Uso de Cookies: Las cookies nos permiten ofrecer nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, aceptas el uso que hacemos de las cookies.

ACEPTAR Más información

Buscar por:
  • Título
  • Autor
  • ISBN
  • Editorial
  • Categoría
 

Santo del día

San Eduardo el Confesor

Santo del día

El último rey sajón, antes de que los normandos ocuparan con Guillermo el trono de Inglaterra, nación en el 1003 en Islip, cerca de Oxford, hijo de Etelred el Indeciso (Ethelred the Unready), y de su segunda mujer, Emma, una princesa normanda. El abolengo de la casa real del Wessex es uno de los más nobles: un santo como tío, Eduardo el Mártir (975-978), como abuelo el gran rey Edgard el Pacífico (959-975), protagonista de la reunificación política del territorio inglés y entusiasta defensor de la gran reforma monástica del s. X, y más de lejos el bisabuelo de Edgard, Alfredo el Grande (871-899), el rey que había resistido a los escandinavos y echado los cimientos del renacimiento cultural de la Inglaterra anglosajona. La figura de Eduardo encaja perfectamente en esta cadena de reyes que parecen reunir, si bien de diferentes modos y en distinto grado, habilidad política, amor a la cultura y vocación a la santidad.


Eduardo vive tiempos difíciles para la corona inglesa. Debe abandonar el país durante el largo período de dominación escandinava, cuando bajo Sven I (1009-1014) y Canuto el Grande (1016-1035), Inglaterra se convierte en una provincia del reino de Dinamarca. Pasa los años del destierro en Normandía, con los parientes maternos: de ahí le vendrá una significativa apertura cultural, entablará múltiples amistades, y preparará en concreto la llegada de la dominación normanda a Inglaterra. Eduardo es llamado a Inglaterra por el hijo de Canuto, Harthcnut, en 1041, como proclamado heredero al trono, al que sube en 1042, siendo coronado en 1043. El rey tiene que enfrentarse con los barones sajones, sobre todo con el más poderoso, Godwin de Wessex, que pretende gobernar de facto en su lugar. Para contrarrestar esta presión, Eduardo se rodea de notables normandos y hace venir a obispos de Lotaringia y de Normandía, reduciendo en parte el monopolio de los obispos-monjes ingleses. Incluso llega a prometer al duque Guillermo su nombramiento como heredero al trono.


En efecto, Eduardo no tiene hijos. Se casa, quizá para favorecer la paz, con la hija de Godwin, Edith, pero entre los motivos que contribuyen a exaltar la santidad del rey se encuentra también el de un matrimonio nunca consumado. Otras vicisitudes, entre ellas la expulsión de Godwin (1051) y su rehabilitación (1052), llevan a algunos historiadores a juzgar a Eduardo como un rey débil e inseguro; otros, en cambio, alaban su prudencia y capacidad de negociación, que garantizarán a Inglaterra veinte años de relativa paz.


Además de la castidad, sus virtudes más alabadas son la piedad, la cortesía y familiaridad, que le ponían a disposición de la gente; la generosidad con los pobres y el poder de hacer milagros, entre los que destaca el famoso de curar la escrófula con el simple toque de sus manos. Pero el monumento al que está unido para siempre su nombre y también el lugar donde descansa su cuerpo y donde irá creciendo el culto de su santidad, es la abadía londinense de Westminster. Había hecho voto, mientras estaba exiliado en Normandía, de peregrinar a Roma. Cuando, conquistado el trono, trató de cumplir la promesa, Eduardo encontró una fortísima oposición de los nobles del reino. Tuvo que pedir al papa León IX la dispensa del voto, que le fue concedida, a condición de donar a los pobres los gastos correspondientes al viaje y erigir un monasterio dedicado a San Pedro. La elección del lugar cayó en un terreno de la parte occidental de la ciudad, en la parte opuesta a la iglesia de San Pablo (de hecho, Westminster significa «monasterio occidental»). Eduardo no vio la obra acabada: el coro de la abadía fue consagrado el 28 de diciembre de 1065, cuando el rey estaba ya gravemente enfermo. Morirá el 5 de enero de 1066 y será enterrado en la iglesia mandada edificar por él.


Su culto comenzó muy pronto, primero entre un restringido círculo de devotos, y después, una generación más tarde, en la abadía restaurada por él, donde los monjes empezaron también a elaborar, como solía hacerse en estos casos, una recopilación de milagros. En su glorificación estaban interesados los nuevos dominadores normandos. Habían llegado a ocupar Inglaterra en 1066, tras la batalla de Hastings, y no podían olvidar que le debían a él su presencia en el trono inglés. La memoria del rey servía a pesar de todo para reconciliar a sajones y normandos, siendo él mismo una «figura de reconciliación» en su origen familiar, donde confluían la gloriosa dinastía sajona por parte del padre, y la naciente potencia normanda por parte de la madre.


