pablo. «Os saludan Lucas, el médico tan querido, y Dimas», se lee en Col 4,14. También forma parte del grupo que manda saludos en la nota dirigida a Filemón: «Te saluda Epafras, mi compañero de prisión por Cristo Jesús; Marcos, Aristarco, Dimas y Lucas, mis colaboradores...» (1,23-24). Y, por último, su nombre reaparece en un pasaje donde Pablo se lamenta de haber sido abandonado por todos, menos por Lucas: «Dimas, llevado por el amor a las cosas de este mundo, me ha abandonado y se ha marchado a Tesalónica; Crescente se ha ido a Galacia, y Tito a Dalmacia. Sólo Lucas está conmigo» (2Tim 4,10-11). Por tanto, en la literatura paulina Lucas es presentado como médico y colaborador amado y fiel de Pablo. Con buen fundamento se puede creer también que Lucas es el autor anónimo que narra en primera persona del plural en algunas secciones del libro de los Hechos de los apóstoles (He 16,10-17; 20,15-21,18; 27,1-28,16). Lucas acompaña a Pablo en su segundo y tercer viajes misioneros.


La tradición según la cual Lucas es el autor del tercer evangelio se remonta al s. II. La lectura del evangelio mismo muestra, por otra parte, que su autor es de formación helenista y que ha dirigido su escrito a una comunidad cristiana de origen pagano. Probablemente escribiera entre los años 70-80. Sus fuentes son la tradición de Marcos, una fuente conocida también por Mateo, y tradiciones propias. El tercer evangelio se abre con un prólogo (1,1-4), en el que el mismo autor manifiesta las características y finalidades de su trabajo. Tras la presentación nos encontramos con una personalidad cristiana muy concreta. El autor asegura que ha hecho una investigación larga y diligente, con espíritu crítico y remontándose hasta los orígenes: no se ha conformado con las fuentes escritas, sino que ha llegado hasta los testigos oculares. Su evangelio es, pues, digno de atención. Pretende además escribirlo con orden. Pero ¿qué orden? No ciertamente un orden cronológico, sino un orden kerigmático o catequético. En efecto, ha dispuesto los acontecimientos de modo que pongan en luz el mensaje salvífico. La finalidad de todo este esfuerzo consiste en demostrar al «ilustre Teófilo» el fundamento de la catequesis que era impartida en la comunidad. Cuando Lucas escribía su evangelio ya existía un problema de ortodoxia. Circulaban ideas nuevas y reinaba la confusión, por lo que algunos se preguntaban dónde estaba la verdad. Para responderles, Lucas somete la enseñanza que era impartida a una crítica rigurosa, partiendo, como él dice, «desde los orígenes». El evangelista está convencido de que el fundamento de la enseñanza está en su fidelidad a los orígenes. Es el principio de tradición. Así Lucas se revela como un hombre de Iglesia, de ortodoxia y de tradición. Pero no como un hombre volcado en el pasado: como se deduce de su evangelio, su fidelidad a la tradición no es rigidez, tampoco memoria repetitiva, sino atención al presente y a su muchos interrogantes.


Lucas escribe su evangelio en un tiempo en que a todos les resulta claro que la venida del Señor no es inminente. Esta convicción no permite a la comunidad centrar sus expectativas en la venida de Jesús, sino que exige una reflexión sobre el tiempo de la Iglesia. No se puede concebir el tiempo de la Iglesia que se prolonga como un tiempo de simple espera, sin consistencia propia. Lucas sabe perfectamente que con Jesús todo se ha cumplido, pues en la historia del designio de Dios el salto realmente decisivo ha sido la venida de Jesús. Pero la fuerza salvífica de esta venida no se manifiesta de golpe. El tiempo de la Iglesia continúa y explicita el tiempo de Jesús, prolonga y actualiza su salvación. Por eso Lucas, además del evangelio, ha escrito los Hechos de los Apóstoles: la historia de Jesús se prolonga en la historia de la Iglesia. Basándose en esta profunda convicción, Lucas puede hablar en su prólogo de «acontecimientos realizados entre nosotros»: se trata de acontecimientos del pasado y, sin embargo, también son acontecimientos presentes, actuales en el hoy de la Iglesia. Muchos son los elementos de continuidad entre el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia: las Escrituras, las palabras de Jesús conservadas y continuamente predicadas, la presencia de los apóstoles. Sin embargo, por encima de todo, la garantía de continuidad es el Espíritu. La obra de Lucas está particularmente marcada por la presencia del Espíritu. La figura de Jesús trazada por Lucas es rica y articulada y, obviamente, sus rasgos fundamentales son comunes también a los demás evangelios. No obstante tiene características propias, como por ejemplo la universalidad, la predilección por los pobres, la misericordia y el perdón. Hombre de Iglesia y de tradición, Lucas es también un hombre de amplios horizontes y de delicada sensibilidad, especialmente en relación con los pecadores y los pobres.


Según un breve testimonio de Ireneo de Lyon (Adv. haer. III, 1, 1), Lucas es compañero de Pablo y autor del tercer evangelio: «También Lucas, compañero de Pablo, conservó en un libro el evangelio predicado por él». Más detalladas son las noticias que se leen en el Prólogo antimarcionita (s. II): Lucas es un ciudadano de Antioquía de Siria, de profesión médico, discípulo de apóstoles, compañero de Pablo hasta el martirio, célibe, muerto a los 84 años en Beocia.


La piedad popular ha recordado a Lucas entre los setenta y dos discípulos enviados en misión por Jesús (Lc 10,1ss), identificándolo incluso con uno de los dos discípulos de Emaús. Se trata de noticias carentes de todo fundamento. Según una tradición difundida especialmente en Oriente, Lucas no fue sólo médico, sino también pintor, por lo que, a lo largo de la historia, se le han atribuido muchos cuadros de la Virgen. Independientemente del hecho de que fuese pintor o no, lo cierto es que Lucas es el evangelista que mejor ha esbozado la figura de María en su evangelio.


Según una antigua tradición (Gaudencio, PL 20, 962) habría sido martirizado junto a Andrés en Patrás (Grecia), con 84 años.


Las principales localidades que reivindican la posesión de las reliquias son Constantinopla, Padua y Venecia. La traslación a Constantinopla (s. IV) está suficientemente documentada; la de Padua es mencionada en el Martirologio Romano. En la basílica de Santa Justina (Padua) se conserva un arca, llamada de san Lucas, que custodiaría su cuerpo, menos la cabeza. La fiesta se celebra el 18 de octubre. Iconográficamente, el evangelista es simbolizado por un toro (o por un buey) alado. A menudo es representado como un pintor (San Lucas pintanto a Cristo en la cruz, de Zurbarán, en el museo del Prado) o retratando a la Virgen María (mosaicos de Santa María la Mayor en Roma o el cuatro San Lucas con el retrato de la Virgen, del Greco, en la catedral de Toledo).

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