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Santo del día

San Walfrido

Santo del día

Monje, abad y obispo, Walfrido (ca. 633-709) ha pasado a la historia por haber tenido una vida muy agitada y haber sido en la Inglaterra del s. VII el defensor más encarnizado y convencido de la adopción del método romano para calcular la fecha de la Pascua frente al sistema céltico en vigor en el norte del país. La «romanidad» de Walfrido es reiteradamente subrayada por su biógrafo Eddio Stefano como aspecto relevante de su «santidad», y causa, al mismo tiempo, de muchos de sus males y desgracias.


Walfrido entra de muchacho en el monasterio de Lindisfarne, donde destaca pronto por su inteligencia: Beda el Venerable lo describe como un muchacho «bueno y reflexivo» (Hist. eccl. 19). Después de dos años expresa su deseo de ir a Roma y es animado por la reina Enfleda, que lo envía en primer lugar a Canterbury donde el primo Erconberht, rey de Kent, espera encontrar compañeros de viaje de confianza. La fascinación de Roma se revela también en ciertos detalles: el biógrafo nos dice que en Canterbury Walfrido, que primero usaba los salmos en la versión de san Jerónimo, aprende de memoria y adopta la versión usada en Roma. A lo largo del camino se detiene en Lyon, con el arzobispo Dalfino, que lo trata como si fuera un hijo, y le propone un matrimonio, que Walfrido no acepta. Llegado a Roma en el 653, estudia con el archidiácono Bonifacio Winfrido Sagrada Escritura y derecho eclesiástico. De regreso, se detiene otros tres años en Lyon con Dalfino, que le da la «tonsura». Muerto Dalfino por orden de la reina franca Baldhild, Walfrido, que se salva de la muerte por ser extranjero, vuelve a su nativa Northumbria.


Su formación y sus vastos conocimientos internacionales, además de la práctica netamente romana del derecho, explican cómo, al volver a Inglaterra, Walfrido entrase en conflicto con la Iglesia de costumbres celtas, promovida por Aidano y por los monjes que se habían formado en el monasterio de Lindisfarne, entre ellos Colman, en aquel tiempo obispo de York. Gozando de buenas relaciones con el rey Alcfrid, Walfrido recibe en donación tierras en Ripon, donde funda un monasterio y se convierte en su primer abad. Las divergencias entre el «partido» céltico y el romano, fundamentalmente por el problema de la fecha de la Pascua, son afrontadas en el sínodo reunido en Whitby (663-664) bajo la protección de la abadesa Hilda: las facciones opuestas son capitaneadas respectivamente por Colman de York y Agilberto, un franco, entonces obispo de Wessex. Agilberto, que no domina la lengua sajona, ruega a Walfrido que intervenga en su nombre para defender la causa romana, cosa que Walfrido hace con sólidas argumentaciones y con cierta arrogancia. Colman, derrotado, dimite de obispo de York, se retira primero a Lindisfarne, después se va a Iona llevando consigo algunas reliquias de Aidano y, por último, vuelve a Irlanda. Walfrido se convierte en su sucesor natural, y es nombrado para este cargo por el rey Alcfrid.


Desconfiando de la regularidad de la ordenación de los obispos ingleses, Walfrido va a hacerse consagrar en Compiègne, Galia, por Agilberto, que ya era obispo de París (666) y por otros once obispos francos. Habiéndose quedado un par de años en suelo francés, Walfrido encuentra a su vuelta a York en el 666 a otro obispo, Chad, discípulo de Aidano y seguidor de las tradiciones célticas, instalado en su cátedra por el rey Oswiu. Walfrido entonces se retira a Ripon, pero en el 669 el arzobispo Teodoro de Canterbury lo repone en su puesto, y a Chad, vuelto a consagrar, le confían la diócesis de Lichfield, en Mercia. Amigo del rey Egfredo y de la reina Eteldreda, Walfrido está desde este momento a la cabeza de una diócesis muy vasta, que coincide prácticamente con el reino de Northumbria. Restaura la catedral de York y la abadía de Ripon, y construye en Hexham un monasterio y una iglesia considerada en su tiempo una de las más bellas de la cristiandad. Amante del arte, hace escribir, miniar y encuadernar con materiales costosos un evangeliario, demostrando también su condición de mecenas.


La ruptura con el rey, debida probablemente a la decisión –sugerida por Walfrido– de la reina de hacerse monja, le acarrea otra serie de quebraderos de cabeza. En el 678, sin consultarlo siquiera, Teodoro divide su diócesis en cuatro, destituyéndolo prácticamente de su cargo. Walfrido apela a Roma, y en el viaje hacia la sede de Pedro, hallando bloqueada la ruta de la Mancha, pasa por Frisia, donde se detiene un año para evangelizar a aquel pueblo todavía pagano. El papa Agatón da razón a Walfrido, pero esto no basta para aplacar al rey, que primero lo encarcela y después lo libera a condición de que abandone la sede. Walfrido parte hacia el sur, donde evangeliza Sussex, todavía pagano, y la isla de Wight. Signo de su paso por el sur de Inglaterra es la abadía fundada por él en Selsey.


Del 686 al 691 Walfrido está nuevamente en Northumbria, pero una disputa con el nuevo rey Aldfrith lo obliga a partir otra vez: se retira al vecino reino de Mercia, en la zona de Leicester, donde prosigue su misión de obispo y funda varios monasterios. En el 703 el sínodo de Austerfield le impone la renuncia a la sede de York, ocupada ya por Juan de Beverley. Tras una nueva apelación al Papa, que le da nuevamente la razón, y un exilio de dos años, se llega a un compromiso: en el 705, con el sínodo de River Nidd, se le asigna la diócesis de Hexham, además de numerosos monasterios en varias partes del país. En uno de estos, en Oundle, Northamptonshire, muere Walfrido en el 709. Su culto se propaga sobre todo en Ripon y Hexham, donde pueden verse aún las criptas de las iglesias mandadas edificar por él. Su fiesta se fija el 12 de octubre; la traslación de las reliquias se celebra el 24 de abril.


Una vida llena de conflictos (nada menos que tres veces es alejado de su sede: en el 666-669, en el 678-686 y por último en el 691-706), una movilidad que podría parecer inquietud, un carácter quizá no demasiado afable ni flexible, pueden darnos una imagen de Walfrido no del todo positiva. En cualquier caso es indudable que, como hombre de vasta cultura y mecenas de las artes, como fundador de monasterios y educador de monjes celantes, como evangelizador animoso e incansable, Walfrido es una de las figuras más significativas de la Iglesia anglosajona.

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