En la historia de la canonización se mezclan razones espirituales y políticas. En 1102 se descubre que su cuerpo había permanecido incorrupto. En 1138, bajo el rey Esteban, se hace un primer intento para obtener la canonización, con el apoyo de una Vita escrita por Osbert de Clare, prior de Westminster. En 1160, Enrique II, quien a través de la bisabuela santa Margarita de Escocia tenía algún parentesco con Eduardo, vuelve a pedir su canonización al papa Alejandro III, apoyado por él frente al antipapa, y la obtiene. El 7 de febrero de 1161 Eduardo es proclamado santo. Dos años más tarde, el 13 de octubre de 1163, Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, hace la solemne traslación de su cuerpo, depositándolo en el coro de la iglesia mandada edificar por él en Westminster. Para esta fiesta fue invitado a escribir una Vita y pronunció un sermón el cisterciense Aelredo, el santo abad de Rievaulx. La fiesta de Eduardo, III en la línea dinástica sajona, pero llamado el «Confesor» por su santidad, aparece en el calendario el 13 de octubre, día de la solemne traslación de sus reliquias, sin embargo el Martirologio recuerda su memoria el 5 de enero, día de su muerte.

San Geraldo de Aurillac

Santo del día

Nacido en el 855 o el 856, hijo de un conde del suroeste de Francia (Limoges, Poitiers, Bourges), Geraldo recibió una educación conforme a las exigencias de la nobleza de su tiempo (caza, guerra), pero también, tras unos problemas de salud, una instrucción literaria y religiosa que tendría gran importancia a lo largo de su vida. A la muerte del padre, hacia el 875, al que, como hijo único, tendría que suceder como conde, Geraldo pensó recibir una orden sagrada, pero siguió el consejo del obispo Gozberto de Rodez de permanecer laico conduciendo una vida humilde y piadosa, casi monástica. A finales del s. IX (¿en el 895?) fundó en Aurillac, en las estribaciones del Macizo Central, un monasterio benedictino dedicado a San Pedro, bajo la autoridad directa de la Santa Sede y para el que obtuvo, en el 899, la inmunidad y protección real. Geraldo destaca por sus numerosas peregrinaciones, en particular a San Pedro de Solignac, a San Martín de Tours, a San Marcial de Limoges, pero sobre todo a Roma (siete veces) de donde recogió muchas reliquias para su monasterio. Quedándose ciego hacia el 902, condujo una vida cada vez más monástica. Murió el 13 de octubre del 909 en la propiedad de Saint-Cirguer en Quercy; en torno a su cuerpo, sepultado en la cripta de la abadía de Aurillac (que pronto tomará el nombre de San Geraldo), se produjeron numerosos milagros. Con ocasión de la ampliación de la iglesia abacial, en el 972, se procedió a la exhumación de las reliquias. La Vita de Geraldo (BHL 3411) se debe a Odón, abad de Cluny. Este, que tenía unos veinte años cuando la muerte de Geraldo, quedó profundamente impresionado de la piedad del fundador de Aurillac. A partir del 925 recogió varios testimonios que fueron recogidos en la Vita, terminada en el 940. En esta –una de las primeras consagradas a un santo laico (Geraldo no había sido ni obispo ni abad ni ermitaño ni había padecido el martirio)–, Odón presenta un modelo de piedad y de fe, marcado por la caridad, la vida ascética y la conducta moral sin mancha, seguida por él sin haber renunciado a su condición de noble. Geraldo resistió a las tentaciones del mundo; lucha contra la injusticia, pero sin atacar a nadie; se puso voluntariamente al servicio de un ideal de paz, protegió a la Iglesia y se sometió a la autoridad del sucesor de san Pedro. La Vita prima Geraldi, dirigida a la aristocracia laica, es un texto excepcional, que presenta un auténtico programa de vida basado en el ejercicio cristiano del poder y en un uso prudente de las riquezas. La Vita secunda (BHL 3412) es un resumen, realizado en la segunda mitad del s. X, de la Vita prima, que conserva y amplía sobre todo los aspecto monásticos. Hacia el 1300 fue realizada una traducción francesa de la Vita prima.


El culto de Geraldo, favorecido por la abadía de Cluny a mitad del s. X, se ha desarrollado esencialmente en Aquitania. Una estatua-relicario de Geraldo, realizada a inicios del s. XI, inspiró a Bernardo de Angers (Liber miraculorum sancte Fidis I, 13).

