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Santo del día

San Sergio de Radonez

Santo del día

Sergio (Sergij) de Radonez nació en 1314 en Rostov, al noroeste de Moscú y fue bautizado con el nombre de Bartolomé (Varfolomej); era el segundogénito de dos boyardos, Cirilo y María, allegados del príncipe de Rostov. Según el relato de Epifanio el Sabio (Epifanij Premudryj), primer hagiógrafo del asceta, ya antes de su nacimiento Bartolomé dio signos de santidad. En efecto, gritó nada menos que tres veces en el vientre de su madre mientras ella asistía a la santa liturgia, lo que provocó la admiración y el pánico de los fieles. Todavía lactante, rechazaba el alimento materno los miércoles y viernes, días para los ortodoxos dedicados al ayuno. Según las Vidas, ya en tierna edad manifestaba las características del puer senex, rehuyendo la compañía de los coetáneos y practicando el ayuno y la penitencia. A los siete años fue enviado por su familia a la escuela parroquial para aprender a leer, pero Bartolomé, por mucho que se esforzaba, no obtenía ningún resultado. Un día, mientras estaba en un campo donde había llevado a pacer unos caballos, vio a un anciano orando bajo una encina. Bartolomé se dirigió al anciano y, cuando este vio al niño, le preguntó qué deseaba. «Quisiera aprender a leer», respondió. El anciano entonces sacó la prosforà (el pan consagrado de los ortodoxos) de un saquito que llevaba consigo y le dijo al muchacho que lo tomara como signo de la gracia divina. Después de esto, en nombre de la hospitalidad, Bartolomé invitó al anciano a casa de sus padres. Llegados a casa, el anciano ordenó a Bartolomé que leyera el Salterio. El niño, al principio, se resistió, pero después, con gran sorpresa de sus padres, empezó a leer correctamente, gracias a la intervención divina.


Cuando Bartolomé tenía catorce años, los padres se trasladaron de Rostov a Radonez y, después de su muerte, Bartolomé se retiró a un lugar desierto, la colina de Makovec, con su hermano Stefan. En este lugar perdido, los dos hermanos practicaban el ayuno y la oración incesante y construyeron una capilla en honor de la Santísima Trinidad, que se convirtió en el centro de la futura laura de Radonez, a unos 30 km de Moscú. Pero a Stefan no le atraía este tipo de ascesis y se retiró pronto a Moscú, en un monasterio. Bartolomé permaneció en el bosque, donde hubo de hacer frente a los ataques de los demonios, que se le presentaban bajo varios aspectos y lo atormentaban de mil modos. La vida en el bosque era solitaria, si se exceptúa un oso que visitaba al santo todos los días y con el que el santo compartía el pan. En 1337 Bartolomé hizo los votos y, según la costumbre ortodoxa, tomó el nombre del mártir Sergio, cuya fiesta se conmemoraba precisamente aquel día, el 7 de mayo. Aunque evitaba la compañía de los hombres, su conducta llegó a oídos de todos y su vida ascética empezó a suscitar mucha admiración. Pronto se reunieron en torno a él algunos discípulos, al principio sólo doce. Cada cual vivía en una celda separada, aunque celebraban las funciones religiosas en común. Sergio, por su profunda humildad, no quería ser ni hegúmeno ni sacerdote, pero se ordenó, a instancias de sus hermanos sólo en 1534, cuando fue nombrado por el obispo Atanasio. Incluso después de este nombramiento él siguió desarrollando las actividades de costumbre: preparaba el pan eucarístico, iba a buscar el agua, partía la leña, prestaba servicio en la cocina y cosía hábitos.


Dios manifestó su gracia también a través de los numerosos milagros del santo: hizo brotar agua en las proximidades del monasterio tras las protestas de los monjes, que debían ir a buscarla a muchos kilómetros de sus celdas; resucitó a un niño, liberaba a los endemoniados y curaba a los enfermos. Una noche Sergio tuvo una visión: una luz intensa y una miríada de pájaros remontaban el vuelo. Una voz del cielo le dijo que eran los monjes que vendrían con el tiempo y que la Madre de Dios, de quien Sergio era particularmente devoto (tanto que entre sus objetos personales se conserva un icono de la Virgen), defendería y ayudaría siempre al monasterio.


En torno a 1372 Sergio fue reconocido también por el patriarca de Constantinopla Filoteo, que envió al santo unos mensajeros con una carta, en la cual le ordenaba introducir en el monasterio la regla comunitaria. Junto con la carta los mensajeros entregaron a Sergio el paramandio (un pañuelo en el que estaba grabada la cruz y los instrumentos de la pasión) y el esquima (o vestidura de los monjes que habían alcanzado un alto grado de ascesis), todo ello en señal de la gran consideración de que Sergio gozaba también en Constantinopla. La institución de la regla cenobítica se efectuó con la autorización del metropolitano Alejo de Moscú. A causa de algunas diferencias (a las que no se alude en la versión celebrativa de la Vida) con su hermano Stefan, que había entrado también en el monasterio de la Trinidad, Sergio se fue a las orillas del río Kirzac, a cincuenta verstas del monasterio de la Trinidad, y fundó otro eremitorio. Con la ausencia del santo, el monasterio de la Trinidad empezó a decaer. Entonces el metropolitano Alejo reclamó a Sergio a su viejo monasterio y puso al mando del nuevo a Román, un discípulo del santo.