San Teófilo de Antoquía

Santo del día

Importante autor en la literatura patrística griega del s. II, Teófilo fue obispo de Antioquía a partir del 169, según noticias de Eusebio de Cesarea, que lo menciona en sexto lugar en la lista de los obispos locales después de san Pedro (Chron. ad a. Abr. 2185; Hist. eccl. IV, 20; cf Jerónimo, De vir. ill. 25). Se conoce muy poco de su vida, salvo que nació (en torno al 120) de padres paganos en una región próxima al Tigris y al Éufrates, que recibió una formación helenística y que se convirtió al cristianismo en edad adulta, inducido por la lectura de los libros sagrados y convencido de la veracidad de las profecías que contenían: su experiencia fue, por tanto, análoga a la de otros autores contemporáneos, de Justino a Taziano o Atenágoras, representantes como Teófilo de la corriente literaria y filosófico-doctrinal que lleva el nombre de Apologética. Vivió ciertamente hasta después del 180, año de la muerte del emperador Marco Aurelio, a quien alude en un lugar del único escrito que nos ha llegado, los tres libros Ad Autoluycum (III, 27-28). Eusebio y Jerónimo recuerdan una larga serie de obras hoy perdidas, desde escritos contra los herejes Marción y Hermógenes –utilizados al parecer por Tertuliano e Ireneo de Lyon– a comentarios a los Evangelios y a los Proverbios o a textos de catequesis (Jerónimo insiste en particular sobre su alta calidad literaria). Teófilo mismo menciona otros escritos suyos sobre Satanás y sobre los mitos del paganismo, así como una obra de contenido histórico fundada en las genealogías a partir de Adán (Ad Autol. II, 28, 30 y 31).


Los tres libros que nos han llegado, en diálogo con un interlocutor pagano –un tal Autolico del que no sabemos más–, desarrollan en gran parte temas propios de la apologética, con originalidad en el planteamiento y en el desarrollo de las argumentaciones. Objeto del primer libro son la existencia y la cognoscibilidad de Dios, demostradas a través de sus atributos y de las obras de la creación, la doctrina de la resurrección de los cuerpos y, por fin. la defensa del nombre «cristiano» de las acusaciones tradicionales en la polémica religiosa contemporánea, con la crítica relacionada con las divinidades del paganismo. En el segundo libro, en respuesta a preguntas más concretas de su interlocutor, Teófilo confuta como absurdas y contradictorias las teorías de los filósofos y de los poetas en relación a Dios y al mundo; opone a las mismas la «verdadera» doctrina, fundada en los libros sagrados de los cristianos y en el relato de la creación contenido en los mismos, del pecado de Adán y de la historia de los primeros hombres hasta la dispersión del género humano; como recapitulación del discurso se buscan y exponen las confirmaciones profanas, extraídas sobre todo de los Oráculos Sibilinos y de la antigua poesía griega, a las doctrinas expuestas. El tercer libro contrapone a los errores y a la impiedad presentes en los filósofos y en los poetas en materia de religión y de ética los preceptos de la moral cristiana; demuestra por fin la mayor antigüedad de Moisés y de los profetas respecto a los sabios de Grecia (lugar común en la apologética), a través de complejos cálculos cronológicos desde la creación del mundo hasta la muerte de Marco Aurelio.


La peculiaridad de la obra de Teófilo respecto a las de otros apologistas esta en su método interpretativo, más atento a las afirmaciones positivas que a las instancias de la defensa y de la polémica con el paganismo: el contenido del escrito pertenece por tanto más al género de la exhortación que al de la apología. Esto tiene también conclusiones de relieve en materia doctrinal: se puede recordar sobre todo el uso (por primera vez en la literatura cristiana antigua) del término triàs (Trinidad), y una doctrina del logos precozmente elaborada. Cabe notar en cualquier caso cómo tales especificidades en el método exegético y en el discurso teológico deben remitirse a la experiencia particular de Teófilo en los altos grados de la jerarquía eclesiástica y, por tanto, a una praxis experimentada de catequesis y de comentario a las Escrituras, así como al ambiente cultural en que vivió y actuó, es decir, al estilo de la elaboración doctrinal y filosófico-teológica propia de las escuelas de Antioquía de entonces.


Las fuentes hagiográficas no atestiguan ningún culto antiguo a Teófilo; el estatuto de santidad y la conmemoración el 13 de octubre están presentes sólo a partir del Martirologio de Adón de Vienne, que se basa en la autoridad de Eusebio de Cesarea y de su traductor, Rufino de Aquilea; de aquí la memoria del santo obispo antioqueno pasó al Martirologio de Usuardo y después al Romano.

Eventos