Sergio fue también el protagonista de un importante acontecimiento histórico. En el s. XIV Rusia estaba dominada todavía por los tártaros, que cada año exigían a los príncipes pesados tributos. En 1380 el kan tártaro Mamaj se adentró en Rusia con sus hordas. El gran príncipe de Moscú, Dimitri Donskói, alistó un ejército y con sus soldados se dirigió al monasterio de la Trinidad para recibir la bendición de Sergio. Este dio al príncipe dos monjes guerreros, Aleksandr y Peresvet, y rezó por la victoria del Gran Príncipe. El 8 de septiembre los rusos ganaron la batalla en el campo de Kulikovo, junto a Moscú, y este episodio marcó el inicio del proceso de liberación de la tierra rusa de la dominación tártara.


Podemos recordar asimismo un importante episodio de la vida de Sergio. En la Vida se cuenta que tuvo la visión de la Madre de Dios (la primera aparición de la Virgen a un santo ruso). Se le apareció rodeada de una luz deslumbrante, con los apóstoles Juan y Pedro. Testigo de esta visión fue el monje Michej. La Madre de Dios dijo a Sergio que no se preocupara por el monasterio, ya que, gracias a su ayuda e intercesión, siempre se mantendría floreciente.


Seis meses antes de morir, Sergio se sumió en el silencio y, sintiendo acercarse la muerte, convocó a los hermanos y les dictó su testamento espiritual: les ordenó que conservaran la fe y la pureza, que se mantuvieran alejados de los deseos y de las pasiones, que se moderaran en el comer y el beber, que amaran al prójimo, que fueran humildes y rehuyeran la gloria y la vanidad del mundo. Murió el 25 de septiembre de 1392. En 1422 se abrió su tumba, y sus restos mortales no presentaban signo alguno de corrupción; más aún, emanaban un suave perfume. Las reliquias fueron trasladadas más tarde por orden de Nikon, sucesor de Sergio, segundo hegúmeno de la Trinidad, a una pequeña iglesia de madera. Hoy se conservan en la iglesia de la Santísima Trinidad, en el interior del monasterio, y son visitadas por miles de fieles.


Del monasterio de la Trinidad partieron numerosos discípulos de Sergio para fundar y organizar otros monasterios, que tuvieron un peso enorme en la historia cultural de Rusia y constituyeron la llamada Tebaida del Norte. Entre ellos cabe recordar a Fiódor, hijo de Stefan y sobrino de Sergio, hegúmeno del monasterio Simonov de Moscú; a Román, hegúmeno del monasterio a orillas del río Kirzac (desmantelado en 1764), y a Andronik, hegúmeno del monasterio Andronikov de Moscú.


No se conocen los detalles de la canonización. Según E. Golubinskij, en 1447-1448 ya había entrado en el número de los entonces escasos santos de Rusia.


La iconografía de Sergio es muy amplia. Su primera representación es la que aparece en un paño fúnebre que cubre la tumba, bordado en oro inmediatamente después de la muerte: en los iconos reproduce la auténtica semblanza del santo. Características de Sergio son el rostro afilado, la barba redonda y los ojos pequeños y juntos. Hay doce tipos de iconos de esta clase, que se remontan al s. XV, y que reproducen, además de episodios de la vida del santo, los milagros efectuados en vida de Sergio; los siguientes están enriquecidos con milagros hechos post mortem. A menudo Sergio lleva en la mano un letrero donde se pueden leer los preceptos espirituales dictados por el santo a sus monjes antes de morir: «No estéis tristes, hermanos; más bien preservad la pureza del cuerpo y del alma y amad de modo desinteresado».


Se han compilado muchas vidas de Sergio. La primera es la de Epifanio el Sabio, un monje que, habiendo sido discípulo del santo, pudo asistir personalmente a episodios de la vida de Sergio. Esta Vida, según las palabras del hagiógrafo, fue escrita 26 años después de la muerte del santo, en cualquier caso antes de la apertura de las reliquias, dado que Epifanio no hace referencia a este importantísimo episodio. No se han conservado autógrafos de la Vida compuesta por Epifanio y de ella se conserva sólo un manuscrito del s. XVI ampliamente retocado en su segunda parte.


Tuvo gran éxito la Vida redactada por Pacomio Serbo, un monje del monte Athos, que se trasladó a Rusia y fue encargado por el monasterio de la Trinidad de reescribir la vida del santo con fines celebrativos. Esta versión se ha conservado en muchos ejemplares y es la más conocida. Otra importante versión de la vida es la del cillerero del monasterio de la Trinidad, Simón Azar'in, compuesta en la segunda mitad del s. XVI expresamente para la primera edición impresa y encargada por el zar Alejo Mijáilovich. También la soberana Catalina II, en la segunda mitad del s. XVIII se aventuró en la composición de una Vida de Sergio, inspirada no en las hagiografías sino en las crónicas de anales.

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